| Navaluenga apasionada. Función y baile en honor de Nuestra Señora de los Villares |
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Desciende el río hasta el final del Concejo para insertarse en Navaluenga, Navam Logam, la Nava larga o alargada, la Nava grande, de amplios contornos y despejada frente. Allá se vuelve a escuchar el clamor de María, de la Madre de Dios, de la Virgen, de la patrona de Navaluenga, Nuestra Señora de los Villares. Es la tercera parada en nuestro itinerario mariano del 8 de septiembre que enmarca y sella, como broche de oro, el discurrir del fervor del Valle del Alberche. Grande es la función en honor a Nuestra Señora de los Villares; larga la devoción en su historia. En el archivo municipal de la Villa y Tierra de Burgohondo se conservan aún las actas de los cabildos de la Abadía y en ellas las provisiones de las “rrectorías, capellanías y los demás ministerios eclesiásticos destas nuestras yglesias..”. Allí pide don Melchor Pérez de Arteaga, “Abbad mayor de esta Abbadía del Burgo hondo”, “en veynte y dos días del mes de febrero de mill y quinientos y nobenta años” que “se ocuparen las rrentas dellas especialmente en una capellanía que doctaron don Joan Villarejo y su muger en una yglesia de las dichas subsidiarias, de Santa María de los Villares, del dicho lugar de Navaluenga”. ¿Tendrá algo que ver el nombre de Nuestra Señora de los Villares con el apellido del fundador de su capellanía, incluso con el apellido del que inicia su devoción: Villarejo? Parece bastante probable, si bien no es concluyente el dato. Hemos encontrado en otros lugares este fenómeno. El nombre del propietario, y de sus sucesores, lo toma la imagen por metonimia: la ermita de la Virgen de Joan Villarejo, la ermita de Virgen de los Villarejos, la ermita de la Virgen de los Villare[jo]s, la Virgen de los Villares. Nunca antes hemos leído algo así en referencia a Navaluenga. Habrá quien nos dé o quite la razón.
La iglesia que custodia a Nuestra Señora conecta casi con la repoblación del Valle. Los primeros pastores de estas majadas inician su fábrica mediado el siglo XIII, del que nos han dejado la pila bautismal. También algunos arcos carpaneles de la estructura del templo, soportados sobre pétreas columnas rematadas en bellos capiteles de motivos vegetales, rememoran las viejas construcciones medievales de finales del XIII y principios del XIV. El Valle canta en honor a María ya desde el primer retozo del dominio cristiano.
Navaluenga vibra en las fiestas de la Virgen. Las calles parecen quedarse pequeñas para acoger al visitante que se acerca en estas postreras jornadas estivales al rebufo de Nuestra Señora. Ya lo hemos dicho: los hijos del Valle, dispersos por el mundo, tornan ahora a las serranas raíces convocados por la centenaria celebración en honor de la Virgen.
El ciclo festivo se inicia temprano. Ya la noche del 6 deja caer los primeros compases del baile que ha congregado a propios y visitantes en la popular verbena de la Plaza de España. Los mozos y mozas, casados y niños, engalanados con trajes de peña, rompen el alba del día sin haberse acostado, congregados en torno a un puñado de bares o a la ribera del río, junto a la alameda.
Por la tarde, el día siete, corrida de toros según el programa, precedida del concurrido pasacalles de la banda municipal. Diestros toreros convierten esta plaza en referencia obligada de la provincia de Ávila. Un cuidado cartel de espadas y toros hace las delicias de los aficionados navaluengueños, que se redobla mejorado los días siguientes.
La víspera de la fiesta se reserva los mejores elementos. Misa en la iglesia, fuegos artificiales en el puente románico, pregón y ofrenda floral a Nuestra Señora, la Virgen de los Villares. Llega también la ronda, serena, a cantarle a la Madre de Dios en la tierra serrana de Navaluenga. La misa del día de Nuestra Señora vuelve a congregar a un buen número de fieles que marchan peregrinos en procesión por el pueblo. La Madre ha vuelto a recorrer las calles entre el aplauso de la gente que se detiene a su paso.
La celebración prosigue en jornadas postreras que alargan los hechos hasta el nueve y el diez del mencionado septiembre. Las peñas completan el ritmo festivo que componen, jóvenes y adultos, en combinación extraña, de amistades y licencias. El Valle acompaña como expresión sincera de amistad y afecto. Las diferencias se dejan ahora, aletargadas en una buena ración del noble caldo de esta tierra. Navaluenga, grande, hospitalaria, rompe los muros de sus calles para acoger al que viene. Todos encuentran su lugar en la evocada hacienda de Navaluenga.
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