San Miguel en Navaquesera Imprimir
Colgado del cielo, el viejo castro de Navaquesera se llegue airoso a 1509 metros sobre el nivel del mar. Medio centenar de habitantes, bravos como el viento que los combate, perseveran, vigías del tiempo, en la confinada ausencia de los piornos y los pedregales que un día fueron encuentro de pastizales y refugio de pastores trashumantes.

Nava la quesera, la de James, que ya aparece en documentos de la Abadía de Santa María en 1340; o la de la Lastra, en 1351. No es fácil resolver el dilema. Lo que resulta claro es que estamos ante una nava bien antigua, renombrada a lo largo de los siglos, que el Libro de la Montería reconociera como buen lugar de caza de osos y jabalíes, cuya estratégica posición en las cumbres serranas, atalaya sempiterna, le hicieron morada segura para los veteranos moradores de estos apriscos.


No hace mucho que dejaron de oírse los cencerros de las ovejas, de las cabras y de las últimas vacas que desgastaban los escondidos retoños de las herbáceas pendientes. Los postreros pastores navaqueseranos, tal vez ahora cansados de la lucha, sobreviven a las caprichosas nevadas invernales al calor de un hogar bien atizado de roble y retama. Los hijos tuvieron que marchar, casi todos a Francia y Alemania, en busca del pan que la austeridad del paisaje del negaba; y sólo el estío los devuelve gozosos por el reencuentro y acompañados de unos retoños que ya casi han olvidado su lengua, la lengua de sus mayores, la de la vida pasada.

En verano, renace Navaquesera. Se abren ahora sus casas y se llena otra vez de niños su maravillosa plaza- mirador como en los años sesenta, como en las décadas anteriores a la emigración rural, en que llegan ser casi trescientos en su censo de habitantes. Al final de las vacaciones, cuando casi hay que volver al trabajo, el 29 de septiembre, Navaquesera celebra la fiesta de San Miguel. Los que han llegado esperan este momento y sólo después marchan a sus nuevas ciudades, a los cuidados diarios. Por unos días, casi de la nada, Navaqueresa vuelve a recuperar su maravilloso esplendor que la injusta realidad le negó en el pasado.

El significado antropológico es más fuerte que la misma celebración; apenas misa y procesión, y un poco de charanga hasta bien entrada la noche. Pero la necesidad de la vuelta al origen, al eterno resurgir impenitente, exige algo más; exige la presencia repetida, casi cíclica, del hijo que se fue. Hay magia en el espacio que vio nacer al emigrante y ahora, allegar la fiesta, esa magia se derrocha y engrandece, se norma provocadora que incita y reclama en cada ocasión al viejo morador.

San Miguel es más que una fiesta, es evidentemente más que una devoción. Es casi la excusa para el reencuentro, para la definitiva recomposición de los elementos que los configuran, que estructuran la vida del alejado navaqueresano que vuelve satisfecho, un año más a la búsqueda de sus raíces.

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