| La vida cotidiana en la abadía de Santa María (V) |
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4.3. El conjunto monástico de Santa María [484, 2011 enero 20] Al Sur de la iglesia se alza el monasterio. La planta general de la abadía aparece inscrita en un cuadrado con torres de planta circular en sus ángulos y una más en el centro del perímetro, entre aquellas, lo que le da un claro aspecto de plaza defensiva. En el muro Norte se levanta la iglesia, cuya cabecera constituiría el cubo de mayores dimensiones. De esta estructura primitiva, en la actualidad, queda en pie parte del muro occidental, en el que se abre una puerta, y parte del muro Sur, con dos cubos o torreones. En el ángulo Sur-oriental, un tercer torreón, circular, es sustituido, ya en un momento temprano, por una torre de planta cuadrada. Esta torre mantiene, sin embargo, la misma idea constructiva del primitivo monasterio, que coloca las piedras más grandes en vertical. Los muros, al igual que los de la iglesia, están hechos de mampostería, con aquella tendencia a colocar las piedras grandes verticalmente, que encontramos también en la muralla de Ávila, edificada, según los investigadores, unos pocos años antes. Entre las hiladas mayores, se insertan diversas lajas cortadas de modo irregular. Sólo las ristras que completan las piedras colocadas en el ábside son en esto una excepción al ser sustituidas por el ladrillo según el gusto mudéjar. En estos muros, se insertan distintos vanos, mínimos en los torreones, que reformas posteriores han ido ajustando a las necesidades del uso en cada época. El carácter defensivo de las torres apunta el uso como saeteras de estos pequeños huecos que descubrimos en la construcción. En el centro del conjunto se sitúa el claustro monástico, imagen de la Jerusalén celeste, un cosmos en sí mismo, como lo llamó Jiménez Lozano (1) que fue seriamente reformado en 1583 de mano del maestro Francisco Hernández, sobre la base de la estructura medieval del monasterio. Hoy permanece arruinado. Además, se descubren dos nuevos patios, al Norte y al Sur, respectivamente, del monasterio. Al lado septentrional se encuentra un atrio que Ángel Barrios (2) sitúa cronológicamente haciéndolo coincidir con la repoblación de la zona, proceso que tuvo lugar en el último tercio del siglo XII. Da paso a este espacio norteño una destacada puerta, de arco ojival, construida en granito hacia finales del siglo XII o principios del XIII. Dicho ingreso aparece conformado mediante dos arquivoltas decrecientes y capitel semilabrado, que se presenta semejando una línea de impostas. Está flanqueada por dos piedras, puestas en vertical a modo de almenas, modelo que se vuelve a repetir en el muro contiguo, aparentemente de un tiempo posterior. Por el lado Sur, el pequeño patio actual da paso a una zona de huertas con cerramiento de muro de mampostería que estaría incorporado a la abadía. En el siglo XVII se coloca una puerta de grandes dimensiones que, rematada con una cruz o con una imagen en piedra cerraría lo que se conoce como la Huerta de Palacio. El espacio delimita los terrenos que son cultivados por la comunidad de clérigos de modo directo o por sus hortelanos u otro tipo de pobladores dependientes. 4.4. La torre mayor, signo de un cambio de mentalidad La torre mayor de la iglesia se levanta en la primera mitad del siglo XVI, al final del último tramo de la nave de la epístola. Se coloca macizando el primer segmento de la nave del mediodía, emparentada con otras que se construyen en esta época a lo largo de toda la geografía castellana. Sin embargo, en su formación es una construcción totalmente original, que sólo encuentra comparación en otras atalayas separadas de ésta por más de cien kilómetros de distancia. Tal vez el ejemplo de la iglesia parroquial de Piedrahíta, que formó parte de un complejo militarizado, sea la primera referencia para la torre de Burgohondo. En su origen, el monasterio no contaba con edificación parecida alguna. Ya hemos apuntado cómo en su construcción probablemente se dejan sentir en estas lomas de las estribaciones de la sierra de Gredos las diversas indicaciones del Císter en su tenaz empresa de despojo y desnudamiento. San Bernardo de Claraval no se siente a gusto en medio de la riqueza monástica, ni con su estructura de poder que se ha feudalizado. En su empeño, todos los esfuerzos de este gran reformador se dirigen a simplificar las formas y los contenidos de la realidad que le rodea, en busca de lo estrictamente imprescindible: la pobreza como norma colectiva de vida, el menor poder permitido en el ámbito de la organización de esa vida en común, en menor adorno posible en los edificios y en los libros. Es decir, la forma mínima que descubra la esencia del ser. Se determina que no exista ningún signo de señorío en estos monasterios y por eso se prescinde de la torre como símbolo de poder. Ésta se trasforma en un sencillo campanario de espadaña, aéreo ventanal de campanas, como puro elemento funcional. La observación del muro meridional de la iglesia parece sugerir algún tipo de estructura de esta naturaleza que debió de perderse en el transcurrir de los siglos. En el mismo orden, se une a ello la ausencia de cúpula en el crucero y la sustitución de la pesada cabecera absidial románica, junto con el abatimiento de las figuras de canecillos, de las metopas y capiteles, de los monstruos, las aves mitológicas, los leones y los asnos o los grifos simbólicos, que nunca llegaron a existir. Sólo en el siglo XVI, en que tal vez se olvida este espíritu original y acentúa de nuevo el poder de los monasterios, se levanta la airosa torre que hoy contemplamos. Dicha atalaya presenta planta rectangular con aparejo de mampostería, y refuerzos en las esquinas con piedras de perfecta sillería. Posee un campanario con seis huecos y aparece coronada por desiguales almenas decorativas de una pieza y bolas de granito berroqueño. Las campanas originales han desaparecido y se han colocado otras nuevas ya en esta época. El conjunto se cubre con un tejado convencional que antes debía de ser de madera. Además, de la línea del suelo del campanario y hacia el exterior, arrancan tres grandes piedras a modo de base sobre las que, en su día, tal vez existió una pequeña plataforma o balconcillo. Todo el interior de la torre queda ocupado por una escalera de caracol de dos metros de diámetro, que parte de una pequeña puerta, en la iglesia, y conduce al campanario. Esta escalera constituye el núcleo central de la estructura que hace las veces de columna vertebral sobre la que se asienta el peso. Está compuesta por 66 pasos bien labrados e iluminada a través de cinco ventanucos muy estrechos que recuerdan nuevamente las saeteras medievales que encontramos en las naves del templo. En su construcción, parte del interior del templo quedó modificado. Uno de los pilares de los que dividen las naves y un arco formero fueron sustituidos por un nuevo pilar de base cuadrangular adosado a la esquina nordeste de la torre y un arco ciego sobre la misma estructura y de arranques muy por debajo de la línea de impostas de los formeros originales. De la antigua espadaña románica sólo quedaría el arranque, hoy reintegrado en la nueva fortificación. 4.5. El escudo de la abadía Un último apunte sobre la fábrica del monasterio, nos lleva a observar los diversos escudos que la adornan, aquellos elementos simbólicos de derecho y soberanía que enlazan con el complejo mundo de las mentalidades. El escudo de la abadía se configura en un único cuartel, doblemente simétrico respecto a un punto central, enmarcado por finísimas pilastras con estrías muy clásicas. El motivo heráldico elegido es la flor de lis, en número de cinco, ordenadas según la misma simetría en torno a una central. Desconocemos el origen de este escudo, aunque los ejemplos que encontramos reproducidos en los muros del monasterio o en el coro de la iglesia no van más allá del siglo XVI. ¿Se trata del escudo del monasterio? ¿Estamos ante los motivos heráldicos de alguno de los abades de Burgohondo? La presencia de la flor de lis en heráldica se documenta, al menos, desde el siglo XII, y pronto es acogido por los reyes franceses como emblema familiar. También sabemos que, en el país galo, los soberanos lo conceden a algunos miembros de familias poderosas investidas de derecho de administrar justicia y a ciertos dignatarios de la corte. El uso de las flores de lis en los escudos se extiende luego por muchos países de Europa, entre ellos España, aunque se pueden seguir sus modelos de acuerdo a la evolución cronológica de las mismas. En el monasterio de Santa María la Real de Nieva, cerca de Segovia, patrocinado por Catalina de Lancáster, nieta del rey Pedro I de Castilla, se representa en número de tres, como emblema de la dinastía inglesa ¿Cómo llega a Burgohondo esta representación? ¿Se adopta como escudo monástico ya desde el principio? No cabe duda que este escudo debe relacionarse con el patronato regio del cenobio. En este sentido cabe recuperar de nuevo la idea que remite al rey Alfonso VI, legendario fundador de esta plaza monástica. En el año 1084, Alfonso VI conquistó Madrid. Por aquellos días, se decía que en la muralla de la ciudad se hallaba una imagen de la Virgen, escondida al tiempo de la invasión sarracena. El monarca hizo un voto solemne y prometió que si lograba entrar victorioso en Toledo, volvería a Madrid buscaría la imagen de la Virgen, hasta encontrarla. Poco tiempo después, Toledo fue sometido bajo las tropas leonesas y el rey mandó llamar a la última superviviente que conocía algo sobre esta cuestión, una mujer llamada María. La anciana había recibido, por tradición familiar, una idea de cómo podía ser la imagen de la madre de Dios, aunque sin conocer el lugar exacto de su secreta ubicación. La reina Constanza de Borgoña, tercera esposa del monarca, mandó llamar a esta señora de Madrid y le pidió que le explicara cuáles eran los rasgos de la imagen y poder así hacer un mural que perpetuara su memoria hasta que pudiera ser nuevamente localizada. El artista, para su ejecución, se inspiró en la imagen de la propia reina quien por eso lleva añadido una flor de lis, de los reyes de Francia. De esta manera la Virgen de la Flor de Lis fue la primera representación de la Virgen que hubo en el Madrid reconquistado, pintura mural que, tras ciertos avatares históricos, se encuentra actualmente en la cripta de la iglesia del Santísimo Sacramento, en la capital, probablemente en una reconstrucción más o menos exacta que se elaboró tras el incendio que sufrió en tiempo de Enrique IV. Más tarde, se llegó a encontrar la talla escondida en la muralla, la que luego se llamó la Virgen de la Muralla, la Virgen de la “Almudaina” o de la Almudena. Conocemos varias reproducciones de dicho escudo en la abadía. El primero aparece en el coro, claramente de finales del siglo XVI y perfectamente integrado en el conjunto ornamental renacentista del mismo. Pero también debemos citar el que encontramos en el ábside, realizado en piedra, que, sin embargo, ha perdido su talla, en gran medida, producto seguramente del paso del tiempo. Se ha conservado mejor el tercero que conocemos, situado en la fachada meridional, sobre una ventana. También ha sido ejecutado en piedra y datado, como el anterior, hacia mediados del siglo XVI. El resto de los escudos, dispersos a lo largo de diversos elementos constructivos y ornamentales, se fechan en los últimos años del siglo pasado. ---------------- Notas: 1. Jiménez Lozano, J. Guía espiritual de Castilla. Valladolid 1984.
2. Barrios García, A. Estructuras agrarias y de poder en Castilla. El ejemplo de Ávila. 1085-1320, t. I. Ávila 1983.
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