| La vida cotidiana en la abadía de Santa María (I) |
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1. INTRODUCCIÓN[475, 2010 enero 10] ¿Dónde ha dormido esta noche el abad del monasterio de Santa María de Burgohondo?, ¿cómo es su cuarto?, ¿quiénes sus domésticos? ¿Cómo es el camastro de los canónigos del Burgo? A ese hábito monástico que visten, ¿qué sentido le dan? ¿Quién lo guardó al final de la jornada? Y ahora, al empezar el día, ¿quién se encargará de repartirlo? ¿Quién presidirá las primeras oraciones? ¿Quién dirá la misa más temprana cuando los primeros rayos de sol atraviesen aquellas vetustas estribaciones de la Sierra de Guadarrama? Además de las misas y los rezos, ¿en qué se emplearán hoy los clérigos del cenobio burgondeño? ¿Dónde tomarán las decisiones más importantes para la buena marcha y gobierno de la comunidad? ¿Cuáles serán sus resortes inmediatos que definirán su propia existencia en el marco de una vocación compartida? Y junto a eso, ¿cómo concebirán aquella dimensión espiritual, la que les pone en comunicación con una personalidad allende de este mundo y que les hace vivir de otra manera? ¿Cómo traducirán esta religión, su vida consagrada, en el desarrollo de la más genuina actividad pastoral? Y si este fuera aquel día, el último de la presencia intraterrena de las huestes clericales de Burgohondo, ¿cómo afrontarán este postrero lance, definitivo, esta súbita llamada al infinito? ¿A quién acudirán en su llamada? ¿Adónde irán? Más aún, ¿dónde quedarán yaciendo los hombres que se fueron? ¿Habrá un alma piadosa que elevará por ellos una oración al que les quiso hacer sacerdotes de Jesucristo? Cuando preguntamos a la documentación sobre la vida que quieren llevar los clérigos del monasterio de Santa María, en las estribaciones orientales de la sierra de Gredos, como también los de otros monasterios y canónicas de la historia medieval de la Península Ibérica, sus respuestas se nos antojan excesivamente exiguas. Si resultó complejo elaborar el mapa documental que cerrara el círculo de una historia más o menos externa de la comunidad de Santa María, se vuelve un imposible al rastrear los condicionantes internos de sus miembros, aquellos espacios secretos que, sin embargo, tienen la capacidad más decidida para determinar la existencia del hombre por cuyas referencias se anteponen proyectos generales y se interiorizan valores por los que se definen nuevas rutas para el desarrollo y ejecución de la vida de un hombre. Lo más importante se vuelve esquivo a nuestros ojos que, sin embargo, no cejan en su empeño por darlo a la luz, una vez más (1). Sobrevuela en nuestro trabajo una cierta sombra de la duda. La documentación nos obliga a ser prudentes. Los estudios de cada una de las canónicas que hemos conocido, cuando hacen mención sobre el particular, sobre la vida cotidiana de los monasterios -ya que muchas veces no se cita en absoluto- indican que éstas parecen haber adaptado con generosa libertad unas disposiciones canónicas por otro lado parcas en todo lo que se refiere a la vida cotidiana de los clérigos. San Agustín enumera algunos elementos que indican ciertos caminos para la existencia de los que quieren seguir los pasos del Maestro según su modelo regular; pero debemos constatar que el obispo de Hipona no pretende legislar sobre todas sus dimensiones vitales. Probablemente sólo atiende a la ordenación que aquellos espacios personales y comunitarios que considera más importantes y novedosos frente al régimen de la sociedad de la última Antigüedad y primer Medievo. El cumplimiento que se hace de ellos a lo largo de los siglos de la baja Edad Media es ciertamente etéreo. La regla de san Agustín debe ser el punto de partida de esta reflexión, pero forzosamente superada al comprobar la más que generosa libertad con que es aplicada su, muchas veces también imprecisa, propuesta normativa. Haciéndose eco de esta misma dificultad, Enrique Gavilán cita un texto de Fray José de Sigüenza, que recoge en su Historia de la orden de san Jerónimo, editado por primera vez entre 1600 y 1605 (2). En él, hace referencia a la vida de los canónigos del monasterio de Párraces, en Segovia, en atención a la vaguedad más que cierta que representan sus principios y obligaciones canónicas, la relativa flexibilidad con que se aplicaban las disposiciones que regían con largueza en otros monasterios de la época, sobre todo en los benedictinos, cistercienses y jerónimos. Dice así el seguntino: “Tampoco hay memoria de qué forma de vida guardaron los canónigos durante muchos años… La forma y estatutos era la regla de san Agustín y assí se llamauan canónigos seglares (sic) de san Agustín; que aunque muchos dizen, esta forma de religión, que se vio en muchas iglesias de Europa, llamada canónigos reglares de san Agustín, no la inventaron para más estrecha vida, sino para eximirse de la obediencia de los obispos…” Sin embargo, hay algunos indicios que nos animan a tratar de responder a la pregunta por la vida cotidiana de los clérigos de san Agustín, singularmente de aquellos que comparten la comunidad canónica de Santa María del Burgo. Algunas disposiciones de los estatutos de 1549 (3), releídas con la debida prudencia, pueden completar los siempre fragmentarios elementos de un documento legal de donación o compraventa del siglo XIV. Ciertos lugares comunes con la lógica y con la topografía del valle alto del Alberche, algunas reliquias de la baja Edad Media, materializadas en la fábrica del monasterio de Santa María, además de la necesaria abstracción, son los libros en los que podemos leer algo de todo esto, desde los que podemos presentar el panorama de una canónica agustiniana, en un campo ciertamente poco estudiado. José Ángel García de Cortázar y Ramón Teja, al prologar las actas del XVII seminario de historia sobre el monacato (4) constatan que las preocupaciones de carácter antropológico, desde hace unos años, han ido invadiendo los estudios de historia en general y de historia medieval en particular. Cuando lo aplican al mundo monástico medieval, anotan que tales preocupaciones han escogido un doble ámbito de proyección. De un lado, han estimulado la ampliación de algunos viejos caminos de conocimiento de la historia social. De otro lado, han creado un nuevo mirador, un inédito punto de vista sobre el conjunto de la realidad social por la que el historiador se interesa. En la encrucijada de ambos caminos han ido apareciendo, en los últimos años, en el campo de los estudios históricos, tanto nuevos temas como nuevas aproximaciones sobre viejos temas. El seminario se desarrolló, por desgracia, sobre la vida de los monjes que siguen la regla de san Benito, es decir, los benedictinos y los cistercienses. Esto quiere decir que las referencias que nos ofrecen los autores son interesantes, pero solamente subsidiarias a nuestro objeto. Esto indica, asimismo, que sigue vigente la pregunta, que se hace más urgente la necesidad de abordar la materia que da título a este artículo, por el interés que empieza a cobrar el tema en los estudios históricos, por la relevancia que adquiere la respuesta en nuestra comprensión de la realidad. Julio Valdeón (5) en la ponencia que abre el VI curso de cultura medieval, celebrado en Aguilar de Campoo en septiembre de 1994, se había detenido ya en algunas consideraciones sobre la vida cotidiana en Castilla a finales de la Edad Media. En las actas del curso queda recogida una idea similar: La “vida cotidiana”, tradicionalmente pariente pobre de la investigación histórica, se ha convertido, desde hace unos años, en una faceta privilegiada en la misma. Abundan las publicaciones recientes que tratan de aspectos relacionados con la vida cotidiana en diferentes períodos del pasado humano, y en concreto en la Edad Media. La alimentación, la prostitución, la calle, la risa, la noche, etc., son algunas de las cuestiones, entre otras muchas, analizadas por la historiografía medievalista de nuestros días. Lo cotidiano se erige en protagonista de numerosos congresos. Pero, ¿qué se oculta detrás de esta expresión, aparentemente tan sencilla de “vida cotidiana”?, se pregunta el historiador vallisoletano. Ciertamente un sinfín de aspectos, pero sobre todo cuestiones de muy diversa naturaleza, materiales unas, espirituales otras. La vivienda, el vestido o la alimentación, qué duda cabe, son elementos capitales del vivir diario de los seres humanos. Todos ellos tienen que ver, en principio, con el mundo material. Pero incluso en la elección de unos u otros de los elementos citados entra en juego el mundo del espíritu. También se sitúan bajo el aspecto de lo cotidiano cuestiones directamente relacionadas con el territorio de lo actitudinal, como el empleo del tiempo libre, la participación en estos o aquellos espectáculos, la reproducción de las ideas adquiridas o la postura adoptada ante la muerte. Valdeón continúa explicando cómo el historiador que se dedica al estudio de la vida cotidiana tiene que tener en cuenta que trabaja en una encrucijada de caminos, en un territorio en el que se entrecruzan permanentemente lo material y lo espiritual. La postmodernidad también da alcance a la disciplina histórica, la “posthistoria”, caracterizada por la falta de arquetipos a los que el historiador pueda aferrarse. Olvidada la vieja historia narrativa de los estados-naciones y en franco retroceso aquella que partía de la primacía de lo socio-económico, la práctica historiográfica se ha proyectado en los últimos años hacia nuevos centros de interés, entre los cuales lo cotidiano o lo marginal ocupan, sin la menor duda, un puesto destacado. En este punto, damos un paso más y le preguntamos a las fuentes por la materia que nos ocupa. No parece complicado establecer un itinerario si respetamos la lógica de la vida, la fuerza de la misma pregunta que debemos responder: ¿Cómo se desarrolla la existencia de un clérigo regular de la comunidad monástica de Santa María de Burgohondo desde que se acerca por primera vez a la puerta de la abadía hasta su desaparición corporal? ¿Cuáles son sus resortes vitales? ¿Cuáles sus miedos? ¿Cuáles sus esperanzas? -------------- Notas: 1. Puede encontrarse una historia más completa de este monasterio en nuestro trabajo: CALVO GÓMEZ, J. A. El monasterio de Santa María de Burgohondo en la Edad Media, Ávila 2010. 2. Sigüenza, J. Historia de la orden de san Jerónimo II, Madrid 1909, p. 651. 3. Véase nuestro trabajo CALVO GÓMEZ, J. A. “Los estatutos del monasterio de Santa María de Burgohondo de 1549”. Revista Española de Derecho Canónico. 4. García de Cortázar, J. A. (Coord.) Vida y muerte en el monasterio románico. Aguilar de Campoo 2004, p. 7. 5. Valdeón Baruque, J. Aspectos de la vida cotidiana en la Castilla de fines de la Edad Media. García Guinea, M. A. (dir.) Vida cotidiana en la España medieval. Aguilar de Campoo 2004, p. 9-20. --------------- [De acuerdo a la naturaleza de esta página web y a la filosofía de su autor, los materiales de todos los artículos propios (aquí se excluyen los que citamos de otros autores y de otras páginas) se pueden reproducir con libertad, parcial o totalmente, siempre que cumplan tres condiciones fundamentales: 1. Que guarden los fines para los que fueron escritos. 2. Que no se haga uso comercial de ellos. 3. Que se cite su procedencia, en este caso: J. A. Calvo Gómez, "Rasgos de la vida cotidiana de un cabildo medieval de clérigos regulares", Cuadernos Abulenses 37 (2010) 41- 97. www.santamariadelburgo.com] |