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María, bella, reina de Burgohondo, que venimos guiados por una estrella PDF Imprimir E-mail

Si alguien es madre y señora de Burgohondo, reina de los ángeles, ésta es María, María de la Asunción, Santa María la Real del Burgo del Fondo. Lo dijimos ya en otro lugar. El primer documento conocido sobre el actual Burgohondo se fecha el 21 de abril de 1179 en Letrán (Roma). Se trata de una bula del papa Alejandro III confirmando las posesiones que tiene ya el obispo abulense Sancho. Aquí, unido irremisiblemente al nombre del pueblo, se injerta para siempre el nombre de María, en una bula por la que le concede al prelado la potestad sobre el “monasterium Sancte Marie de Fundo”.

 

Lo cierto es que cientos de monasterios y lugares encomendaron a María su guarda y protección. La lista se tornaría infinita. Baste citar en esta misma provincia los ejemplos de Nuestra Señora de la Lugareja en Arévalo, de Nuestra Señora de la Antigua y de la Encarnación en Ávila, de La Inmaculada en Arenas de San Pedro y en Candeleda, de La Madre de Dios en Fontiveros y en Piedrahíta, de Nuestra Señora de Gracia en Madrigal de las Altas Torres, de María Mediadora en Piedralaves, etc. El resto de la geografía nacional no olvida a María, bajo las advocaciones de Covadonga, Monserrat, la Almudena o del Rocío, pasando por la Fuensanta, la Virgen de la Vega y tantas otras. 


Burgohondo es muestra y reflejo del amor que el pueblo siente por María, la Madre de Dios, la reina del cielo. En su honor se celebra fiesta el día 15 de agosto, en el centro mismo de las vacaciones estivales que han traído hasta la vega del Alberche a un buen número de viejos moradores que un día dejaron el Valle en busca de mejor fortuna.

 

Mediado agosto, los carrancles inundan las calles de esta muchas veces centenaria Villa. Desde los primeros días del mes el consistorio municipal ha organizado un buen número de actividades culturales y deportivas que se agrupan bajo la denominación de “fiestas de verano”, al estilo de numerosas localidades cercanas como Navaluenga o Navatalgordo, que vuelcan sus esfuerzos en agradar a los foráneos casi habituales que, año tras año, se acercan hasta estas serranas depresiones en busca del frescor del Alberche y a la huida del asfalto en su agobio.

 

La Virgen contempla discreta, desde su altillo en la iglesia- colegiata, casi al margen de cuanto acaece en el pueblo. Unas cuantas mujeres, tímidamente, han iniciado la novena la tarde del seis. Queda oculto el hecho en un marco de luces y sonido. La Plaza Mayor es el eje sobre el que se mueve el espectáculo de los primeros días.

 

Entonces todo devuelve a Santa María su protagonismo perdido. Llega la tarde del día catorce. Tras la misa y la novena, la Señora es bajada de su pedestal, en el centro del altar mayor. Ahora la Señora ocupa unas engalanadas andas que se han acomodado entre los pilares del presbiterio. Miles de flores y algunas velas la rodean. La devoción se torna más intensa ahora, si cabe, para ataviar con sus mejores galas a quien se reconoce como columna de la fe del pueblo sencillo del Alberche.

 

La imagen de María ha perdido su valor artístico. La historia reciente de España nos recuerda el saqueo y el pillaje a que se vio sometida la iglesia burgondeña durante la Guerra Civil. Más de quince efigies, casi todas de talla, desaparecieron durante las trágicas y fratricidas jornadas del verano de 1936. Entre ellas, “la imagen vestida de Nuestra Señora de la Asunción, titular de la parroquia”, que recoge el inventario que realizara don Demetrio Sáez Rodríguez en julio de 1928. Hoy una representación en escayola de resonancias barrocas congrega la devoción que se replica en la pintura mural del panel del mediodía de la capilla de diario que plasmara el sacerdote almeriense Fernando R. Reus en el contexto de la reforma global del conjunto arquitectónico de la abadía acometida a principios de los años noventa.

 

Aquella noche rompe de nuevo el crepúsculo para despertar la fe adormecida. Cientos de hombres y mujeres de Burgohondo y alrededores, también de Madrid, tal vez miles, inundan como riadas la plaza de la abadía. La música en la Plaza Mayor ha dejado de sonar. El pueblo entero respira devoción y nada debe interrumpir la ronda a la Virgen. Nadie queda en casa esta noche. Se deja sentir un silencio hondo de sentimiento contenido bajo los viejos morales de la iglesia. Alguien empieza a cantar:

 

María bella, (3)

que venimos guiados por una estrella. (2)

 

Cuando tú entras (3)

la iglesia se ilumina.

Cuando tú entras,

y se llena de flores

hasta la puerta

 

Tú te saliste (3)

de la casa a la iglesia

Tú te saliste

sin tomar agua bendita

pálida y triste.

 

Entonces la Señora aparece entre la emoción y la contenida devoción para ocupar el centro del espacio, entre las góticas arcadas de la puerta del patio septentional de la iglesia. El que va a dirigir la ronda a la Virgen, tantas veces Florencio Villarejo, “Flores”, saluda a los que se han congregado y deja sonar las primeras melodías de las seguidillas burgondeñas:

 

Son de Burgohondo, (3)

y estas siguidillitas.

Son de Burgohondo,

que las sacó mi tío

de un pozo hondo.

 

Chocha tu muela (3),

cara de los tus labios.

Chocha tu muela.

Cara de los tus labios.

Quien los comiera.

 

Son tus dos labios, (3)

y una guinda partida.

Son tus dos labios

donde toman lecciones

los hombres sabios.

 

En una ermita, (3)

y un pajarillo entraba.

En una ermita

entraba y se bebía

el agua bendita.

 

En la reguera, (3)

como vives en ella,

en la reguera,

pareces clavellina

de primavera.

 

De tu tejado, (3)

y una teja me llevo.

De tu tejado,

por no irme esta noche

desconsolado.

 

Vuélvela luego, (3)

si se moja la cama.

Vuélvela luego

que se moja la cama

donde yo duermo.

 

Ponla a otro lado, (3)

si se moja la cama.

Ponla a otro lado,

que la teja no vuelve

ya a tu tejado.

 

Me voy a otra. (3)

Si estas son siguidillas,

me voy otra;

si estas son siguidillas

voy a la jota.

 

Así lo narraba ya arriba Quiliano Blanco: “vienen del Alberche los ecos de la ronda del río. El río ronda a la luna llena, pálida enamorada sobre el balcón de Gredos. La seguidilla es suave y mimosa, dice cosas poéticas. Y el calderillo se duerme en un repicoteo quedísimo, todo desmayo y caricia. Pero luego estalla la jota, ágil, saltarina. Ruedan alocadas por las calles las coplas alegres, apasionadas, dinámicas...”

 

A todos los habitantes

de esta Villa sin rival, (2)

el folklore de Burgohondo

les saluda muy cordial. (2)

 

Burgohondo tiene la fama

del vino y del aguardiente, (2)

de las mujeres bonitas

y de los hombres valientes. (2)

 

Si Valencia tiene fallas

y toros en San Fermín, (2)

para jotas castellanas

las que cantamos aquí. (2)

 

Es la jota de Burgohondo

la más alegre de todas, (2)

que cuanto la canto bailan

todos los mozos y mozas. (2)

 

Como quieres que te cante

la jotita aragonesa, (2)

si soy abulense puro

donde ha nacido Teresa. (2)

 

Mi pueblo tiene una fuente

que del alto viene al hondo, (2)

la fuente se llama Tejo,

pero mi pueblo Burgohondo. (2)

 

Esos cabellitos rubios

que te cuelgan por la frente (2)

parecen campanillitas

que van llamando a la gente. (2)

 

Ávila tiene murallas,

a Teresa y a San Juan (2)

y a Tomás Luis de Victoria

que es nacido en Sanchidrián. (2)

 

Allá va la despedida;

del cielo cayó una rosa, (2)

que en mi vida he visto yo

despedida más hermosa, (2)

y allá va la despedida.

 

En ocasiones siguen las rondeñas que tomamos del mismo disco:

 

            ¿Dónde te las has aprendido

la rondeña malagueña?

¿Dónde te la has aprendido?

A la orillita del río

a la sombra de una peña;

la rondeña malagueña.

 

Al otro lado del río (2)

tiene mi abuelo un viña.

Ni la poda ni la cava,

pero sí que la vendimia,

al otro lado del río.

 

Estas sí que son rondeñas (2)

que han venido de Madrid.

Han pasado por el Tiemblo

y han llegadito hasta aquí.

Estas sí que son rondeñas.

 

Anda diciendo tu madre (2)

que no la dejo dormir.

Dentro de esa casa está

la que no me deja a mí.

Anda diciendo tu madre.

 

Asómate a la ventana, (2)

cara de guinda madura;

que parecen tus colores

a los de la Virgen pura.

Asómate a la ventana.

 

Allá va la despedida (2)

Del cielo cayó una rosa

En mi vida he visto yo

Despedida más hermosa.

Y allá va la despedida

 

            También sigue la jota rabiosa:

 

            Ávila la amurallada, (2)     

            tierra de cantos y santos,

donde ha nacido Teresa

y todos se quieren tanto. (2)

 

De la uva sale el vino (2)

De la aceituna el aceite

y de mi corazón sale

el amor para quererte (2)

 

El día que tú naciste (2)

nacieron todas las flores;

y en la pila del bautismo

cantaron los ruiseñores. (2)

 

Eché un limón a rodar (2)

Y en tu puerta se paró;

que hasta los limones saben

que nos queremos tú y yo. (2)

 

Por esta calle que vamos, (2)

echan agua y salen rosas;

y por eso la llamamos

la calle de las hermosas. (2)

 

Allá va la despedida. (2)

Del cielo cayó una liebre;

que en mi vida he visto yo

despedida más alegre. (2)

Y allá va la despedida

 

“Y se va la ronda. Se va del brazo de los luceros, como vino. La luna, desde el balcón de Gredos, se ha ido ceremoniosa, patio azul adelante, a decir “buenas noches” al Padre Zapatero...”

 

El día siguiente la fiesta continúa. La misa congrega de nuevo a un buen número de hombres y mujeres que apenas pueden entrar en la iglesia. Los ecos de la dulzaina y el tamboril amenizan la celebración. Cientos de flores pueblan ahora las andas de la Virgen que los devotos han terminado de llevar. Resta sólo ya la procesión que espera a la tarde, caído el calor estival, para acercarse hasta la ermita de San Roque a las afueras del pueblo, en su búsqueda, anticipo de la nueva jornada en que revivir prestos retazos de la fiesta.

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www.santamariadelburgo.com ]

 

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