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Hace días que no subo nada a la web. He estado en San Sebastián y en Roma y no he tenido mucho tiempo de escribir nada nuevo. Pero no lo dejamos, que tengo mucho que contar de esta nuestra patria chica.
Como ando liadillo, os subo material ajeno, concretamente parte de un artículo que me he encontrado hoy en El Diario de Ávila Digital. Lo firma Estela Carretero y habla de la situación de nuestros curas en la diócesis de Ávila. Concretamente habla de dos amigos míos: Ramón Fernández y Antonio Testera, que estuvo entre nosotros varios años, atendiendo las parroquias de Hoyocasero, Navalosa, Navarrevisca y Serranillos.
Lo recojo porque resulta interesante conocer su vida. Al fin y al cabo esta página está dedicada a la que llevaron los clérigos de san Agustín en el Monasterio de Santa María de Burgohondo. Estos son los herederos espirituales de aquellos, que también lo fueron de carne y hueso y tuvieron sus dificultades para sacar adelante las parroquias a ellos encomendadas. ¡Cuántos días de nieve pasarían también nuestros viejos canónigos burgondeños para subir hasta Navaquesera¡¡¡
Allí cuenta que quedan lejos los tiempos en los que todos los pueblos contaban con párroco propio al que los feligreses no tenían problema en localizar a cualquier hora del día, bien en la propia iglesia, bien en la casa parroquial, porque el sacerdote era un vecino más del pueblo. La despoblación rural, con núcleos casi inhabitados, sumada a la progresiva disminución de vocaciones, en Ávila no demasiado acentuada, han hecho que cada vez sean más los sacerdotes que tienen a su cargo varias parroquias, circunstancia que hace que, a sus muchas virtudes, hayan de sumar la del don de la ubicuidad.
Muchos son los sacerdotes que atienden las necesidades espirituales de más de un municipio, de hecho en la diócesis de Ávila existen 24 párrocos que tienen asignadas más de cinco parroquias a la vez y otros muchos que ostentan la responsabilidad de al menos dos. Y es que aunque en la provincia hay 254 parroquias, únicamente son 108 los sacerdotes que, bien en calidad de párrocos, encargados o administradores parroquiales, se ocupan de todas ellas.
Aunque la mayor concentración de parroquias por sacerdote se da en la zona de Piedrahíta y el Barco de Ávila, lo cierto es que hay sacerdotes con varias feligresías en toda la provincia. Sacerdotes como Ramón Fernández Valdés que en la actualidad se ocupa de atender los ocho pueblos y seis iglesias que conforman la unidad parroquial de Cabezas del Villar. De él dependen, además de la feligresía de Cabezas, las de Gallegos de Sobrinos, Hurtumpascual, Mirueña de los Infanzones, San García de Ingelmos, Blascojimeno, Gamonal de la Sierra y Viñegra de la Sierra. A esta nómina de parroquias suma también desde octubre este párroco de 39 años las tareas de capellán en el Hospital Nuestra Señora de Sonsoles de Ávila, una circunstancia que le ha obligado a trasladar su residencia de Cabezas del Villar a Ávila y a hacer encaje de bolillos para llegar a todos lados, pero que él afronta «con gran ilusión».
El teléfono móvil y el coche son los compañeros inseparables de sacerdotes como Ramón que afirma que cada semana hace al volante de su Renault Clio más de 500 kilómetros «y gasto más de 40 euros de gasolina», apostilla.
Antonio Testera es otro de esos curas que no paran. Él tiene a su cargo seis pueblos, «dos de ellos sólo de junio a noviembre porque en invierno no hay vecinos». Así, además de Oco y Sanchicorto, las dos poblaciones ‘estivales’, las otras parroquias del padre Testera son Muñogalindo, Santa María del Arroyo, Salobralejo y Balbarda. Para él esta experiencia de varias parroquias no es nueva ya que anteriormente tuvo a su cargo cinco pueblos, entre ellos Burgohondo, donde vivía. «Ahora no vivo en Muñogalindo porque no hay casa parroquial», circunstancia que le obliga a hacer muchos kilómetros a su Opel Corsa.
Si llegar a todos los sitios es complicado, más aún resulta hacerlo en domingo. Según establece la doctrina de la liturgia, los sacerdotes «sólo pueden dar tres misas en domingo, cuatro como mucho». Por eso, oficiar la eucaristía en todos los pueblos de su competencia es misión imposible. «Lo que hago, y lo que hacemos la mayoría de los sacerdotes-explica Ramón-es ir a las poblaciones más grandes», en su caso Cabezas del Villar, San García de Ingelmos y Virueña, donde todos los domingos los vecinos pueden escuchar misa, mientras «en los pueblos más pequeños, la misa dominical se va alternando cada semana».
Así las cosas, los domingos se convierten poco menos que en un rally para párrocos como Ramón que a las 10,15 horas oficia misa en alguno de los pueblos más pequeños, una hora después ha de estar en San García de Ingelmos, a las 12,15 horas en Virueña y, por fin, a las 13,30 horas en Cabezas del Villar. En total unos 100 kilómetros. Con tanto jaleo, no es extraño que «algún domingo» se haya presentado en la iglesia de un pueblo donde esa semana no había misa y hayan sido los propios feligreses los encargados de sacarle de su error.
La meteorología también puede gastar malas jugadas a estos párrocos, sobre todo la nieve. Con ella se ha encontrado muchas veces en la carretera Juan Gomendio, el actual párroco de Tormellas, Navalonguilla, Nava del Barco y Navatejares y de los anejos de Navalguijo, Navamures y Cabezas Altas y Bajas, quien, muy a su pesar, ha tenido que suspender la misa dominical más de un domingo porque una nevada le ha impedido desplazarse hasta las distintas parroquias. También él algún domingo se ha equivocado presentándose a dar misa en un pueblo donde no tocaba, «aunque los fieles son muy comprensivos».
Contratiempos. Hay otros contratiempos que pueden surgir cuando la agenda está tan apretada como que fallezca un vecino de alguna de las parroquias asignadas (algo bastante frecuente si se tiene en cuenta que la población de estos municipios está bastante envejecida) y haya que oficiar el funeral. Si esto sucede de lunes a sábado el párroco se las apaña sin grandes problemas cambiando catequesis, grupos de lectura de la palabra.., pero si el entierro es en domingo, la cosa se complica un poco. En este caso «se intenta oficiar el funeral durante la misa y si esa semana no había misa en la localidad de donde es el finado, pues se cambia para que la haya». Por suerte, como coinciden en señalar los párrocos consultados, «los fieles saben que aunque nuestra intención es llegar a todos los lados, a veces es muy difícil hacerlo».
Las fiestas patronales suelen llenar aún más la agenda de estos párrocos, «porque lógicamente ningún pueblo quiere quedarse sin misa ese día», señala el joven sacerdote que se empeña en que sus fieles le llamen simplemente Ramón y no don Ramón. En esas ocasiones las iglesias de estas pequeñas poblaciones se llenan, «porque viene mucha gente que aun siendo del pueblo vive fuera», y eso se convierte en motivo de satisfacción para estos párrocos acostumbrados a oficiar misa para poca gente, en ocasiones no más de diez o 20 personas, y hasta menos como recuerda Ramón, «con tres personas me encontré un domingo en la iglesia y aún así hubo misa».
Las bodas y bautizos, por desgracia cada vez menos frecuentes en estos núcleos rurales, también ‘animan’ algo la agenda de estos sacerdotes ‘in itinere’ que a sus obligaciones dominicales suman grupos de catequesis, al menos una misa entre semana en cada una de sus parroquias y grupos de evangelio, «a los que fundamentalmente acuden mujeres».
Con estos maratones al volante, que implican hacer decenas de kilómetros en poco tiempo, lo extraño es que párrocos como Ramón, Antonio y Juan no tengan más contratiempos en la carretera y, más raro aún, que no les hayan puesto ninguna multa. «Gracias a Dios, soy prudente y conduzco despacio», afirma el padre Testera que, entre risas, reconoce que a él los guardias civiles del cuartel de Muñogalindo ya le conocen, lo que no evitó que al principio «me hicieran dos controles de alcoholemia en los que, por supuesto, di negativo».
A pesar de los viajes, de los kilómetros y la carretera, los tres coinciden en que esta es una experiencia «muy enriquecedora» que permite conocer «gente encantadora».
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