| Repaso a los menesteres del siglo XVIII en Navalmoral |
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[Título original: Con oficio y beneficio. Repaso a los menesteres del siglo XVIII] La relación de respuestas generales del Catastro del Marqués de Ensenada, que se firmó en Navalmoral a finales de julio del año 1751, nos dejó una sustanciosa información de la ocupación del tiempo de los serranos de aquella época, en pleno siglo XVIII. Contaba el antiguo Concejo de Navalmoral (que incluía las aldeas de San Juan del Molinillo, El Villarejo y Navandrinal) con doscientos ochenta y dos vecinos (unas 1400 almas) y en esencia, el trabajo de todos los días, se mantuvo inalterado hasta hace poco más de cincuenta años, ya bien mediado el siglo XX, cuando gran parte de la población fijó residencia en las capitales de provincia (sobre todo en Madrid), en lo que se ha venido a llamar el éxodo rural.Pero volvamos al siglo XVIII, el de las luces. Contaba el Concejo con dos alhóndigas (casas públicas destinadas a la compra y venta de cereales), surtidas del grano que también se molía en los 10 molinos harineros de una sola piedra, situados en las gargantas, que por ser de poco agua, sólo molturaban en invierno.
El detalle de establecimientos y comercios para el suministro de las pocas cosas que no se producían en la propia casa se concretaba en: dos carnicerías, dos panaderías y dos tiendas de abacería (antigua denominación de los puestos donde se venden al por menor aceite, vinagre, legumbres secas, bacalao, etc.). Así mismo, para el descanso del viajero y las relaciones sociales, aparecen citados una taberna y dos mesones (hospedaje público donde por dinero se daba albergue a viajeros, caballerías y carruajes). Para la salud del cuerpo se contaba con dos cirujanos (uno de asistencia y otro de acarreo para las Aldeas) y el asistente, que pagaba el común del Concejo. Y para la del alma un cura párroco y un religioso dominico del convento de Santo Tomás de la ciudad de Ávila que atendían las iglesias de San Pedro y San Juan en El Molinillo, ayudados por un sacristán. Para el avío de todos los días había tres sastres (que se dedicaban a vestir al hombre, con chaqueta, calzones, elásticos y camisas, pues la mujer elaboraba ella misma, normalmente, su indumentaria) y dos zapateros. Además, para la transformación de la lana y el lino existían dos tejedores de lienzos y un cardador.
Otro de los oficios que llaman la atención por el número de personas que ocupaba es el de carretero. La tradición a la carretería es antigua y muy arraigada en la sierra y nada menos que cuatro eran las personas que se dedicaban a ello, ayudados además por dos herreros que regentaban las dos fraguas existentes. Los arreglos y construcciones de casas y edificios eran solventados por dos albañiles que también ejercían el oficio de carpintero. Y en el monte, principalmente para la elaboración de carbón vegetal, tenían su puesto de trabajo dos cisqueros, con dos caballerías, y tres hacheros.
Pero sin duda, la nómina mayor de puestos de trabajo la componían los ciento ocho labradores y ganaderos, pues este era el oficio más común en toda la comarca. Treinta jornaleros y ocho pobres de solemnidad, completaban el censo laboral.
Carlos del Peso Taranco |
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