| Maciek, el soldado de la ermita de los Judíos |
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Maciek Helemjko había nacido en Quiryat-Arbá, la ciudad palestina hoy llamada Hebrón, diez años después de la muerte del rey Herodes, durante el dominio romano de la franja del Jordán. Acababa de cumplir los veinticuatro. Desde hacía más de un lustro trabajaba en la escolta del Sanedrín de Jerusalén, a una jornada de camino de su casa, desde que su padre, un afamado curandero de la comarca, lo inscribiera en la guardia del tribunal más importante de Israel. El caso es que su historia, sin demasiadas razones, quedó plasmada, por azares del destino, entre los viejos muros de la ermita de la Veracruz, otrora sinagoga de los Judíos de Burgohondo. Los cofrades de la Cruz y, en su nombre, los oficiales Francisco y Gabriel Vaquero, habían mandado pintar esta historia a finales de abril de 1577. Se trataba de contar la última etapa de la vida de un hombre al que Maciek había acompañado en unas más que calamitosas circunstancias. Ahora, años después, todo esto le venía de nuevo a la cabeza, de la que no se lo había quitado nunca. ¡Tanto le marcó aquella hora! Todo empezó aquella noche. Era la víspera de Pascua y había llegado orden al puesto de guardia de que un hombre estaba soliviantando a la población y había que detenerlo para evitar altercados. En esta escena, aparece por primera vez el joven Maciek, dibujado, con rasgos poco concretos, apenas distinguido entre los que se han acercado al Huerto de Getsemaní, junto al torrente Cedrón, para dar caza al presunto malhechor. El inculpado aguardaba tranquilo, hablando sosegado con sus discípulos más cercanos. Llegado el momento, alguno de ellos trató de defenderlo, pero el mismo reo le increpó: “guarda tu espada, Petrus. Quien a hierro mata, a hierro muere”. Algo extraño pasó con Malco, el criado del sumo sacerdote, que me acompañaba –susurra Maciek al recordar-; pero resulta difícil de explicar. Cogimos al bandido. Yo mismo lo llevé agarrado del brazo. Pero no se resistió sino que, cercano, me devolvió la mirada. No era la mirada de un delincuente, de un asesino. No era la mirada que me esperaba, cargada de odio contra sus captores. Era, más bien, la mirada de alguien con paz que, por un instante, me impidió reaccionar. Pero, ¿dónde estás, Maciek? ¿Quién eres? ¿Desde dónde me hablas? En la vieja ermita de los Judíos me puedes identificar fácilmente. Aparezco en varias escenas vestido con unas calzas más medievales que judías, con blusón anaranjado, gorro picudo al estilo frigio y un escudo en la mano. En el cinturón me han dibujado una espada. No lo entiendo. El hombre que íbamos a capturar aquella noche no parecía tan peligroso como nos habían contado. Mis compañeros se ensañaron con él, pero sólo respondía: “perdónalos, que no saben lo que hacen”. Como un cordero, llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia de lo llevaron, aunque no había cometido crímenes y ni hubo engaño en su boca. Mengua el alma al recordar aquellos momentos. Después, lo llevamos ante Pilatos, que no quiso condenarlo. Pero mis jefes se empeñaron. Mis compañeros, implicados en aquella injusticia, le dieron una nueva paliza. Ya no hablaba. Sólo permanecía su mirada, entrañable, ensangrentada. Al final, me tocó en suerte acompañarlo hasta la cruz. ¿Cómo podía haberse llegado hasta aquí? Todo había empezado por la envidia y ya no cejarían hasta acabar con él. Yo llevaba la escalera y observaba desde lejos todo lo que pasaba. Ya no quería seguir, ser cómplice de aquel atropello, pero me obligaron a presenciarlo. La guardia del Sanedrín tiene que obedecer, bajo pena de muerte. Todavía me estremezco. El cielo se abrió y los truenos parecían voces del más allá. Una gran tormenta nos apremió. El suelo vibraba con el estruendo. Sólo algunas mujeres piadosas permanecieron a los pies de la cruz. Si no fuera porque pasaría por desequilibrado, juraría que aquel hombre, cuya mirada ha quedado a fuego en mi mirada, en aquel momento de dolor, me llamó por mi nombre: “Maciek¡¡¡ Yo muero por ti. Cuéntale al mundo que el amor es más fuerte que la muerte. Cuéntale que aquí, en la cruz, nacerá la esperanza. Perdónalos. Que ellos sepan que les perdono y que muero por ellos. Que hoy rogaré al Padre por ellos. Maciek, cuéntaselo”. Allí quedó, sentado, el joven centinela de Jerusalén, mojándose bajo la lluvia de aquel 14 de nisán, en primavera, abatido, destrozado; pero con la sensación de que algo grande había tenido lugar aquella tarde. Con el convencimiento de que, donde parecía acabar una historia, empezaba otra todavía más grande, de la que su imagen en la ermita de la Vera Cruz, en Burgohondo, sólo sería un capítulo más. José Antonio Calvo Gómez [Publicado en la revista de las fiestas de Burgohondo de 2009. Los artículos sobre las pinturas de la ermita estarán disponibles en esta página cuando tengamos el texto en papel de Cuadernos Abulenses. Por rigor científico debemos esperar a su publicación en los medios impresos antes de que esté disponible en este espacio virtual ] |
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