Navaquesera, el pueblo de los franceses Imprimir
Tierra de emigrantes, la mayoría en Francia, donde al llegar los metían «en gallineros», Navaquesera se cuelga al abismo del Alberche sobreviviendo al viento eterno de la despoblación.
 
A la entrada de Navaquesera, justo a la derecha, entre dos rocas enormes, hay una cancha de baloncesto. Nous allons jouer au basket-ball, vocean les enfants de la patrie en los veranos azules de la sierra. Aquí, en julio y agosto se habla francés.

Tierra sin árboles y llana, a veces pantanosa, situada generalmente entre montañas. Navaquesera sólo cumple en parte esta lacónica definición de nava. Árboles no tiene y pantanosa tampoco es, y llana, lo que se dice llana, sólo la parte alta del pueblo, plagada de piornos y con unas vistas espectaculares del Zapatero hacia el Norte y de la Sierra de Gredos hacia el Sur. Los topónimos vecinos también comienzan por nava: Navalacruz, Navatalgordo, Navalosa, Navandrinal, Navalmahillo, Navarrevisca y Navarredondilla.

En realidad, el pueblo está en cuesta y si no que se lo digan a sus paisanos, 39 censados, 38 electores para las europeas y unos 12 residentes perpetuos, como las nieves del Kilimanjaro. Muchos de los vecinos tienen problemas de hipoacusia, vulgarmente conocida como sordera. Algunos cuentan que «pierden el oído» cuando bajan a Navaluenga; otros, como el alcalde, son sordos en la llanura y sordos en la montaña. Dicen que es por el viento, que sopla a todas horas. «El de la izquierda funciona de miedo, pero el de la derecha se ha parado y nada de nada». Florentino Calvo López, el alcalde, lleva dos audífonos; uno de ellos todo un paradigma de microtecnología al servicio de los sentidos. Debe ser una dolencia reciente, porque no hace mucho, cuando en el pueblo residían hasta 200 almas, se pregonaban los bandos desde lejos, desde un lanchar apartado de la localidad, al que llaman el Alto del Cabo, «porque allí mataron a uno de la Legión», cuenta un vecino.

Las pregoneras de Navaquesera llegaron a ser famosas por ser, en su día, las últimas de España: Martina, Romana y Valentina, que cobraban 20.000 pesetas al año por dicha labor. Romana Calvo aún conserva la turuta y hasta se atreve a vocear algún mensaje desde la puerta de casa. Su hija Belén Martín Calvo, de 40 años, es la jueza de paz.

Salimos de Ávila por la N-502, en dirección a Arenas de San Pedro. Desde el Puerto de Menga se divisa una fascinante panorámica de la Sierra de Gredos, con abundante nieve aún. A unos 40 kilómetros tomamos la desviación hacia Navalacruz, una localidad encajonada entre cerros graníticos, por la que corre el agua y cuya abundante vegetación junto a la carretera anticipa la cercanía del Alberche. Una vez en la AV-905, nos dirijimos hacia Navatalgordo, cuya travesía delata que es un pueblo con vida. Allí paran dos autobuses diarios a Madrid y hay consultorio médico.

Desde esta localidad ascendemos por una carretera estrecha y de pavimento rugoso, entre piornos y tomillos, bajo un cielo azul celeste bruñido por el viento del Norte. Una pequeña víbora yace inmóvil sobre el asfalto. Como ruta alternativa existe una pista de montaña que parte de Hoyocasero, pero sólo es transitable en verano. En un futuro, sobre esta sinuosa carretera sestearán las sombras de los molinos de un parque eólico, que es hoy la esperanza de los lugareños.

Navaquesera, a 1.509 metros de altitud sobre el nivel del mar, es el cuarto municipio más alto de la provincia y uno de los más elevados de España. La AV-P-416 suele cubrirse de nieve en invierno. «La máquina de la Diputación la limpia siempre; no tenemos problemas», asegura el alcalde. Hay algunos vecinos que protestan y quieren que se amplíe la carretera. Son los de la oposición, representada por residentes en Madrid. «Tienen buena voluntad, pero este pueblo da para lo que da», subraya Florentino.

Navaquesera es el pueblo de los franceses, porque en los meses estivales llegan los emigrantes de la localidad con sus hijos y nietos aquellos mismos hombres y mujeres que, como el alcalde, salieron un buen día de su casa maletón en mano, caminando hacia el valle y levantando de vez en cuando la mirada hacia la niebla que oculta las cumbres. Un viaje eterno; primero hasta Ávila, cuando el autobús de línea tardaba un mundo; después, en el tren hasta la frontera de Hendaya; y de allí, a París, a trabajar en los campos, en la obra o en una portería. Los hijos y nietos de aquellos inmigrantes se llaman Philippe, Jean Pierre, Sophie, Jacqueline o Chirstophe y se apellidan Fernández, González o Rollón. En la actualidad hay el doble de navaqueseranos con derecho a voto en las europeas resideiendo en el extranjero (66), que en el propio pueblo (38).

En el despacho del alcalde cuelga un cuadro enorme del Rey, con cierta pose franquista. «¿Quién pinto esto, don Florentino?», le pregunta el secretario, José Vidal de la Asunción Monforte, candeledano, antiguo secretario de Poyales del Hoyo, cuyo deje sureño resuena como una canción en medio de este edificio inhabitado. Lleva poco tiempo en Navaquesera. Don Florentino, «¿dónde ha metido usted el tocho de los parques eólicos?». El alcalde saca unos papeles del armario. «No hombre, no, un informe más gordo… Mire, que para cuatro papeles que tenemos…», bromea el secretario. «No sale del Ayuntamiento; es un hombre muy preocupado por su pueblo», explica Vidal. De hecho, Florentino Calvo reparte el correo casa por casa, lleva a los vecinos al médico porque en invierno el suyo es el único coche y templa gaitas siempre que puede. Sacó el carné de conducir en París. «Quién me lo iba a decir». Recuerda que a los españoles, «al llegar, nos metían en gallineros», se muestra comprensivo con los extranjeros que arriban a España en busca de un mundo mejor y confiesa que «a pesar de las estrecheces iniciales, los franceses nos trataron bien; no tengo queja»

El presupuesto de Navaquesera es de 60.000 euros. El parque de aerogeneradores puede aportar hasta 50.000 euros. «Yo les digo que no hay nada, que todavía no me han llamado».

Florentino se afana por tranquilizar a los vecinos, alguno de los cuales cree que el dinero de los molinos «ya está aquí». El cartelón del Fondo Estatal de Inversiones preside la entrada al pueblo. Cuando pase el tiempo, a lo mejor sirve para cubrir alguna nave municipal o para medir el nivel de la nevada.

De momento, a Navaquesera le han tocado 7.434 euros, a los que hay que restar el IVA que debe ingresar el municipio, y se queda en 6.400 euros. El cartel, sin embargo, no tienen que pagarlo, porque el censo municipal es inferior a 200 inscritos, cosas de la ley. Con este millón de las antiguas pesetas van a asfaltar la carretera a Hoyocasero y mejorar algunos caminos.

Las fiestas grandes de Navaquesera son el 15 de agosto y el 29 de septiembre, San Miguel, a cuya advocación está dedicada la iglesia del municipio, un templo coqueto asomado al valle. El cura se llama don Albino, y viene de Navatalgordo. La última boda tuvo lugar hace seis años y el último entierro hace dos; de los bautizos ya nadie se acuerda. Las escuelas del pueblo se cerraron hace 25 años. La casa consistorial ha sido recientemente reformada y en los bajos se ubica el despacho médico. El doctor viene todos los martes, aunque aún no han coincidido el secretario y él. Casi mejor, porque cuando se enciende la luz del consultorio se apaga la del secretario. El alcalde nos enseña la estancia del médico y aguardamos con ansiedad que se abra la puerta para comprobar si aquí también hay una impresora de la marca Brother embalada en una esquina a la espera de que llegue su respectivo ordenador, la misma impresora, la misma marca, e idéntica orfandad que hemos visto en Avellaneda y Blasconuño de Matacabras. Voilá. Aquí está, encajada en una de las esquinas de la habitación. «No la toque, que éstas son cosas del médico», advierte el alcalde. Cuando hay una urgencia, la ambulancia sólo tarda 15 minutos desde Burgohondo. El pueblo se rige por una asamblea municipal. Florentino Calvo es apoderado de nueve vecinos y su mujer, Demetria Martín, la alcaldesa, de otros cinco.

A mediodía, el alcalde inicia el reparto del correo, correspondencia que llega a diario por el servicio postal ordinario, uno de cuyos empleados lo deposita en la casa consistorial. «Es que me gusta repartirlo a mí, así me entretengo», explica don Florentino. Vidal, el secretario, nos desea suerte durante la ruta: «Hoy hace bueno, así que encontraréis gente. Yo he visto esta mañana a tres».

No hay escuela. No hay farmacia. Hay carta para la alguacila. Ella, a la que ya conocemos como pregonera, es también una improvisada farmacéutica, encargada de distribuir los medicamentos.

Jesús del Río acarrea varios kilos de patatas y se los enseña celosamente al alcalde. Es un hombre de pocas palabras, que huye de la foto. La transparencia en el trato, la timidez curiosa del gato y una fina ironía son rasgos del carácter de estas gentes. El desnivel es grande, y también el número de casas, segundas residencias para el verano, un fenómeno común a todo el medio rural abulense. La mayoría de las calles está en pendiente. Teniendo en cuenta que nieva mucho, que el invierno pasado ha traído muchos hielos y que las mayoría de los vecinos es de avanzada edad se entiende que uno de ellos, Eusebio Sánchez San Segundo, 85 años, antiguo emigrante en Francia, con seis hijos y manos de albañil, recalca que «para vivir aquí todo el año hay que echarle valor». «Estamos acostumbrados a caminar sobre la nieve y a movernos en el hielo», indica Máximo González Sánchez, de 75 años, hombre afable y parsimonioso, quien resalta que la «mayoría de los vecinos de Navaquesera están emparentados». Máximo no estuvo en Francia, pero sí en Badajoz: 14 meses de mili, de las de «verdad».

Brígido Jara, de 84 años, y su mujer, Juana, llevan casados 58 años. «En este pueblo vamos aguantando; ya lo decía Negrín: ‘Hay que resistir’», ironiza. Llevan sendos sombreros de paja de los que se elaboran en la vecina Navalosa. «¿Qué cómo fue la boda?... Pues matamos ocho o diez corderos e hicimos una caldereta de las que no se olvidan», explica el marido. Juana no quiere fotos; envuelve en el delantal alubias, pipos y fréjoles. La que pisamos es aún tierra de huertas, sobre todo para el cultivo de la legumbre, aunque antaño también lo fue de vino y de ajos, de cosechas de centeno y del pastoreo de ovejas y vacas. «Ahora todo lo ha invadido el piorno y el tomillo», se lamenta el alcalde.

LA GUERRA. Hasta aquí también llegó la Guerra. «Los rojos andaban por esta parte del pueblo patrullando, pero no hubo tiros; estuvieron dos meses o así y se marcharon», explica un vecino, que por entonces era un niño y un día, como otros muchos, espoleados por sus padres, tuvieron que subirse a los carros, compartiendo espacio con cestas, gallinas y colchones camino de las laderas de Gredos para esconderse en las chozas de los pastores hasta que pasara el peligro. «No llegamos a partir porque alguien nos alertó de que los soldados derribaban las casas que encontraban abandonadas; así que nos quedamos».

De guerras y revoluciones tampoco entiende mucho don Florentino, que vivió el mayo del 68 en París como peón en la construcción. «Íbamos a trabajar pero los piquetes no nos dejaban pasar, así que nos colábamos en la obra, pero estuvimos muy aislados; yo no pude mandar cartas a mi pueblo ni recibir correspondencia durante tiempo».

Con los demás pueblos tienen buena relación y de Navalosa recuerdan cómo los mozos cortaban las crines de los caballos de Navaquesera para vestirse de cucurrumachos, atávico disfraz de carnaval, caracterizado por una máscara de huesos, cuernos y largos pelos, que representa el mal, y a la que acompaña el estruendo de los cencerros.

Los caminos se desangran de amapolas. Es la hora del regreso y atrás dejamos Navaquesera, detenida en el abismo, serenada por un viento inmortal que cierra las puertas y hace sonar los goznes en ese instante ingrávido de la sobremesa.

Una hora después, lejos ya de Gredos, nos sumergimos en el trajín de la ciudad, donde ya no huele a tomillo, donde reina una sordera infinita y donde los franceses son rubios y desabridos.    
 
Juan Carlos Huerta-Abargues (El Diario de Ávila, 6 de junio de 2009)
 

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