| Navalosa: cultura ganadera del Alto Alberche (1 de 2) |
|
|
El Valle alto del Alberche es ganadero, especialmente ganadero, al menos lo fue en un momento de su historia más cercana. La sierra es sobria, ruda, escarpada. En ella es poco el grano que se puede recoger de cada sementera. Sólo los fugitivos retoños de unas escasas malezas sobreviven al duro invierno que se llega amenazante y frío de quebradiza nieve y escarchados temperos. El hielo está presente en la sierra ocho meses al año y las temperaturas raramente sobrepasan los 10º a lo largo del resto del tiempo.
Apenas los márgenes de las distintas gargantas aportan adecuada cantidad de material orgánico y recursos hidrológicos suficientes como para plantear la posibilidad de establecer un sencillo policultivo de huerta que contribuya a la alimentación básica de estos hombres. En el resto del espacio, la vegetación queda reducida a pastos de montaña y piornos con algunas manchas de pino silvestre en las zonas más elevadas y de rebollar en las más húmedas. Unas cuantas cabras y algunas ovejas completan la dieta predominantemente bovina de los pastores serranos. Hoy ya parece que sólo las añejas reverberaciones toponímicas nos transportan, presurosos, a un mundo diferente, a un mundo de cabreros y rebaños en las estribaciones orientales de la Sierra de Gredos. La Nava Quesera y el Hoyo Quesero, cuna de sabrosos manjares de cuajada y requesón; Nava de la Osa, espacio mítico de cazadores y peligros; pero también la Loma de la Cañada Alta, el Arroyo de la Majada, el Arroyo de la Cañada del horno, el Arroyo de la Cañada larga, la Cañada del Lobo, el Cerro de la Mesta, el Cerro Majahornillo, Majada Alta, La Majadilla,...
En el Alberche, Navalosa es, tal vez, la que muestra más señas de su noble y antigua identidad de ganadera. Así lo vieron no hace mucho los especialistas y estudiosos del tema. La elección del enclave no es casual, afirman. Los datos históricos hacen pensar que la especial relevancia de la ganadería en esta localidad ha permitido que las pautas culturales a ella asociadas se hayan mantenido hasta no hace muchos años. Hoy en día se encuentran en plena transformación, pero el sentido es el mismo que ayer.
Espina Barrio ha sabido leer el lenguaje de las culturas ganaderas y ha dejado para nosotros un testimonio elocuente de sentido y tradición. Contempla con cierto gozo cómo el aislamiento al que, durante siglos, se ha visto sometida la comarca del Alto Alberche ha permitido que ciertas pautas culturales que habían desaparecido hace años en otros lugares de Castilla y León se mantuviesen aquí aún hasta épocas relativamente recientes.
Tal vez la más significativa de las expresiones de la arquitectura agropecuaria del Valle alto del Alberche sean las tinadas, chozos con paredes de piedra y tejados de piorno. Dichas edificaciones no son sólo corrales, sino la expresión fehaciente de un modo de vida, de unas pautas identificativas de estos lugares montañosos que, con el decurso del tiempo, se han convertido en símbolos de un pasado en el que la comunidad prevalecía sobre la individualidad.
Encontramos también corrales similares en otros lugares de la geografía provincial, como en El Barco de Ávila o San Bartolomé de Tormes, donde se colocan encima de las puertas en forma de zaguán. Estos nuevos testimonios, sin embargo, incorporan modificaciones sucificientemente significativas como para tener con ellas otra consideración, especialmente por un matiz ciertamente revelador: los hombres y las mujeres del Alto Alberche que construían juntos sus tinadas, también levantaban cooperativamente puentes, iglesias o caminos. El trabajo comunal se expendía hasta el riego de los prados, el cuidado del ganado y otras señas de identidad productiva vinculadas al ganado.
Las tinadas emplean en su construcción materiales simples y accesibles, básicamente granito, madera y piorno; si bien se descubren algunos ejemplos de uso de boñigas de bovinos o barro como aislantes térmicos injertados entre las paredes una vez levantado el edificio.
El espacio interior no es totalmente vano, ya que, en muchos casos, además de su empleo como establo, desempeña funciones de pajar o de henar. En este supuesto se suele colocar una solera coincidiendo con la máxima altura de las paredes, lo que contribuye igualmente al aislamiento del frío del establo inferior.
Algunas tinadas tienen también lo que se conoce como “ventana del doblao”, por la que puede meter directamente el heno en el pajar desde el carro que lo ha transportado. En este “doblao”, además de la paja, se guardan también todo tipo de aperos de labranza, habitualmente los que menos peso suponen a unas vigas que apoyan sobre las mismas paredes de la pétrea construcción. Cuando no hay pajar en el interior de las tinadas, el heno se puede acumular en ameales, deformación local del término almiar, especie de empalado fuertemente hincado en el suelo en torno al cual se acumula el forraje.
Los animales que ocupan las tinadas son variados, básicamente vacas, ovejas y cabras. Por ello, también el interior se adapta dependiendo de las necesidades: se sitúan comederos a diversa altura, se reserva un espacio para atar a los bovinos a fin de mantenerlos controlados cuando el aullido de los lobos les pone nerviosos, etc.
No se nos escapa recordar la estrecha vinculación que se establece entre la ganadería y la agricultura que queda manifiesta en la misma construcción de las tinadas. En ellas se reserva una apertura en la parte inferior, protegida de los vientos, para poder sacar directamente el estiércol que luego es empleado en los campos de labor. De hecho, en otros tiempos, el animal que más presente estaba en las tinadas alejadas del núcleo urbano era el reservado para el tiro de las yuntas que se empleaban para arar los campos de centeno. |