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"Cuando san Roque vuelve la espalda, el tiempo cambia"
Compleja experiencia representa la figura de San Roque en Burgohondo; larga la tradición en la ancha Castilla. Santo milagrero, protector de la frontera, baluarte defensivo contra la temida pestilencia. Todo un poco es San Roque para esta Villa que le honra en agosto cuando ya la fiesta mariana va dejando de oírse en la distancia.
Existe un intenso caudal de leyendas, tradiciones ancestrales, devociones antiguas, que conectan la presencia de la divinidad, de lo sagrado –lugar hierofánico– con la frontera de los pueblos, con el “límite” real o imaginario. También con la vía de comunicación entre pueblos enfrentados que litigan por la propiedad de una imagen como símbolo de su particular señorío. Hechos extraordinarios acompañan a su manifestación que se mantienen y recrean en leyendas cargadas de localismos semejantes a otras tierras castellanas.
Burgohondo es herencia de este imaginario colectivo que fácilmente trasvasa elementos generales a su privativa idiosincrasia. La construcción de la ermita, como en otros lugares de la geografía regional, es sólo el hecho visible y sancionador de un poder que ya se viene ejerciendo. Las procesiones que el pueblo hace cada año el 16 de agosto, en este mismo sentido, se podrían leer igualmente como la reapropiación simbólica de un lugar, del que, de hecho, se viene disfrutando desde tiempo inmemorial. Viene siendo algo así como la creación simbólica de una frontera.
No es casualidad que la ermita de San Roque se sitúe en este lugar. El sentido de los hechos, hoy aparentemente banales, refleja un temor contenido, un espacio reclamado, una identidad puesta en juego que se demanda, tiñendo incluso el prosaico contenido con ropajes sagrados.
Son muchas las leyendas que se cuentan en Burgohondo al referirse a San Roque. Algunas reduplicadas parecieran reflejo de mentalidades populares que se dejan ver también en lejanas tierras, como en Aldeavieja, camino de Segovia, o en La Omaña, León.
Hay quien habla de un pleito por el espacio sagrado con el vecino, y tantos años rival, Navaluenga. También se habla de una gran peste, temida y devastadora enfermedad, bajo cuya guadaña segadora perecieron muchos de los serranos habitantes del Valle del Alberche. Burgohondo se libró. Nadie de sus vecinos quedó contagiado, lo que sin duda se interpretó como intervención milagrosa del santo romero.
El gran prodigio fundacional se traduce pronto en grandes fiestas en su honor, de las que hoy todavía somos testigos. Los hombres de los pueblos de alrededor venían a pedirle la salud, y cuentan también los ancianos que fueron muchos los que se curaron y los que hoy siguen bajando a sus honras.
La fiesta es larga e intensa. Comienza ya cuando la de la Virgen concluye, atardecer entrelazado de emociones. La víspera del 16, fiesta de Nuestra Señora, la procesión mariana ha llegado hasta la ermita. Ya lo hemos dicho. Es entonces cuando la cofradía se pone en marcha para abrir las puertas a la reina que viene en busca del siervo peregrino. Los dos se miran y pronto comienza el camino de regreso a la iglesia que la madre de Dios hizo sola, acompañada escasamente de mujeres y unos pocos devotos. El resto espera a la salida del pueblo.
En la vuelta se escoltan, amenizados por la dulzaina castellana que fácil se deja oír en tantas fiestas serranas. Pasan los dos la noche, acompañados, al abrigo de la abadía, esperando el rayar del alba en los calurosos días estivales. Ya está de vuelta el santo camino de su sede, aunque se ha parado un momento en un altarcillo, engalanado de guirnaldas y flores. Al llegar, empieza la Eucaristía.
La imagen del santo, vestido de peregrino camino de Roma, porta cayado y calabaza, cubierta la testa con gorro y venera. Le acompaña fiel el piadoso perro que lame las llagas que le produjo en vida la peste que curaba. El día de su fiesta, cientos de ramos de olorosa albahaca pueblan su ermita y completan las andas que le portan en que también se han colocado algunos ramos de uvas. La poblada barba completa el atuendo de una entrañable representación transmisora de paz.
Tras la misa, viene la subasta. Se ofrecen ahora todo tipo de productos, memoria de aquellos que se repartían cuando el pan escaseaba en Castilla. Muchos lugares todavía hacen reparto de “bollas” el día de San Roque. Frutas y huevos, flores y bollos, se ofrecen al santo para ser subastados. Pero la albahaca no se subasta. De ella toman los devotos para llevar a sus casas, para que, por intercesión de San Roque, sean librados de toda enfermedad.
De la subasta se saca para invitar a los presentes, que se amontonan en el altillo sobre el que se levanta el angosto templo. Limonada y dulces hacen las veces en Burgohondo de los repartos antiguos. Por el “voto de villa” el concejo de algunos lugares se obligaba a sufragar estos gastos que en este pueblo corren de cuenta de la cofradía. La música no se detiene para deleitar a los devotos que ríen y bailan; ahora los cofrades se han ido a comer. Juntos comparten la devoción que el Santo Roque les provoca mascullada entre piedad y admiración. Va desapareciendo el día.
Pero no termina ahí la fiesta. Tras la caída de la tarde, en una plaza cercana, de nuevo vuelve la música a acompañar el momento, mientras que los mayordomos del santo de afanan por ofrecer un poco de limonada que riegue el gaznate seco de los muchos danzantes. También hay pastas mientras los devotos se acercan para hacer una visita a la ermita iluminada en cuyas andas todavía se eleva el popular San Roque. |