| Judíos en Burgohondo |
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Todavía hoy resulta complicado afirmar algo con seguridad en relación con la presencia de judíos en Burgohondo. Lo cierto es que, hasta ahora, sólo ha podido ser demostrable la presencia de la centenaria ermita de la Santa Vera Cruz o de los Judíos, anotada en los inventarios que realizara en 1846 el político y militar Pascual Madoz, así como la secular tradición en torno al Barrio de los Judíos, hoy de la Esperanza. No se apunta ningún pago procedente de la aljama burgondeña en los repartos que las demás comunidades judías del reino hacen como colaboración a las largas guerras que mantienen los reyes en el siglo XV, especialmente la de Granada, ni hemos sido capaces de localizar el nombre propio de ningún hebreo que dijera ser de este Concejo del Burgo. Lo cierto es que, sin apenas otras referencias que la misma especulación, no parece sin embargo disparatado llegar a la conclusión de que la citada ermita de la Vera Cruz fue, hasta la expulsión de los judíos en 1492, la sinagoga y el lugar de oración de la comunidad hebrea de Burgohondo. La historia de sus moradores está todavía por determinar. Cuando las Cortes de Toledo de 1480 decretan la obligación de que los judíos habiten una serie de calles agrupadas, en lo que se ha dado en llamar la Ley de Juderías Separadas, pudieron haber provocado el surgimiento de una aljama en Burgohondo tal y como la conocemos mejor documentada para los casos de San Martín de Valdeiglesias, Ávila o Las Navas del Marqués. Hasta ese momento, la tolerancia de que disfrutan los seguidores de Moisés hace que los datos sobre sus actividades sean difíciles de especificar. Se sabe que muchos de ellos se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, como los cristianos con los que convivían, y sólo algunos judíos pudientes de la ciudad de Ávila se afirmaban como prestamistas y banqueros. No debe descartarse la posibilidad de que los supuestos judíos de Burgohondo no se vieran obligados a realizar los pagos que tuvieron que hacer otros de este entorno, como los de Mombeltrán o La Adrada, en atención al peculiar señorío monástico de la Abadía de Santa María bajo el que se encontraban, y que fuera a esta Colegiata, y no al rey, donde llegaran las rentas de la aljama burgondeña. Lo cierto es que la presencia de la ermita de la Santa Vera Cruz se ajusta en buena medida con lo que cabría esperar de una vieja sinagoga reconvertida. Cuando en 1492 pasan a manos eclesiásticas, muchas de las sinagogas castellanas adquieren este mismo nombre. A partir de este momento, la Cofradía de la Vera Cruz, que se encarga de acompañar a los familiares y de pedir por el alma del cofrade difunto, empieza a celebrar en ella los Cabildos de la Hermandad, hasta que en 1928 el ayuntamiento decidiera inventariar como propio este inmueble en atención a que se guardaba en él el carro de los muertos que hoy se custodia bajo un tejadillo en el nuevo cementerio. Las trazas de la vieja construcción del barrio de la Esperanza también nos hablan de reminiscencias hebreas y del culto sinagogal en conexión con otros edificios judíos de Toledo, Segovia y, sobre todo, de Córboda, cuya sinagoga recuerda, incluso en las medidas, la del Concejo del Burgo. Allí la orientación es diversa, pero el cuadrilátero de 6,37 x 5,96 metros ciertamente dista poco de los 5,24 x 4,45 metros de la sinagoga burgondeña. Con toda probabilidad, la puerta que hoy aparece tapiada en Burgohondo, hacia el Poniente, sería la primitiva entrada al recinto sagrado y el que luego sirviera como altar de la renombrada ermita cristiana haría las veces de arca o de tabernáculo en que colocar los rollos de la Torah o Ley de Moisés, centro de la liturgia y del culto sinagogal hebreo. La ausencia de atrio y de otros edificios anexos, como la casa del Midrás, o del estudio de la Ley, nada indica sino la más que probable humildad de la judería del valle del Alberche, como decimos, compuesta por agricultores y ganaderos. La expulsión de 1492 supone para Castilla la descomposición de una de las mayores comunidades hebreas del mundo. No es fácil redactar una valoración en unas pocas líneas, sólo podemos anotar que muchos hombres y mujeres, fieles a la religión que recibieron de sus padres, optaron por el destierro. Frente a ellos, otros prefirieron convertirse a una religión extraña pero que les permitía mantener sus casas y haciendas a cambio de renunciar a la tradición de sus mayores que habían llegado a las costas de Hispania tras la caída de Jerusalén el año 70 de nuestra era. La sinagoga de Burgohondo, en manos de la poderosa Abadía, pasa a convertirse, lo hemos dicho ya, en ermita de la Vera Cruz, si bien conserva este epíteto, “de los Judíos”, hasta el día de hoy. Los bienes que los hebreos no pudieron malvender a toda prisa tras el Edicto o llevarse consigo a sus patrias de acogida, se repartieron entre los ávidos cristianos que vieron cómo muchas de sus deudas quedaban saldadas por merced del rey y cómo sus posesiones se agrandaban mientras que muchos judíos, marcados por el dolor de la partida, llevaban consigo las llaves de sus casas en un gesto simbólico de apropiación que llega hasta nuestros días entre los sefardíes del Líbano o de Turquía. Los pétreos muros de la ermita de la Vera Cruz fueron redecorados según los patrones barrocos. En un primer momento, a finales del siglo XVI o principios del XVII, las pinturas murales reflejaban elementos arquitectónicos sin mayores composiciones figurativas salvo algunos símbolos de la Pasión de Jesucristo, continuación de la fábrica de los techos realizados en madera toscamente labrada y en las jambas de la puerta del Oeste. A finales del siglo XVII o principios del XVIII, se recompone el espacio y se elaboran los frescos que, deteriorados, podemos contemplar en la actualidad, pero manteniendo los elementos anteriores bajo la nueva pintura. Escenas de la Pasión, de la oración en el Huerto de los Olivos y del prendimiento, de Cristo atado a la columna o de la Verónica, se vislumbran en su descomposición junto a los santos evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que ocupan lo que un día fue el tabernáculo de la Ley de la comunidad hebrea de Burgohondo. José Antonio Calvo Gómez
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