Una fecha para el puente de Navaluenga Imprimir

Durante los últimos años, se ha especulado mucho sobre la posible autoría y la fecha de construcción del puente de piedra que corta el río Alberche a la altura de la muchas veces centenaria localidad de Navaluenga, colación del Concejo del Burgo al menos desde 1275, que aparece citada ya como “Navam-longam” en un documento fechado en Toledo en 1172.

Hubo quien en su momento hablara de él como el puente “romano”, hijo de la antigüedad, la de los Cicerones y los Augustos. En esta expresión, algunos leían entre líneas que el autor se refería al puente “románico”, es decir, del medioevo castellano, el de las doncellas y los caballeros. No resulta difícil descubrir fechada su construcción en el siglo XIV, la época del gótico, la de los arcos apuntados y las grandes catedrales, sobre todo en artículos digitales e indicaciones turísticas que adolecen de un exceso de componentes imaginativos y de cierta ausencia de rigor histórico.


Lo cierto es que no es fácil que pase desapercibida al caminante tan interesante arquitectura que ahora desvela alguno de sus secretos mejor guardados. Resultan especialmente significativas sus trazas elegantes y su vistoso señorío sobre las tranquilas aguas del mágico Alberche que condicionan la mirada del observador. En definitiva, no podemos pasar por alto sus pétreos fundamentos así como su austera elevación que nos hacen preguntarnos de nuevo por los detalles de su fábrica. 

Hoy estamos en condiciones de ofrecer un poco de luz sobre las diversas interpretaciones que se han dado al remitir a una fecha bien determinada: el 19 de febrero de 1542. Con aquella ocasión, reunido en sesión ordinaria el Concejo del Burgo en las casas que tenía por costumbre, comparece en nombre de los habitantes de su pueblo Alonso Herrandes, carnicero de profesión, vecino y regidor de Navaluenga. Llegado el momento, informa a los asistentes de la necesidad que tienen en aquel lugar de hacer un puente sobre el río. A la vez, pide que se le conceda un terreno propiedad de dicho Concejo para arrendarlo y obtener así los fondos necesarios para poderlo construir. En caso de que, por una u otra razón, finalmente no pudieran edificarlo, continúa el mismo regidor, la renta y los beneficios volverían íntegros al Concejo junto con la tierra de la que ahora solicita su cesión.

Fueron necesarias algunas deliberaciones en las que seguramente se trató el capítulo de la conveniencia de abrir un nuevo paso sobre el río además de los que ya existían en los vecinos concejos del Barraco y del Tiemblo, así como en el propio Burgohondo. Hemos de recordar todo lo que en la edad media supuso para las arcas de los señores y de los concejos el cobro del pontazgo, es decir, del impuesto que recogían por permitir a los hombres y a los ganados atravesar un puente de su propiedad. Finalmente, el Concejo acuerda entregarles a los vecinos de Navaluenga la licencia para abrir el paso solicitado, además de las rentas de una tierra, que se detalla, para recaudar los fondos necesarios para poderlo levantar. De esta tierra, el Concejo señala “por sus justos límites” los que van “desde el arroyo de Val de Bruna a dar en el río y a dar al huerto de Antón de Lloreynte  y a la herrén del dicho Alonso Herrandes y el Camino de los Molinos hasta dar en el molino de Nicolás de cara al río”.

Como sabemos, el puente llegó a construirse, probablemente iniciado ya a lo largo de aquel 1542, o poco después, de acuerdo a los gustos estéticos del momento. En atención a los parámetros histórico- artísticos en los que nos movemos, parece improbable que las actas del Concejo se refieran a otro puente, en ese caso antecesor del actual, sobre cuyos restos se hubiera levantado éste que contemplamos a lo largo de los siglos XVII o XVIII. Sus pétreas trazas, eminentemente renacentistas, conectan con aquella fugaz impresión que tuvo aquel primer viandante que nos habló del estilo romano e incluso románico. Sus arcos de medio punto rememoran aquellas soberbias construcciones de la antigua Roma y su incipiente elevación central hace que sus resonancias medievales no sean del todo extrañas, a pesar de que en la época del románico se buscaba que los arcos fueran impares, no cuatro como es el caso, buscando siempre la centralidad del mayor.

En aquel lejano febrero de 1542 se está desarrollando en Castilla una nueva política de estructuración del territorio al tiempo que se están abriendo nuevas vías de comunicación según las directrices marcadas por el emperador Carlos V. Las nuevas formas constructivas procedentes de Italia, en cuya geometría y sencillez ornamental copian directamente a la vieja escuela romana, se imponen con rapidez en la Península Ibérica y se aplican en sus construcciones a lo largo de un lapso de tiempo demasiado breve que pronto va a dar paso al barroco más genuino, fundamentalmente tras la conclusión del Concilio de Trento en diciembre de 1563.

E
l Renacimiento ha puesto en circulación en Castilla las teorías de nuevos autores, como las de León Battista Alberti o Leonardo da Vinci, entre otros, que explican en sus tratados el modo de proceder a la hora de construir los puentes: su disposición y elevación sobre el río, su ubicación en el espacio, sus cimientos... Recomiendan los italianos que se levanten en lugares cómodos y fáciles de acceder, para evitar gastos exorbitantes, y que se busquen garantías de que las construcciones van a mantenerse en pie de por vida. Se buscaban vados que no fueran demasiado profundos, orillas escasamente recortadas, suelos estables... No dejan de recomendar los tratadistas que el arco utilizado sea el de medio punto, “porque es el más fuerte de todos”, según contemplamos sobre el Alberche.

Si lo observamos desde arriba, por la proa, llama la atención, no obstante, la peculiar inclinación que luce el viaducto de Navaluenga. Su máxima elevación en la vertical la obtiene sobre el tercer arco de los cuatro que atravesamos al pasar a la orilla izquierda, dejando el pilar central a merced del máximo caudal de la corriente, que se torna especialmente virulenta durante las fases de deshielo de las cercanas estribaciones de la Sierra de Gredos. Esto va a obligar al maestro de obras a dotarle por este lado, a occidente, de un machón en ángulo para la repartición de la corriente, y de un contrafuerte a oriente, por la popa, de acuerdo a la terminología del propio Alberti.

El resultado de todo ello resulta ser un interesante puente de trazas renacentistas, ejecutado en sillares de buena piedra berroqueña. Un puente que se distribuye sobre cinco gruesos apoyos que abren entre sí cuatro arcos de medio punto, austeros pero firmes, a cuyos pies discurre plácidamente el río Alberche desde aquel lejano febrero de 1542, desde hace más de cuatrocientos sesenta y tres años.

José Antonio Calvo  Gómez

 

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