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La arquitectura popular en la cuenca del Alberche PDF Imprimir E-mail
Alcanzado diciembre, el inclemente y crudo invierno arremete con toda virulencia. Ahora el espacio profano de la comunidad rural se vuelve intransitable. Apenas resta motivo de actividad. El campo duerme y los ganados quedan en casa durante la noche que deja tras de sí rastros de hielo y nieve, restos de amaneceres escarchados. La lumbre baja del hogar, en torno a la que se dispone la sencilla vida del hombre del Alberche, todavía hoy resulta imprescindible compañera que degrade el hiriente frío del crepúsculo. La casa, el cobijo familiar, la vivienda popular representa en este momento el forzado encuadre, casi infranqueable, que nos da ocasión y motivo para detenernos a contemplar su particular naturaleza.

Seguimos aquí a los investigadores que nos precedieron. Blanca Emma Lobato Cepeda, María José Díez-Ticio, Carlos Fernández Serrano, María Mariné, directora del Museo Provincial, y tantos otros se pararon por un momento a contemplar con asombro las típicas casas de piedra y madera en la cuenca alta del río Alberche. A ellos les debemos algunas de las ideas que siguen. Dicen los entendidos que las características de la arquitectura popular, de la manera de construir el hombre su propia casa y lugares de trabajo, son el resultado del saber tradicional acumulado por la experiencia de generaciones. Este saber consiste en sacar el máximo partido, el más adecuado a los hábitos de vida, a los medios naturales de cada zona. De ahí la auténtica conjunción y mimetismo con el entorno propia de estas construcciones y la perduración de los modelos.

Hablar de la arquitectura popular en la cuenca del Alberche nos obliga a detenernos en la consideración del espacio que ocupa este enclave. Al contrario que la llana y descantada tierra de la Moraña o del Valle Amblés, las rocosas paredes graníticas, que superan con facilidad los dos mil metros de altura, descienden rápidamente entre escarpadas laderas que abren escasas navas habitables sobre las que tímidamente se han ido levantando los diferentes pueblos y barriadas. El Sistema Central se hace dueño de un teatral conjunto orográfico en el que se distribuyen estos compactos núcleos de casas apretadas en torno a su iglesia. El poblamiento disperso carece en este Valle de importancia a reseñar.

En general -lo hemos apuntado arriba- el aspecto resuena aspereza y desnudez; pero los sotos de fresnos, los encinares, robledales y pinares no dejan de asomarse por doquier como tinte que colorea y circunda el espacio provocando un paisaje renovado, sobrecogedor, que embelesa el alma que se sabe asomar sin prejuicios en la contemplación de su hermosura. La agricultura es modesta, resultado de la combinación de un clima extremo y un descortés terrazgo de escaso aporte nutritivo, y fragmentado. Pero la densidad de población dista mucho de ser baja habida cuenta de lo reducido de la superficie habitable.

Resulta sencillo encontrar analogías entre las diversas casas del tipismo del Alberche concentradas en pueblos como Navaluenga, San Juan de la Nava, Burgohondo, Navalosa, Hoyocasero o San Martín del Pimpollar. En todos ellos se presentan características similares, tanto en el uso de la piedra como en la configuración de la vivienda. El blanco granito berroqueño representa, sin duda, el material de construcción por excelencia. La piedra da forma a la casa al tiempo que se deja transformar en su fábrica adoptando nuevas y complicadas estructuras en cada generación. La dureza del material, inalterable por los calores y heladas del Macizo Central, permite su uso y reutilización en sucesivas construcciones sobre el mismo o diferente terreno. Piedras labradas que un día sirvieron como jambas o dinteles de puertas y ventanas, pasan con cierta facilidad a ocupar otras posiciones intermedias que delatan su primitiva ubicación.

La nobleza de la piedra tiene su parangón en la maestría de los canteros locales. Hombres como El Pillo o Enrique Blázquez, naturales de Burgohondo, han dejado muestras de su buen hacer extendidas por numerosas localidades del Alto Alberche. Además de cortar la piedra, estos picapedreros labran la materia prima al tiempo que construyen el hábitat urbano con una tipología noble y austera, bien determinada al tiempo que individualizada.

También la madera, en el fondo del Valle, como en Burgohondo o Navaluenga, representa uno de los elementos constructivos fundamentales. La conexión es clara al establecerse la relación con el Valle del Tiétar y el Barranco de las Cinco Villas, en que la abundancia de castaños y robles hace que se presenten las traviesas de tabla de forma significativa. Los materiales utilizados en la construcción, tanto de la vivienda como de las cuadras y corrales, proceden del entorno inmediato al lugar donde se ubican. Es decir, la arquitectura popular se nos presenta como un producto enraizado totalmente en el ecosistema. Así la mayoría de las casas del tipismo alberchino exhiben un aspecto semejante. Tanto la solución de los aparejos como la organización general de la vivienda se repiten abundantemente.

La presencia de elementos decorativos es escasa. Apenas el tratamiento exterior del muro, combinación de mampuestos y sillares, en esquinas y dinteles, hace las veces de una muchas veces ensayada fachada. Dos vigorosas jambas, de cantería, ordenan la entrada principal, casi siempre la única, sobre las que se montan dos tranqueros a modo de capitel con la misión de elevar la altura del dintel al tiempo que permiten un paso más cómodo al interior.

En torno a la casa se levanta un patio o corralón, que muchas veces se cierra para poder criar en él algunas gallinas y dos o tres cerdos para la matanza. Allí se instala la pila de los marranos en que se acumula para ellos toda clase de detrito orgánico del producto familiar. También a un lado de la puerta se encuentra el poyo en que descansar al llegar del trabajo del campo o en que trasnochar en las cálidas jornadas estivales mientras se cuentan viejas leyendas y relatos transmitidos por generaciones.

Una puerta de madera cierra la casa primordialmente al paso de los animales que amenazan la vida de los niños más pequeños; cochinos y perros básicamente. En ocasiones, se descubre una vieja telera delante de las mismas puertas que permitía tener abierta la puerta para que entrase luz al tiempo que impedía el paso a toda clase de alimañas. Los dinteles, con frecuencia, contribuyen al solado de la planta superior, casi siempre el sobrao.

El resultado final es más el producto de una búsqueda del hermetismo térmico, necesaria adaptación al clima de montaña, que de un deseo puramente estético. La organización general al interior de la casa responde habitualmente a una única planta, escasamente dos, cubierta a dos aguas, en la que se disponen los distintos espacios familiares.

La cocina resulta espacialmente significativa. Sin duda es la habitación más importante de la vivienda y el eje en torno al que se articulan las actividades más propias de la familia campesina y ganadera de las estribaciones de la sierra de Gredos. El largo invierno invita a despabilar la lumbre del hogar con nobles maderas de roble y encina. Algunas casas todavía disponen de horno en esta misma sala, si bien en barrios como Bajondillo o Fuente Buena, en las Umbrías, existía un horno comunitario al que, por riguroso orden, se accedía para la cocción del pan casi siempre de centeno.

Los dormitorios, uno o dos, raramente tres, normalmente presentan para su ventilación escasamente un hueco en la pared que los comunica con una estancia primera contigua a la puerta principal. Las fachadas laterales no suelen presentar ventanas y esta habitación de la entrada, que hace las veces de vasar y despensa, distribuye a un tiempo la luz a la casa sin permitir el paso del frío del exterior. Todas ellas pueden quedar separadas de un amplio pasillo mediante cortinajes más o menos burdos y más modernamente mediante puertas de madera de pino o aliso.

En la parte más oscura de la vivienda, numerosas veces por debajo del nivel de la calle, se instala la bodega. Su empleo en el hogar viene directamente relacionado con la producción vitivinícola de la comarca, que se concentra principalmente al Este: Navatalgordo, Burgohondo y Navaluenga, aunque en menor medida también Navarredondilla y Villanueva de Ávila.

En este espacio, además de conservarse las tinajas a la temperatura conveniente, se localizan todos los elementos para la artesanal producción de los caldos del Alberche; básicamente el pocillo, para recoger la solución del pisado de la uva, y la zaranda, con que cribar la casca que resulta. Mediante destilado, de dicha casca saldrá luego el conocido licor de aguardiente, buen acompañante en las frías mañanas de Gredos. El fondo de la sala se ha impermeabilizado y la entrada se ha elevado hasta quince o veinte centímetros para evitar que se derrame el líquido elemento por el pasillo del hogar, lo que provoca que también la puerta de la bodega se levante considerablemente.

Sobre la vivienda, se ordena el espacio en un “sobrao” o “doblao”. Una tarima de madera, soportada sobre diversos cabrios o cuarterones, hace de solera de esta sala, diáfana, al tiempo que cubre toda la planta principal. A este sobrao se accede mediante una escalera de madera, bajo la cual se pueden almacenar distintos enseres menores para la labranza o el pastoreo.

En el desván, por lo general, se conservan toda clase de productos del campo: legumbres, patatas, nueces,... al tiempo que se almacenan algunos de los materiales de menor uso o ya desechados de la producción: unos cacharros viejos de barro o latón, unas tijeras de esquilar ya inservibles,... Su uso como dormitorio, cuando el piso bajo no podía albergar las dilatadas proles de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado queda también atestiguado por la investigación.

Los pavimentos son de piedra, barro cocido o baldosas. Escasamente quedan restos de suelos de tierra pisada. Las paredes, por el contrario, se construyen de barro o adobe ordenado sobre una estructura de “pie derecho” de madera o “tramón”. En ellas se evitan los huecos a fin de asegurar la máxima consistencia y reducir las corrientes internas de temibles consecuencias para la muchas veces maltrecha salud familiar.

Del conjunto analizado resulta una arquitectura popular esencialmente austera, desnuda, en la que el mobiliario y los enseres domésticos se descubren escasos. En ella se traduce la misma idiosincrasia del campesino castellano: sobrio, casi utilitarista, presto a sobrevivir a una economía cicatera y a una climatología hostil, rival.

Concluimos con Lobato Cepeda al afirmar que la cuenca del río Alberche es una de las zonas de Ávila que mejor conserva su patrimonio arquitectónico. Pueblos y aldeas conservan la configuración de antiguo. En algunos de ellos, como en Burgohondo o Navaluenga, la fechas inscritas en los dinteles de las casas giran en torno al cambio de siglo. Se puede leer incluso el nombre del propietario. Tampoco resultan extrañas portadas primitivas reutilizadas en nuevas construcciones. Habida cuenta del bajo coste del material, muchas fachadas se forjan en piedra. Otras, al menos, ordenan en este material la planta baja, reservando el ladrillo para el resto del inmueble.
 
José Antonio Calvo Gómez
 
 

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