| Navatalgordo en septiembre, romería y fiesta de Nuestra Señora de la Canaleja |
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En septiembre, el ocho, día de la Natividad, Navatalgordo se viste de fiesta para honrar a su patrona, Nuestra Señora, la Virgen de la Canaleja. Romería, procesión y baile convocan cada año a propios y visitantes que hacen de esta fiesta casa común de los serranos moradores del valle alto del Alberche. Todo el valle tiene su lugar aquí en conmemoración agradecida de la presencia de la Señora entre nosotros. Ya no es la fiesta de Navatalgordo. Es la fiesta del valle de la que, un poco todos, robando protagonismo a los vecinos, nos hacemos solidarios. Considerables son las investigaciones que, en torno a las ermitas castellanas, muchas de culto mariano, han ocupado el tiempo del equipo de trabajo del Instituto de Investigaciones Antropológicas de Castilla y León. En 1999, esta investigación les lleva hasta nuestra tierra para ocuparse de las creencias asociadas a ellas en las sierras del sur abulense en continuidad con lo obtenido en la planicie vallisoletana durante los trabajos del año anterior.
En esta ocasión, se trata de subrayar los aspectos ideológicos y políticos. Se busca establecer una difícil tipología que se torna imposible ante la diversidad de orígenes y situaciones actuales. Con todo, sí terminan descubriendo algunas constancias entre las antiguas ermitas y las modernas, las rurales y las urbanas, entre las que se sitúan en los problemáticos límites que mostramos arriba para el caso de San Roque en Burgohondo y las que terminan convertidas en conflictivos baluartes de pretensiones comunales. Navatalgordo recoge en su ermita y en su fiesta buena parte del hacer tradicional que se conoce, en su comparación, contiguo a lo presentado para otras regiones de nuestra tierra castellana. La Virgen de la Canaleja es ahora nuestro centro de interés. Pero no debemos olvidar las resonancias que ello trae de la Virgen de la Vega en Piedrahíta; a la Virgen del Espino en Gallegos de Sobrinos, Cabezas del Villar y Hurtumpascual; a la Virgen de la Fuente Santa en Medinilla; a la Virgen de la Estrella en Martínez, donde los terrenos que la circundan provocan, todavía hoy conflictiva presencia; a la Virgen de Sonsoles en Ávila, mitad campera, mitad urbana; a Nuestra Señora de las Fuentes en San Juan del Olmo; a la destacada Señora Nuestra la Virgen del Cubillo; a la Virgen de Chilla; a la Virgen de la Yedra, en la Adrada, de que habrá ocasión de hablar; y a tantas otras advocaciones por las que la Virgen María deja aclamarse en nuestra serranía de las tierras abulenses.
No se nos olvida la antigua romería en la Serrota a San Martín, que hoy concentra su hacer en torno a Navacepedilla y sus fiestas en torno a San Martín de Queso o San Martín Matapuercos. Tampoco la ermita de San Felipe-Santiago del desaparecido poblado de Navalvao, de este mismo Concejo del Burgo que de tal manera despierta a la piedad de los serranos devotos de Navalosa.
La fiesta nuevamente convoca en Navatalgordo, tornada en romería para todo el Valle. Ya lo hemos dicho. Muchos son los caminantes que se acercan hasta la Canaleja para celebrar la fiesta como propia: Navaquesera, Navarredondilla, Navaluenga, Burgohondo,... dejan hijos ese día que llenen las calles engalanadas del vecino lugar. En los primeros días de septiembre el valle entero vibra con la Canaleja.
La leyenda rodea la fiesta. Cuentan los mayores que fue la misma Virgen la que eligió el pueblo y el lugar dentro de él en que morar para siempre. De poco le sirvió al pretencioso aldeano que insistía en devolver a la iglesia la imagen hallada carretera de Burgohondo. Era la misma Señora la que insistía en regresar en cada ocasión a la hendidura del gran pino donde fuera encontrada y allí ser honrada como Madre del Pueblo, como Madre de la Hendidura, como Señora de la Canaleja, memoria de semejantes relatos y primitivas leyendas de la vieja Europa. No quería la iglesia, dedicada a San Miguel, sino su propia ermitilla en que recibir las visitas devotas de los andantes peregrinos, también de aquel inconsciente pastor de las majadas de Gredos. Allí se fue de nuevo, una y otra vez, hasta que el pueblo comprendió el deseo mariano y levantó presuroso la ermita que hoy la acoge.
Con el tiempo, la devoción se robusteció y materializó después en una cofradía, que presentaba estatutos y libro de cuentas según los cánones al uso. Nicolás González refiere la existencia, en el archivo parroquial de San Miguel Arcángel de Navatalgordo, de un “Libro de cuentas del Santuario de la Virgen de la Canaleja”, que comienza en el año 1580 como continuación de otros anteriores. Contemplar una ermita del siglo XVI, si bien rematada en 1980 por una esbelta espadaña con su campana sobre el hastial de entrada, hace pensar que en este momento cobra especial relevancia la mariana devoción a la Canaleja.
Hoy se sigue le llamando así, la Virgen de la Canaleja, la Virgen que se apareció en una hendidura donde cada septiembre, y muchas veces en el año, vienen los devotos a rendirle homenaje. Todo el pueblo acompaña, el valle entero decimos, para volverle a cantar las rondeñas que un día se dejaron oír con grandes pronunciamientos. Las mozas, vestidas de serranas, hacen la noche del 7 más bella y sonora que el resto. Hermosas son las notas que se escuchan como hermosas las mozas que las dejar caer entre los congregados montañeses.
A la mañana, se celebra la misa, con presencia de las autoridades, vara en mano, y de los mejores devotos de la Virgen. Los cofrades portan las varas de la Señora. El alcalde, la del municipio, que rinde en pleno tan sonado agasajo. Luego viene la procesión. El camino conduce a la ermita para llevar de regreso a la Virgen que viniera en jornadas pasadas hasta el templo mayor, en que le rindieran devotos la preceptiva novena. Acompaña el cortejo la autoridad así como la reina de las fiestas asistida de sus nobles damas de honor y compañía.
No debemos olvidar un revelador detalle de profundo significado antropológico. Como ya narráramos por San Roque, también por la Canaleja se llevan hachas encendidas y bollos atados a un mástil, que forman el ramo, del que de la misma manera cuelgan toda clase de productos comestibles. Se atan los bollos, las uvas y las manzanas, que luego se llevan a casa como prenda sagrada. Muchos lugares conservan la antigua tradición del ramo, sobre todo del norte peninsular. Son conocidos los ramos dedicados a Santa Teresa en Becedas, cerca de Béjar, pero también otros de Salamanca, Zamora o León. También Navarredondilla de este mismo Concejo conserva el ramo de la fiesta de la Virgen del Rosario.
Llegados a la ermita, antes de devolverla a su glorioso trono de la hendidura, se subastan los banzos, las ofrendas y finalmente los ramos. Se reparten los bollos a todos los que han llegado peregrinos al tiempo que se despide a la Señora entre muestras de afecto y devoción y se le canta el himno a la Canaleja:
¡Oh Virgen de la Canaleja, reina y madre
del pueblo que aquí ves!
Muéstranos a Jesús, vivo y glorioso,
que herencia nuestra es.
Reina, Navatalgordo te llama de sus tierras,
y tu dulzura y tu amor implora,
su vida cuando dice que te quiere
y su esperanza cuando gime y llora.
Aquí, de nuevo parece recordarse en el pueblo los repartos de bollas que encontramos en otros lugares, memoria agradecida que aquellos que se hacían cuando el pan escaseaba en Castilla. De ellos podían disfrutar los pobres como manjares que, en honor de la Virgen, eran donados entre los más apurados, actividad igualadora en la disconforme sociedad medieval. Hoy se siguen llevando tan vez entre devoción y memoria de lo que un día se hizo por necesidad.
La Virgen de la Canaleja vuelve cada año con su función. Cada septiembre, cada Natividad, hace que por unas horas el pueblo se torne festivo, se vuelva congregante de vecinos y visitantes en un marco de color y alegría que desbordan el alba de la noche serena. La leyenda y el misterio llegan a combinarse con la realidad cotidiana para tejer una suave armonía en que se hace más llevadero el peso de la vida que todo el año de faenas acopia sobre los lomos del hombre de esta tierra, de esta añorada tierra de Navatalgordo.
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