ja_mageia

Inicio Antropología Alto Alberche Los cucurrumachos del carnaval en Navalosa
Los cucurrumachos del carnaval en Navalosa PDF Imprimir E-mail
Valle lírico es el del Alberche. Valle profundo de tradiciones legendarias. Cada pueblecillo, cada villorrio o aldea conserva orgullosa su propio temperamento; muchos detalles, tal vez, que entrarían por derecho, en un texto como éste. No hay lugar para todo, y hay que elegir. Quepa, pues lo más significativo. 

De Navalosa, cómo no, vengan a estas líneas los Cucurrumachos, hombres que son del carnaval serrano, ataviados con carena y crines de caballo, que cubren su cuerpo con una especie de mono hecho de manga pinguera de los antiguos telares que pronto llenan de paja para arrojarla a la gente. 

Es la fiesta de los quintos, de los mozos próximos a ir al servicio militar así como de los que acaban de cumplirlo. También las mozas tienen su lugar, reservado especialmente como compañía de los acicalados mozuelos de la serranía navalosana. 

Íntimo y misterioso resulta el carnaval de Navalosa, precioso pueblo al pie de la Sierra de Gredos donde se conservan tantas costumbres ancestrales –relata González Hontoria y Allendesalazar. 

Durante el domingo, llamado “domingo gordo”, lunes y martes de carnaval, pero sobre todo en este último día, por la mañana y por la tarde, después de reunir diversos donativos en la casa de los quintos, se prepara la fiesta. 

Uno de los quintos es elegido como “vaquilla”, que nada tiene que ver con la que encontramos en Navaluenga por estas mismas fechas o en la fiesta de San Sebastián de Burgohondo. Más bien este personaje es el encargado de recoger el dinero de todo el grupo y de administrarlo prudentemente. 

Unos meses antes se ha hecho necesario localizar un local para pasar estos días. Se ha preparado el espacio, se ha limpiado la sala, e incluso se ha apilado un buen cargamento de leña para poder calentarse cuando la noche del frío invierno se vaya haciendo más cruda. 

Ahora, llegada la fiesta, los más jóvenes saldrán vestidos elegantemente con sombrero negro, escarapelas, espejos y cintas, pañuelo blanco al cuello sobre pañuelo merino, junto a los pantalones, camisa y chaqueta de la más rancia costumbre navalosera. Se completa el distinguido atuendo con guantes también blancos y esquilas o campanillas que penden de ellos.

Mientras, los quintos viejos se transformarán en los horribles “cucurramachos”, mozos como engendros embutidos en monos rellenos de paja para resultar más voluminosos, llevando en bandolera cincuenta o sesenta cencerros de diferentes tamaños. 

Sus máscaras resultan verdaderamente terroríficas, hechas con crines de caballo o yegua, y la cabeza cubierta con pieles de burro o conejo. En la frente, unos cuernos de carnero o de vaca completan el disfraz. Van armados de “aguatochos” se saúco, una especie de jeringuillas con las que lanzan a la gente agua con ceniza. Algunos evocan las labores campesinas de siembra con alforjas al hombro repletas de paja trillada, que también arrojan a todo el que encuentran por la calle. 

Todos, reunidos con los jóvenes y con las chicas en círculos concéntricos, bailarán alrededor del mayo el baile de la vaquilla. El mayo lo han levantado en jornadas pasadas en medio de festejos. Ahora han salido por las casas a pedir todos juntos para pasar esos días. Los distintos cestos son transportados a las casas de los quintos para que sus madres puedan preparar comida para todo el pueblo.

Finalmente, como encontramos, ahora sí, en el San Sebastián de Burgohondo, la vaquilla será muerta, simbólicamente, con un disparo de salva realizado desde el balcón del ayuntamiento. Desde este mismo lugar se han declarado previamente letrillas, “las coplas de los quintos” como la que dice:
 
En el mundo manda Dios,
en Navalosa el alcalde,
el señor cura en su iglesia,
y los mozos en la calle.
 
La fiesta termina en medio de un baile de fraternidad organizado en la plaza mayor por los mismos quintos, acompañado de limonada que gustosamente ofrecen las quintas junto a diferentes dulces de la tierra. Todo ello, naturalmente, ambientado con las nobles sonoridades de la dulzaina y el tamboril.

Resulta complicado precisar el tiempo y el modo como se introdujo esta llamativa tradición en el marco navalosano, remembranza mítica de viejos pastores que encuentra en las comarcas zamoranas de Aliste y Sayado las más directas conexiones. Tal vez no estén muy desencaminados tampoco de la presencia de los zarramaches de Casavieja, al otro lado de la sierra, pero el sentido es diverso. No falta quien aventure la raíz celta del hecho, legado de los ancestrales ganaderos que pasaban la noche al inclemente raso, amenazados por las implacables garras de osos y por los afilados colmillos de lobos y otras alimañas serranas. 

El patrimonio imaginario permanece materializado en ritos y leyendas como memoria colectiva y lugar de socialización. La representación del mal atemoriza la pacífica convivencia cuando el individuo se aleja demasiado de la protección de la familia. El demonio, el leviatán, se hace presente en medio de la comunidad para advertir de su existencia al tiempo que muestra algunas de sus posibilidades de ataque al individuo que ose adentrarse en solitario en las angostas depresiones de la sierra.

---------------
[De acuerdo a la naturaleza de esta página web y a la filosofía de su autor, los materiales de todos los artículos propios (aquí se excluyen los que citamos de otros autores y de otras páginas) se pueden reproducir con libertad, parcial o totalmente, siempre que cumplan tres condiciones fundamentales: 1. Que guarden los fines para los que fueron escritos. 2. Que no se haga uso comercial de ellos. 3. Que se cite su procedencia, en este caso: J. A. Calvo Gómez, Alberche Mágico. Patrimonio imaginario y representación folklórica en Burgohondo y su antiguo concejo. Salamanca 2003.
www.santamariadelburgo.com]
 

Agrega tu comentario

Tu nombre:
Tu sitio web:
Título:
Comentario: