| Las pinturas de la ermita de los Judíos (VIII) |
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JESÚS ANTE HERODES
Se indica un nuevo tránsito en el relato, pero no queda claro el final. La escena aparece fragmentada tras la apertura de la entrada del Sur, probablemente en 1746, en que se fecha, de acuerdo al dato que ofrece una incisión en la madera. En aquel momento, se recompone la decoración y pareciera querer forzarse la interpretación para que la imagen que explicamos arriba, en que Cristo comparece ante Caifás, tenga su contrapartida en este otro lado del portón.
En este caso, el personaje que aparece se trataría del sumo sacerdote Caifás, con lo que se mantendría mejor el relato evangélico de Mateo, que no menciona la presencia de Herodes en la pasión de Cristo. Pero esta solución no aclara otras dificultades. Tampoco ofrece luz sobre esta glosa la pérdida de la cartela explicativa que recorre toda la parte superior de las escenas anteriores. Anotada esta dificultad, debemos apuntar que, sin lugar a duda, estamos ante una nueva escena, diferente de la que narra la presencia de Cristo en el palacio del sumo sacerdote Caifás. El autor se ha esforzado por delimitar los espacios mediante columnas, pero singularmente con el cambio de suelo, que transforma las losetas, tal vez de piedra, regulares, perfectamente alineadas en el palacio de Caifás, por unas piezas aparentemente de mármol, más irregulares, de la casa que ocupa el rey Herodes, que también estaba en Jerusalén aquellos días, según el relato del evangelista san Lucas (Lc 23, 7). Si no cabe duda de que la escena anterior corresponde al palacio del sumo sacerdote, tampoco ésta encuentra problemas para adscribirla a la presencia de Cristo ante Herodes.
El personaje que encontramos en esta escena –entendido que la imagen de Cristo se habría perdido en 1746– corresponde, entonces, con el rey Herodes Antipas, también llamado Herodes el Tetrarca. Había nacido hacia el año 20 a. C. en Judea, hijo de Herodes el Grande y de la samaritana Malthace. A la muerte de su padre, Augusto lo había nombrado tetrarca de Galilea y Perea; pero, poco después del momento que relata esta imagen, las envidias le llevaron a enfrentarse con su sobrino Agripa, nombrado rey de los judíos por Calígula, lo que le valió la indignación del emperador y el destierro a la ciudad romana de Lugdunum (Lyón), en Francia, donde murió hacia el año 39 d. C. En la Vera Cruz, delata su condición regia la corona que porta en sus manos, en un gesto complejo de quitársela de la cabeza precisamente cuando está ante el “rey de los Judíos”, probablemente simbólico, como si el artista se hubiera tomado una cierta licencia histórica. Completan su ajuar algunas joyas, mientras que ocupa un rico trono de líneas griegas en el que se ha añadido un cojín con sus borlas para recoger la mano derecha. Todo recuerda aquella imagen de rey de dudosa reputación, amigo de lujos y dispendios, como el espacio palaciego que ocupa, decorado con suelos de mármol y nobles columnas, alguna ricamente pintada. Como apuntamos, se rompe aquí el discurso de san Mateo, pues en este caso el artista cuenta con una sola fuente evangélica en la que inspirar su obra. Se trata de un relato que recoge san Lucas (Lc 23, 7-12), inserto en el discurso mateano del interrogatorio ante Pilatos que aquí se divide en dos (Lc 23, 1-6 y 23, 13-25). No es una escena muy frecuente en la historia del arte. Como paralelos, la encontramos en el retablo mayor del monasterio de Sijena, efectuado hacia 1519, entre otras, escasas.
Al interés de Herodes por ver a Jesús (Lc 9,9) y a su prolongado interrogatorio (Lc 23,9), el Siervo de Yahvé responde con el silencio, de acuerdo a la profecía de Isaías (Is 53,7). El rey se ensoberbece en su validad mientras hace mofa de Cristo al vestirle con blancos trajes de rey, que evocan su acusación de Mesías-rey (Lc 23, 2). Lucas no recoge el relato de Mateo en el que los soldados romanos se burlan de Jesús, sino que libera al poder romano de esta acusación histórica al hacer responsable de ella al poder judío y a sus tropas.
EL PROCESO ROMANO. JESÚS ANTE PONCIO PILATO
![]() Al amanecer, Cristo es llevado ante el gobernador. Se trata de una escena profunda, dramática; un diálogo entre alguien que regala la vida eterna y un hombre desesperado, que busca la verdad, aunque no ponga los medios para encontrarla. Se ha cambiado de nuevo el escenario. De la casa de Caifás (o de Herodes, según los evangelistas), Cristo es trasladado (de nuevo) a la residencia del procurador romano (Mt 27, 1-2). Lo recogen todos los evangelistas (Mc 15, 1; Lc 23, 1 y Jn 18, 28). Si allí fue condenado a muerte por blasfemo, aquí será acusado de sedición. Sólo se conserva un fragmento de la cartela, pero es suficiente para entender: (innocens e)go sum a sanguine iustus; soy inocente de la sangre de este justo; al tiempo que se lava las manos con la mirada perdida, desesperada; la mirada de la cobardía. Los sayones se llevan a Cristo, medio desnudo. La condena es contundente: después de azotarle, se lo entregó para que lo crucificaran (Mt 27, 26).La decoración del espacio se vuelve más profunda, más intensa, incluso manifiesta mayor riqueza tanto en las telas como en los suelos. Pilatos viste al estilo de los nobles castellanos del siglo XVI. También el siervo que soporta la jofaina se adecua a los gustos renacentistas. Los soldados repiten la misma indumentaria que hemos visto antes, mientras que Cristo, casi desnudo, apenas se cubre con un paño y cierta sombra en la cabeza que podría hacerse eco de la coronación de espinas que se cita a continuación (Mt 27, 27-30).
[Cita: CALVO GÓMEZ, J.A. "Las pinturas murales de la ermita de la Vera Cruz o de los Judíos, de Burgohondo (1577)". Cuadernos abulenses. En prensa] |
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