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La vida cotidiana en la abadía de Santa María (II) PDF Imprimir E-mail
2. EL ALTO ALBERCHE Y EL TIEMPO DE DIOS: LAS PRIMERAS REFERENCIAS DEL MONASTERIO

[476, 2011 enero 11] El hombre de la Edad Media vive profundamente inmerso en la naturaleza que le rodea. Esta afirmación, en principio válida para la mayoría, se hace todavía con más evidencia en la historia rural de la Edad Media castellana, en la que se inserta la comunidad monástica de Santa María.

La naturaleza es la primera referencia vital, en su ambivalencia más cruda: en el bosque se recoge la leña para la construcción de las casas y para atizar el hogar; se encuentra la caza, la pesca y los frutos para llenar la despensa y atender a una mesa muchas veces escasa; de los huertos, viñas y linares se obtienen los elementos básicos de la dieta castellana; pero a costa de que sea ella la que establezca sus normas.


Aquel era un mundo descarnado -anota Valdeón (1)- de olores fuertes y de sabores penetrantes, inerme ante los contrastes del frío y del calor, pero a la vez paralizado cuando se extendía el manto de la noche. La dependencia de los humanos ante el medio natural era, por tanto, estrechísima. En los siglos XIV y XV quizá se puso más en evidencia, debido a la frecuencia de las catástrofes. Los incendios, las inundaciones y, sobre todo, las epidemias de mortalidad, son un testimonio elocuente de los azotes que padecieron las gentes de la época. Los seres humanos, en esas condiciones, parecían juguetes en manos de las fuerzas de la naturaleza.

La primera condición, casi inevitable, consiste en llegar a establecer unas condiciones mínimas de habitabilidad. Algunas de las crónicas, más o menos legendarias, sobre la fundación del cenobio del Burgo, se hacían cargo de este hecho. Lo explica, entre otros, el joven profesor del Sacromonte de Granada, Manuel Gómez Moreno (2), a principios del siglo XX sobre las palabras del canónigo Antonio Ventura de la Iglesia: “Cuentan que eran bosques impenetrables y deshabitados los valles que se hunden entre la Paramera de Ávila, así llamada ya en el siglo XIV, y las estribaciones de la sierra de Gredos, cuando vino a establecerse en medio de aquella soledad un convento de canónigos regulares de san Agustín. Derribando monte y roturando terrenos, abrieron al cultivo los rellanos o navas que entre los peñascos y tajos se formaban; acudieron labriegos y pastores, y así se pobló de aldeas aquella tierra, hermosa y fértil dentro de su indomable fragosidad.”

La naturaleza, severa, inexorable, se pone parcialmente al servicio de la comunidad, que elige las riberas de la garganta de Santa María para establecer su casa. Resulta complejo explicar por qué los fundadores evitan las márgenes del río Alberche en esta decisión.

El río habría proporcionado mayores recursos. Su caudal, constante, no hubiera permitido pasar dificultades en años de sequía ni cuando las condiciones del estío se hicieran más duras, precisamente cuando los cultivos de huerta necesitan más agua. En él habrían encontrado asimismo pesca abundante, que remediara una mesa menos poblada.

No se puede descartar nada. Desconocemos si el elemento religioso de búsqueda de la soledad y el aislamiento cobró fuerza en este momento. Pero resulta muy complejo llevarlo a sus últimas consecuencias por el hecho de que estamos ante una comunidad de clérigos regulares llamados a la atención pastoral de poblaciones rurales, y no concebidas como centro escatológico de retiro y oración, como parece insinuar el canónigo Ventura de la Iglesia.

En esta ruta, parece que la tesis que apunta a la posible pervivencia de poblaciones anteriores encuentra aquí refuerzo. Se habría elegido este lugar, alejado del río, que representa el peligro, incluso la presencia de fuerzas más o menos militarizadas del pueblo dominante, porque en él se hallaba establecido cierto contingente poblacional, incluso algún tipo de eremitorio de ascendencia visigoda, si no es que se quisiera, desde allí, ordenar estas mismas vecindades dispersas a lo largo de un valle que encuentra, precisamente aquí, cabe la garganta de Santa María, su centro geográfico, la confluencia de todas las rutas naturales que lo atraviesan; un valle limitado por las altas montañas de Gredos al Oeste y sus estribaciones al Norte y al Sur, y por la vía de comunicación que une Ávila con Toledo, de la que precisamente por ser su límite permanece al margen y en virtud de cuyo aislamiento se garantizan las condiciones más adecuadas para esta misma pervivencia.

Se conserva en el imaginario colectivo un hecho que no debe descartarse como motivo fundacional primero. Precisamente en el espacio que con el tiempo llega a ocupar la abadía de Santa María se ordena lo que los antiguos denominaron un “lugar telúrico” o singularmente marcado por diversas fuerzas consideradas beneficiosas para el hombre y sus haciendas. La aparición de la Virgen María cabe la garganta de la Yedra –de ahí su nombre: la Virgen de la Yedra, hoy venerada en la villa de la Adrada– habría reconformado un lugar imaginativamente cargado de fuerza sobrehumana que mentalmente condicionaría esta fundación.

La memoria de este hecho, conservada a lo largo de los siglos de la dominación musulmana en la Península, no hace sino contribuir a fortalecer la tesis de esta pervivencia habitacional de contingentes residuales pero significativos de poblaciones cristianas más o menos arabizadas. Sobre esta especie de eremitorio visigodo vendría a establecerse una comunidad apostólica de clérigos de san Agustín, que por iniciativa regia institucionalizarían un medio ya henchido de significado.  

Junto al eje espacial en el que se mueve el hombre del Medievo rural castellano, el pueblo en el que habita y su entorno inmediato, que se medía fundamentalmente por la distancia que era capaz de recorrer, a pie, en camino de ida y vuelta, entre la salida y la puesta de sol, el profesor Valdeón habla de una segunda referencia: la coordenada temporal, que recuperamos para concluir este apartado, contexto en el que los canónigos de Burgohondo viven insertos y a un tiempo contribuyen a establecer.

El referente por excelencia para la medida de tiempo, completa el maestro, era el firmamento, y ante todo el astro rey, el sol. Ahora bien, en la Europa medieval se añadió otro elemento, de índole cultural para la medición del tiempo. Nos referimos a las campanas. A la regulación natural de la actividad humana, a tenor de la salida y la puesta del sol, se sumó la contabilidad del tiempo por parte de los eclesiásticos, con vistas a la distribución racional de sus oraciones.

Pero, a su vez, las campanas servían también para que los no eclesiásticos articularan el ritmo de vida. Es lo que J. Le Goff llamó el “tiempo de Dios”, frente al “tiempo de los hombres” del final del Medievo y, sobre todo, de la Modernidad. En el “tiempo de Dios”, las horas canónicas marcaban la secuencia diaria de la comunidad, mientras que el ritmo del año lo regulaba el santoral, como veremos con más detalle en apartados sucesivos.

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Notas:
1. Valdeón Baruque, J. Aspectos de la vida cotidiana… p. 14.
2. Gómez Moreno, M. Catálogo monumental de la provincia de Ávila. Texto. Ávila 1983, p. 321- 322.

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www.santamariadelburgo.com 
 

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