Navalacruz, fiesta mayor de Nuestra Señora la Virgen de las Longueras Imprimir
La fiesta de la Natividad de la Virgen María convoca también, en el Valle del Alberche, a los devotos de Nuestra Señora, la Virgen de las Longueras, patrona de Navalacruz.

Junto a la Virgen de la Canaleja en Navatalgordo, en que ya nos deteníamos, a Nuestra Señora de los Villares, en Navaluenga, y a Nuestra Señora la Virgen Blanca, de Navalosa, a que llegaremos, el ocho de septiembre se convierte en referente mariano para toda la comarca.
 
La Virgen devuelve, renacidos, a tantos oriundos que tuvieron que dejar estas amadas tierras del Alberche en busca de un mañana para sus retoños. El final del verano se acompaña de nuevos hijos, viejos emigrantes y exiliados por los lejanos caminos de la tierra, que recalaron en mundos complicados en los que se vieron extraños e indefensos.

Barcelona, Madrid o Bilbao; pero también Alemania, Francia o Argentina fueron las nuevas patrias de muchos hijos de Navalacruz que hoy se vuelven a sentir convocados a la fiesta. El pueblo entero se torna de nuevo amanecer de ilusiones y esperanzas compartidas, al tiempo que de entrelazados recuerdos de amable y cercana conversación. Las viejas historias resuenan en los oteros de la Nava de la Cruz avivados ahora a la llamada de las Longueras.
 
La Virgen es Señora de Navalacruz: la Virgen de las Zarzas, la Virgen que se apareció entre zarzas, entre longueras; la Virgen de las Longueras. Poco se narra de su aparición, salvo que fue una mujer del pueblo la que la descubrió, arropada entre las dichas longueras, como aquí se les llama.
 
La imagen de la Virgen de las Longueras es de talla, medieval, vestida con bellos ropajes que los devotos hiciesen de ofrenda en tiempos lejanos. Su rostro es alargado, dicen que semejante al de las mujeres de la sierra, al tiempo que muestra quebradiza el peso de los años. Poco se sabe de su autor. Su ermita, casi encubierta, a la vera del río Grande, es austera, angosta, pero de buen granito berroqueño de las laderas del Frontal. Su fábrica, tal vez del seiscientos, se abre coqueta al naciente por una puerta adovelada de medio punto, bajo un tejado a dos aguas, primitivo templo de los antiguos pastores que pasaban al raso tantas noches a la guarda del ganado. Junto a ella, el cementerio se torna remanso de paz que la cofradía de la Vera Cruz cuidó diligente durante siglos.
 
La fiesta estalla el siete de septiembre, caída la calurosa tarde de tiempos estivales. Se han reunido unos cuantos devotos convocados al replique armonioso y alegre de la vieja campana de la iglesia. Nuestra Señora del Rosario, que custodia en el año el templo parroquial, se toma ahora en procesión como prenda de intercambio entre la ermita y el pueblo, entre el centro de la celebración y lo que se torna pronto en periferia, allende el cobijo de las casas.
 
El primer domingo de octubre, por la fiesta del Rosario, un nuevo intercambio devolverá las aguas a su lecho. Ya está tratado arriba. Son muchas las localidades castellanas que celebran fiesta con motivo de este peculiar trasiego de imágenes sagradas que cobra especial pujanza entre los fieles de Navalacruz. La fiesta continúa. Ahora unas pocas mujeres se han puesto a rezar el rosario en medio del armonioso discurrir que conduce hacia la ermita. Al llegar a la iglesia, regresado el cortejo mariano, la Señora de las Longueras queda en sus andas a la espera del alba en que retorna andariega a las callejas del pueblo.
 
Misa solemne, procesión y alegres cadencias de dulzaina castellana se acompañan de los altivos redobles del viejo tamboril. Es la fe de un pueblo convocado a la hoguera de la Madre de las Longueras, reiteración de las marianas fiestas del Valle del Alberche. Cada fiesta, cada villorrio, encarna la genuina expresión de la fe de sus gentes, sin cuya devoción poco sentido tendría lo dicho.
 
La tarde del ocho retoma antiguos recuerdos de anhelos locales. Llega el momento de la subasta, presidida por la Señora, y orquestada por su mayordomo en la plaza mayor. Los dones brindados se han depositado a los pies de la Madre en un continuo discurrir a lo largo del día. No falta el himno a Nuestra Señora, la Virgen de las Longueras:
 
Rendidos a tus plantas, celestial patrona,
Navalacruz te aclama Reina y Señora, (2)
Y tus favores viene a pedir.
Virgen de las Longueras, ruega por mí. (2)
 
De este mar tempestuoso, fúlgida estrella,
cuanto más te miramos eres más bella, (2)
Vamos al puerto en pos de ti.
Virgen de las Longueras, ruega por mí. (2)
 
En las horas de amargura, tú eres mi consuelo;
al dejar esta vida, llévame al cielo. (2)
Todo lo espero, Madre, de ti.
Virgen de las Longueras, ruega por mí. (2)
 
Tornada a su angosta morada, escondida entre robles y fresnos, la Virgen de las Longueras recibe, maternal y protectora, la devoción constante de sus hijos serranos. Muchos son los hombres y mujeres que, a lo largo del año, se siguen acercando en el paseo al remanso de paz que se crea en torno a la Reina, al amparo de Nuestra Señora, las Virgen de las Longueras.
 
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www.santamariadelburgo.com ]
 

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