| La vida cotidiana en la abadía de Santa María (IX) |
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8. EL OFICIO LITÚRGICO, LAS CEREMONIAS Y LA ESPIRITUALIDAD DEL MONASTERIO[490, 2011 enero 28] La regla(1) de san Agustín dedica apenas cuatro breves párrafos a legislar sobre la espiritualidad de los clérigos. Reserva para otros lugares las indicaciones pertinentes, en un tono ciertamente más pastoral y catequético. Sin embargo, algunas líneas resultan de una densidad singular: “Perseverad en las oraciones fijadas para las horas y los tiempos de cada día (10).” (2) Y también: “Cuando oréis a Dios con salmos e himnos, que sienta el corazón lo que profiere la voz (12).”(3). El capítulo segundo, que trata sobre la oración, atiende a la disciplina del oficio litúrgico, que corresponde a un espacio comunitario relativamente complejo en el que existe un número mínimo de clérigos. Sin una vida comunitaria no tendrían sentido algunas disposiciones: “En el oratorio nadie haga sino aquello para lo que ha sido destinado, de donde le viene el nombre; para que si acaso hubiera algunos que... quisieran orar fuera de las horas establecidas, no se lo impida quien pensara hacer allí otra cosa (11).”(4) Y un apunte práctico: “No deseéis cantar sino aquello que está mandado que se cante; pero lo que no está escrito para ser cantado, que no se cante (13).”(5) No podemos decir lo mismo, que sea breve y pobre, la espiritualidad de los clérigos que siguen sus palabras. La espiritualidad y la vida litúrgica del monasterio de Santa María está marcada, sin duda, por estas y otras notas agustinianas; pero, sobre todo, responde al modelo que siguen las comunidades cristianas, especialmente las parroquiales, a raíz de la reforma del papa santo Gregorio VII (1073-1085). 8.1 La reforma gregoriana Gregorio VII recurre a la liturgia como factor de convergencia para renovar la vida eclesiástica. El empleo del ordo litúrgico romano se considera entonces como única garantía de verdad y un tributo espiritual a la “madre” de todas las iglesias occidentales. Una consecuencia de esta decisión papal fue la supresión de la liturgia visigótica en la Península Ibérica y la sustitución por el rito romano, en la que los capellanes franciscanos de Inocencio III (1198-1216), el obispo de Mende, Guillermo Durando (1285) y finalmente la imprenta (1436) resultarán factores decisivos, que llevarán a la codificación de formularios litúrgicos, auténticos y universales, desde el concilio de Trento (6). En general, en la Edad Media, los presbíteros padecen una escasa preparación doctrinal, por lo que los sínodos exhortan a que se faciliten caminos de formación y que se asegure la explicación de las verdades fundamentales de la fe, contenidas en el credo y en el padrenuestro. Llegan a hacerse comunes las colecciones de homilías de los Santos Padres, que se leían en las iglesias y en los coros de los monasterios. El surgimiento de algunos movimientos como el de Pedro Valdo o el de las órdenes mendicantes devuelve una cierta dignidad al discurso homielético al tiempo que lo desvincula de la misa y del presbiterio para emplazarlo en el centro de la nave. Con el tiempo, los monasterios aseguran la formación teológica de algunos sacerdotes, al igual que las escuelas catedralicias y las colegiatas, con un descrédito añadido a la vida parroquial. La piedad eucarística va de la mano de este movimiento de renovación a finales del siglo XII y principios del XIII; pero no para acercar al pueblo la ofrenda del sacramento, sino para alejarlo. Los fieles no se acercan a recibir la comunión; se contentan con admirar, contemplar y adorar las especies eucarísticas, en una excesiva valoración de la distancia inmensa que media entre la majestad divina y el hombre pecador. Se habla de la “mesa terrible” de la eucaristía, del “mysterium tremendum”, que fortalece el temor reverencial a la comunión sacrílega y que obliga a la Iglesia a decretar la obligación de comulgar, al menos, en pascua de resurrección (1215). El último románico, pero sobre todo el gótico, revela también una nueva espiritualidad, un estilo de vida renovado. Se acentúa un intimismo creciente, una tendencia a ver y experimentar de modo sensible, una acentuación de la dimensión subjetiva frente a los factores objetivos, un amor apasionado por lo concreto y realista. Como anota Xabier Basurko, surge un nuevo tipo de piedad hacia la figura de Jesús, de su madre María, y de los santos, principalmente de aquellos que más íntima relación tuvieron con la vida humana del Señor. La humanidad de Cristo ha sido el objeto preferido de la vida religiosa medieval, centrando su atención casi exclusivamente en el comienzo y en fin de la vida terrena de Jesús. Es curioso constatar que las escenas de la vida pública de Jesús, como los milagros, han prestado mucho menor juego en la Edad Media que los relatos de su infancia y de su pasión. Se fortalece y consolida la devoción a la madre de Dios. La reforma cluniacense se distingue por una devoción especial a María. San Bernardo de Claraval, el místico de la cruz, es también el gran juglar de la Virgen María. Junto a ella, la Edad Media cultiva con fervor la religiosidad en torno a los santos. Ellos forman el puente hacia Dios y llenan de alguna manera el vacío dejado por la evolución del tema cristológico. El concilio de Constanza (1414-18) y Juan Gerson (1363-1429) reclaman una disminución de las fiestas de los santos por los desórdenes e inmoralidad que acarrean y por los desmanes económicos que provocan en los pobres y jornaleros que no pueden trabajar. Gerson propone su limitación a las fiestas de pascua, a las de los apóstoles y a otras pocas realmente importantes. En la última Edad Media, Basurko, siguiendo a Huizinga, anota que todavía resulta más preocupante la mentalidad difundida sobre los “frutos de la misa”. La misa, como beneficio para vivos y muertos se convierte en el tema fundamental de la predicación. Se enumeran los frutos que se derivan por la mera asistencia, lo que favorece la multiplicación de las misas votivas y la combinación en series como las treinta misas gregorianas, los novenarios, los trinarios, etcétera; que garantizan el objetivo perseguido, fundamentalmente la salvación del alma. Con estos recursos en manos del clero, se extienden de forma anormal la multiplicación de misas y aumenta el número de altaristas, proletariado clerical que vive de los estipendios, causa y efecto de una mentalidad extrapolada acerca de la misa, ciertamente criticada ya en este momento. Sólo a finales del siglo XV surge la “devotio moderna”, movimiento espiritual caracterizado por el realismo psicológico, la desconfianza de los gestos brillantes y heroicos, el amor a la seriedad, la solidez y la moderación prudente, que pone el acento sobre la oración interior del corazón, más que en la oración vocal o en la acción litúrgica, en una huida clara de la decadente escolástica. 8.2. Los sacramentos, signos eficaces de gracia En este marco de la espiritualidad del occidente cristiano, los sacramentos, cuyo número se fija definitivamente en el segundo concilio de Lyon de 1274, se conciben como los signos instituidos por Cristo, sacramento original y originante, a través de los cuales se tiene acceso a la salvación. El cristiano se abría a la vida con un sacramento –el bautismo-, anota Mitre Fernández (7), y la cerraba con otro: la extremaunción. En su paso por la tierra, los otros cinco iban marcando el ritmo de su existencia. Entre ellos, los sacramentos más importantes para la vida parroquial eran: el bautismo, la eucaristía y la penitencia. El matrimonio, por su condición fundante de las familias, reviste una atención singular en materia disciplinar que no parece tener en la dogmática. Ciertamente en la vida parroquial también se desarrollan los demás sacramentos, como la confirmación o la unción de enfermos, pero su relevancia resulta mucho más modesta. El bautismo asocia al cristiano a los méritos de Cristo y tiene el poder de borrar el pecado original y cualquier otro tipo de falta (8). En los sínodos y concilios se recomienda el bautismo de los niños nada más nacer, en la iglesia parroquial, a no ser por causa grave, evitando la multiplicación de padrinos y madrinas que provocan el impedimento de afinidad en el matrimonio. La penitencia y la eucaristía, por su frecuencia, marcan con más fuerza la vida del cristiano. El canon XXI del concilio IV de Letrán (1215) establece, en una pastoral de mínimos, la confesión y la comunión anual con el cura propio (9). Pero la asistencia a misa era masiva, sobre todo los domingos, los funerales y los numerosos días de fiesta, que a su vez sirve de punto de encuentro social. La eucaristía, por contener al Salvador, anotan los teólogos, resulta ser la fuente de todo el orden sacramental (10). En otro orden, el secreto de confesión se hará cada vez más riguroso y su ruptura era castigada con la reducción al estado laical y la reducción de por vida en un monasterio. Bajo el término ordo se distingue en la Edad Media tanto un ceremonial, como una sociedad religiosa obligada a la observancia de una regla, así como un cuerpo social definido por un cierto estatus. La reforma gregoriana contribuye a hacer del sacerdocio una categoría cerrada, cercana a la casta que, en defensa de su personalidad, toma conciencia de las diferencias que le separan de los laicos. El presbítero, que formaba el cuerpo más importante de los sacerdotes, en muchas ocasiones podía tener una escasa formación y una vida poco edificante, lo que contribuye al desprestigio del grupo, hecho que encuentra no pocas referencias en la literatura y en las cartas de los reformadores medievales. El monasterio de Santa María se convierte en lugar de referencia y de administración de los sacramentos de todo el valle. El abad Arteaga (11) recuerda la situación que existía en la abadía hasta 1466, en que son erigidas algunas parroquias: “En los dichos pueblos no podía auer ni auía yglesia parrochial ni curas, que sólo lo hera la dicha reglar en la qual heran obligados todos los vezinos de los dichos lugares (a) oýr los officios diuinos, reçiuir los sacramentos y sepultar los difuntos, y así hasta oi en día, como está probado y aueriguado, los caminos por donde los vecinos de los dichos lugares traýan a sepultar los dichos difuntos a la dicha yglesia y monesterio se llaman El Camino de los Muertos.” Sólo ante la confirmación, que se reserva a los obispos, se percibe un cierto procedimiento en otro sentido, al tiempo que se nota que sus referencias sinodales resultan seguramente escasas. El abad Arteaga apunta sobre el particular (12) “Y otrosí, aun para exerçer los dichos obispos los actos pontificales que no conçiernen al abbad, como es el sacramento de la confirmaçión, quando ellos o otros obispos titulares lo han exerçido, (lo han hecho) con facultad de los abbades. Todo lo qual consta por muchos actos positibos y prouanças de más de las dichas bullas y escripturas originales que se an traýdo y sacado del archiuo de la dicha yglesia reglar por uirtud de la dicha çédula como está dicho.” En 1357 se origina una dura polémica en torno a la designación que Gonzalo, obispo de Ávila, hace del clérigo para que atienda a la pila y el enterramiento en la aldea de Los Santos, jurisdicción de esta abadía. El abad Juan se opone en un enconado pleito que les enfrenta durante meses por defender los derechos abaciales en cuanto a esta materia. Lo cierto es que la abadía del Burgo, como aquellas otras que durante algún tiempo gozaron de la jurisdicción espiritual sobre sus feligreses, o pretendieron usurparla, reivindican con cierta vehemencia el control sobre los sacramentos, especialmente el del bautismo, que incorpora a Cristo pero también a la comunidad eclesial en la que se realiza el signo. -------------- Notas: 1.PL XXXII, p. 1447-1452. 2.Orationibus instante horis et temporibus constitutis. 3.Psalmis et hymnis cum oratis Deum, hoc versetur in corde quod profertur in voce. 4.In oratorio nemo aliquid agat nisi ad quod est factum, unde et nomen accepit; ut si forte aliqui, etiam praeter horas constitutasm si eis vacat, orare voluerint, non eis sit impedimento, qui ibi aliquid agendum putaverit. 5.Et nolite cantare nisi quod legitis esse cantandum; quod autem non ita scriptum est ut cantetur, non cantetur. 6.Basurko, X.- Goenaga, J. A. La vida litúrgico-sacramental de la Iglesia en su evolución histórica. Borobio García, D. (coord.) La celebración en la Iglesia I. Liturgia y sacramentología fundamental. Salamanca 1995, p. 49- 203. 7.Mitre Fernández, E. La Iglesia en la Edad Media. Madrid 2003, p. 143-153. 8.Nieto Soria, J.M.-Sanz Sancho, I. La época medieval: Iglesia y cultura. Madrid 2001, p. 191-193. 9.Borobio García, D. Reconciliación penitencial. Tratado actual del sacramento de la penitencia. Bilbao 1990, p. 53-56. 10.Aldazábal, J. La eucaristía. Borobio García, D. (coord.) La celebración en la Iglesia II. Sacramentos. Salamanca 1994, p. 279-286. 11.ADA 2042. sit 32/4/1A. 12.ADA 2042. sit. 32/4/1A. ---------------
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