| Las pinturas de la ermita de los Judíos (VI) |
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LA MUERTE En el lado del evangelio, a la derecha desde el altar, se sitúa una de las escenas más impresionantes del conjunto de la ermita. Se trata de la imagen de un esqueleto de espaldas que porta en su mano derecha un arco, que en otros lugares era una guadaña, al tiempo que sonríe y levanta su izquierda con una flecha en señal de amenaza. Memento m(or)i, dice su cartela, recuerda que has de morir.
Igual que encontramos en algunas sargas de la zona de Ayllón, en Segovia, entre otras muchas representaciones de un tema históricamente recurrente, a sus pies se sitúan laicos, nobles y eclesiásticos, incluido, tal vez, el abad del monasterio de Santa María, entonces llamado Pedro Vázquez, muerto el 3 de junio de 1578.
A ellos les recuerda que el tiempo pasa y que no deben vivir en pecado, porque todos morirán, antes o después. Los que hayan hecho el bien, resucitarán con Cristo; los que hayan hecho el mal, penarán durante toda la eternidad, igual que Judas sufre a manos de los demonios. Esta expresión de la muerte conecta con algunas de las antiguas imágenes góticas del ángel exterminador y en general con las danzas de la muerte medievales al tiempo que se inserta en la tradición de autores como Pieter Brueghel el Viejo y su obra El triunfo de la muerte (1562), estilo que llevarán a su plenitud, en el siglo XVII, entre otros, el sevillano ya citado Valdés Leal en obras como In ictu oculi (1672) o Finis gloriae mundi (1672). En el trabajo de Hans Baldung Griem, Las edades de la vida también conocida como Las edades de la muerte, de 1539, se representa de nuevo el tema del memento mori, presente en las manifestaciones artísticas desde el Medioevo y el Renacimiento, como reflexión sobre las tensiones fundamentales del ser humano, la búsqueda de la sensualidad y su pérdida con la muerte.
En esta representación, se marca la tragedia, la conciencia de lo efímero de los placeres mundanos o vanitas. La extinción de la sensualidad y la presencia del mundo sobrenatural, son argumentos enlazados y cardinales en esta producción pictórica, común en otros autores de finales del siglo XVI. El dramatismo del gesto se acentúa con la creación de una ficción estética que juega con el claro-oscuro de la imagen y su tenebrismo. La muerte, en blanco, destaca todavía más el sentido de lo macabro sin renunciar a un vivo movimiento y a la intensidad del rojo presente en el arco y la flecha que blande en consonancia con el rojo de los demonios que, en simetría, atormentan a un Judas estrangulado.
LA ORACIÓN EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS ![]() Después de la Última Cena, Cristo se ha retirado al Huerto de Getsemaní, donde reza al Padre: tristis es(t) anima mea usque ad mortem, mi alma está triste hasta el punto de morir, dice la cartela de la ermita, según la versión de san Mateo (Mt 26, 38). Un ángel le conforta en medio de un pequeño bosque, sólo apuntado, en la noche más angustiosa del Señor (Lc 22, 43). Los discípulos duermen: Pedro, a la izquierda, con la espada; Santiago, arriba; y Juan, más joven, todavía sin barba, sentado a los pies de Santiago. Los tres, al igual que Cristo, están ataviados con túnicas y algunos también con capa, como el caso de Santiago. Apenas se indican unos pies descalzos, tal vez calzados con sandalias nada evidentes. En esta composición llega el reproche del Maestro: ¿No habéis podido velar una hora conmigo?
Mateo presenta a Jesús orando solamente en dos ocasiones a lo largo del evangelio; aquí y en Mt 14, 23. En los dos casos, la oración precede un momento de prueba para los discípulos. Ahora la angustia se apodera también del Maestro. Se acerca el momento en que debe ratificar la nueva alianza, la entrega redentora, anticipada en la cena. Aunque Jesús conoce todo lo que va a suceder (Mt 26, 2) y se muestra decidido y valiente para aceptarlo, el relato se presenta angustioso, dramático: si es posible, pase de mí este cáliz. El artista ha querido hacerse eco de esta emoción al resaltar la figura de Cristo en la noche, la oscuridad, donde sus manos se alzan al Padre, suplicantes, mientras los apóstoles duermen, ajenos, absortos, estupefactos. De nuevo la llamada para el cristiano que se acerca a la ermita de la Vera Cruz. El hombre duerme cuando debe velar. El mal acecha y debemos despabilar. El mismo Cristo nos recuerda la necesidad de estar atentos: Velad y orad para no caer en la tentación. El espíritu es fuerte, pero la carne es débil (Mt 26, 41). --------------- [De acuerdo a la naturaleza de esta página web y a la filosofía de su autor, los materiales de todos los artículos propios (aquí se excluyen los que citamos de otros autores y de otras páginas) se pueden reproducir con libertad, parcial o totalmente, siempre que cumplan tres condiciones fundamentales: 1. Que guarden los fines para los que fueron escritos. 2. Que no se haga uso comercial de ellos. 3. Que se cite su procedencia, en este caso, la cita exacta es como sigue: CALVO GÓMEZ, J. A. "Las pinturas murales de la ermita de la Vera Cruz o de los Judíos, de Burgohondo (1577)". Cuadernos Abulenses 37 (2008), 165-201. www.santamariadelburgo.com] |