| Las pinturas de la ermita de los judÃos (X, última) |
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Otras imágenes menoresArmonizado con el discurso de la pasión, el templo se convierte en una catequesis ciertamente vistosa. Se ha perdido la escena central, la del altar mayor, probablemente a lo largo del siglo XVII o en las primeras décadas del XVIII, como sugiere el texto de la visita de 1756; pero no cabe duda de que se tratarÃa de un Crucificado, el Cristo de la Vera Cruz, tal vez pintado, como el resto, o incluso –en algún momento- de bulto redondo, para poder procesionar por las callejuelas del pueblo en los dÃas de fiesta y en semana santa. Junto a él, otros restos pictóricos podrÃan estar haciendo alusión a la presencia de algunos ángeles, de la Virgen MarÃa y del apóstol san Juan, en una clásica escenografÃa de la crucifixión del Señor.
En los laterales, esta escena principal aparece rodeada por los cuatro evangelistas, que lucen grandes cartelas con su nombre, como si los signos tetramorfos no fueran suficientemente elocuentes. San Mateo, arriba, a la izquierda, se acompaña de un hombre con alas, que algunos artistas se esfuerzan por identificar con un ángel. Está en casa, como los otros tres, sentado en un sillón, escribiendo el evangelio, recibido del mismo Señor. Debajo encontramos a san Marcos, de similar factura, vestido con una túnica acordada a la cintura, que apoya sus pies en un león, su signo iconográfico, aquella voz-rugido que clama en el desierto, como inicia su relato. A la derecha del altar, arriba, se recoge la figura de san Lucas, el médico, discÃpulo de san Pablo, identificado por el toro, en el que apoya también sus pies descalzos, al tiempo que escribe en un pergamino, con pluma de ave. Finalmente, san Juan, el discÃpulo amado, parcialmente perdido en su factura, se vuelve hacia la escena principal, la del Cristo crucificado, en la que aparece.
En la representación de san Juan, apóstol y evangelista, se entremezclan dos imágenes medievales: aquella que lo relaciona con los cuatro evangelistas, según venimos exponiendo, y la otra, común en los calvarios medievales, que lo coloca simétricamente a la Virgen, de pie, a un lado de la cruz, normalmente con la mejilla apoyada en la mano, como en este caso. Su representación imberbe, a pesar de que, según una antigua tradición murió de edad ciertamente avanzada, es común entre las iglesias occidentales, a diferencia de las orientales que suelen representarlo como un anciano.
Las imágenes de la ermita se completan con grandes flores, sÃmbolo de la caducidad de la vida y de toda belleza terrestre, que sólo puede tener duración en los jardines del cielo, de la gloria (sal 103, 15-16). Aunque la flor, que nace en primavera, en la pascua, se utiliza también, en el lenguaje bÃblico, para manifestar el agrado de Dios, que se complace en su Siervo, Jesucristo, y acompaña toda su obra de redención del género humano.
Un segundo motivo, probablemente simbólico, pero ciertamente decorativo, es el de los semicÃrculos entrelazados, conformados alrededor de las escenas y del tabernáculo cristiano o sagrario, ubicado bajo el ahorcamiento de Judas. El cÃrculo aparece frecuentemente en las tumbas. En forma de ondas, o de olas, representa aquella imagen del agua en la que se sumerge el hombre, como en la muerte, al tiempo que apunta al resurgir de ellas, en una compleja doctrina de muerte y resurrección.
Hemos hablado ya de las columnas de capitel corintio de separación de los espacios y de las escenas. A ellas, finalmente, se añade el escudo de la cofradÃa, de factura similar a los que encontramos en la abadÃa de Santa MarÃa, con estrÃas muy finas y con los tres clavos de la cruz, en medio de una arquitectura simulada que remata la puerta del Poniente en un frontón de lÃneas renacentistas.
CONCLUSIÓN
En definitiva, el pueblo cristiano, concreto ahora en los oficiales de la cofradÃa de la Cruz, plasma en un mural el centro de su fe, el misterio de la pasión y la muerte redentora de Cristo Salvador. El artista, popular, no excesivamente cultivado, ni en lÃneas ni en colores, más próximo a los autores de sargas de semana santa que a los grandes pintores del barroco castellano, reproduce, sin embargo, algunas de las estampas más veneradas de la tradición cristiana occidental. La adoración de la cruz, sÃmbolo de muerte, al tiempo que manifestación suprema del amor de Dios, ordena inexorablemente la vida del hombre de fe. Al reproducir, en este mural, algunas de las estaciones del via crucis de Jesucristo, no pretende otra cosa que llegar a acompasar a él, por la devoción y la penitencia, su vida de pecador, llamado a la redención por este mismo camino de muerte y resurrección.
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