Navalosa en la fiesta de la Virgen Blanca Imprimir
En Navalosa, el ocho de septiembre, vuelve a pararse el caminante de estos valles con ocasión de las fiestas patronales en honor a Nuestra Señora, la Virgen Blanca. El verano toca a su fin.

Se inicia pronto un nuevo ciclo en que se tornan amarillas las hojas de los árboles, cabe el Alberche, en medio del pétreo horizonte castellano. Allá, donde las bravas aguas del encendido torrente movieran de antiguo hasta seis molinos harineros, allá hay árboles.
 
El pueblo no olvida la merecida fama que cobraran en tiempos las mantas de sus telares. Apenas algunos han llegado hasta nosotros. Hubo ocasión de visitar todavía el de Julia Sánchez Martín quien, junto a los trabajos artesanales de su marido, Eusebio González González, demostró para nosotros el ingenio de estas sencillas industrias. 

Son escasos los que quedan, pero suficientes como para revivir la memoria de aquellas majadas navaloseñas de pastores y cabreros, de sembrados de lino y de unas pocas hortalizas en las ásperas laderas de cerros como el de las Campanitas, con alturas que oscilan entre 1300 y 1600 metros sobre el nivel del mar. 

Habrá lugar de volver a ello con ocasión de las ferias del otoño que, mediado octubre, hacían de Burgohondo momento de encuentro y de negocio de cuanto el propicio año hubiera deparado.
 
En la fiesta de la patrona de Navalosa, en la conmemoración anual de la natividad de Santa María, se dan cita todas estas viejas y renovadas resonancias del pasado, de la vieja cultura serrana. No pasa mucho y ya se dejan oír las melodías del himno en honor de la Virgen Blanca:
 
Salve, salve, Virgen de la Blanca
alegría de nuestra comarca;
del diluvio y del mundo eres arca
donde hayamos feliz salvación. (2)
 
Eres tú la escogida entre bellas,
mucho más que Raquel agraciada.
Eres tú la Judit esforzada
que cortó la cabeza al dragón. (2)
 
Desde el cielo bajaste a la tierra
a tu paso rasgando las nubes
rodeada de bellos querubes
que gozaban de verse a tus pies. (2)
 
Ángeles y serafines:
 
María, pues Dios te escoge
para su madre entre tantas;
ángeles y serafines dicen:
Blanca, Blanca, Blanca.
 
Fuiste Virgen sin igual
en millares escogida
para dar eterna vida
a la prole racional.
Por gracia tan general
como el Señor en ti planta...
 
Al primer paso, María
te elevó el eterno Padre
al ser de su Verbo madre
con gracia cual convenía.
Por esa genealogía
que a toda la tierra encanta...
 
De Lucifer el poder
quedó por vos ya vencido
porque de vos ha nacido
de la gracia todo el ser
y pues que ya a Lucifer
pisáis, Virgen, su garganta...
 
De tu tálamo materno
que fue de Dios escogido
nació de carne vestido
el Verbo de Dios eterno;
por esto, con amor tierno
como el Señor en ti canta,...
 
Tú quitaste los cerrojos
de las puertas eternales
porque en ti, de los mortales,
puso el eterno sus ojos,
pues fuiste sana entre abrojos
y ningún mal os quebranta,...
 
Y todo el pueblo se embriaga en la contemplación de la reina del cielo que recorre en procesión las empinadas callejuelas navalosanas. Portada por cuatro hombres y mujeres del pueblo, muchos son los que quieren arrimar, siquiera un instante, el hombro a sus andas. Docenas de flores pueblan su pequeño trono como tantas veces viéramos en los sagrados compases de la procesión mariana. No ha de faltar tampoco la sonora presencia de la dulzaina bien acompañada por el repiqueteo constante del tamboril castellano.
 
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yvComment v.1.18.4