Espacio mágico: el culto a las aguas Imprimir
El agua va por el río
y yo voy por la ribera;
el agua va por moler
y yo por la molinera.
 
Viejos trovadores, antiguos juglares, añejos poetas removieron una vez más la abandonada evocación de rancias consejas en torno a la mágica presencia del agua en el Alberche.

El Alberche es mágico, el discurrir del agua, siempre novedosa, transforma y reverdece cuantos rincones fecunda con su sola presencia, con su solo fluir eternizado. El agua se torna fuente de vida que inunda de espacios el Valle que lleva su nombre, del veterano Valle del Alto Alberche.

Por el solo movimiento, por el poder de su empresa, el río se torna mágico y transporta su magia allá donde llegan y allá de donde vienen sus aguas cristalinas, allá de donde mana el flujo que le fortalece como sangre de la tierra que le vio nacer que de fuente viene a ser garganta; y de garganta, arroyo; y de arroyo se enajena en la comprensión de ser finalmente río, nuevamente río, y río transformador, río Alberche que embelesa en la magia de su frondosa fragosidad.

Muchos pueblos, modernos y primitivos, han sabido contemplar la mágica presencia del agua en torno a los espacios en que se juega su vida. El agua, por sí misma, suscita viejos sentimientos de admiración y reverencia ante lo incomprensible de su discurrir perseverante. Pronto brota la leyenda, la vieja historia transmitida de padres a hijos, la función generativa de sugerentes narraciones en torno a la colectividad, que termina contándose, casi entre susurros, al calor de un buen hogar atizado de buena encina, en las cocinas bajas de nuestra Castilla pétrea, de nuestro Alberche mágico.
 
Hay muchos que ya lo estudiaron en los años pasados. Así lo hizo Ramón Grande, quien introdujo hace más de cinco lustros toda suerte de significados en torno a los grandes ríos de la vieja Europa. Un río -recoge- podía provocar la amnesia en la mente del hombre, como ocurría en el río Lethes en el Orense romano; o podía sugerir ideas de inmortalidad, como ente procreador. Se narra en este sentido la leyenda del jefe Vidomaros, galo vencido y muerto por el cónsul Marco Claudio Marcelo en el 222 a. C., que se decía encarnación del Rin, considerado antepasado suyo.
 
Todo es energía, todo movimiento en el discurrir perenne del mágico Alberche. Ese mismo movimiento, ese mismo continuo discurrir, es precisamente el que suscita en los lugareños la admiración por lo bello, el temor a su arrebato materializado en crecidas y desbordamientos, la dicha por su inestimable contribución a la vida del Valle. Ese mismo movimiento es el que se transmite, benefactor, a las múltiples empresas de sus márgenes.
 
Inmerso en el Concejo cercano a Hoyocasero, hasta bien pasada Navaluenga, son muchos los kilómetros de río los que atraviesan el Valle, como cigüeñal transformador y prolífico centinela en diversas modalidades. El Valle toma nombre del río, o el río del Valle, en unidad imperativamente inacabada. El río toma forma en el Valle, serpenteante, al tiempo que lo forma y lo transforma en un continuo acariciar, en un eterno encuentro impenitente.
 
A lo largo de su curso, como viéramos también en el Adaja pasado Ávila o en el Tormes en torno al Barco y hasta entrar en Salamanca, se despliega un rosario de molinos harineros que arrancaran del agua el torrente de fuerza para mover las arcaicas maquinarias, primitiva industria concejil que el tiempo implacable y el desuso obligado se encargaron de truncar.
 
También la magia se traduce en generación de vida, que transporta su favor a través de las regueras, fecundando los angostos prados para los fatuos ganados avileños y los melocotonares en que rescatar el preciado manjar, dulcísimo, que tanto renombre trajo al mercado de estas laderas de las estribaciones de Gredos.
 
Pero no se cuentan solamente beneficios en las antiguas leyendas fluviales. Hubo también ríos maléficos, como el norteño Humen del vecino Portugal. A su paso -se dice- el adverso torrente va devorando personas y animales en una lucha tenaz contra las fuerzas del bien. Nada comparable con el alocuo Miño que discurre en silencio por mandato de la Virgen, al tiempo que despliega bondades donde llegan sus aguas. La creencia se enlaza con el poder de los ríos cuyo comportamiento con respecto a los hombres se corresponde en cierta medida con la actitud adoptada por éstos hacia sus propias riberas.
 
La memoria del tiempo se detiene luego en cada fuente, en cada poza, en cada aquietado charco de los veneros serranos. Si el Alberche es todo movimiento, todo aceleración, el agua encuentra también su paz en los remansados contornos de las fuentes.
 
La fuente contiene consideraciones vitalistas de renovación, centro energético de inagotabilidad: Fuente Seca, Fuente Buena, El Ejido, Navas Mojadas y La Laguna en Burgohondo; El Fontarrón, El Cerro de la Laguna y El Lagunazo en Hoyocasero; el Fuentarrón y Los Caños en Navarredondilla; Fuentespino, Venero Claro y El Chorrerón en Navaluenga; El Prado de la Suerte en Navaquesera,... La dinámica de las fuerzas elementales que sostienen el universo se haya contenida implícitamente en la fuente.
 
En la Península Ibérica, continúa Grande Brío, han persistido hasta nuestros días diversas formas de expresión del culto referido a las fuentes. Se conservan multitud de aras votivas que señalan la existencia de númenes a quienes se ponía en relación con aquellas. En muchos casos, la cristianización de los veneros permitió mantener la memoria del culto primitivo. Así sucede en pueblos como Endrina de la Sierra, en la provincia de Salamanca, en torno al culto de San Juan Bautista, entre otros.
 
En Burgohondo se guarda relación de este hecho en las abluciones “rituales” a que se somete a los viandantes el día de la fiesta de San Juan en la fuente de los Jardines de Arriba. Ya Caro Baroja advierte de la posible sustitución y unificación en torno a este querido santo de la hagiografía cristiana de los diferentes númenes acuáticos de las antiguas creencias indoeuropeas.
 
Análogo sentido tiene la presencia de ermitas dedicadas a la Virgen, la cual suele aparecerse bajo el nombre de la Fuente Santa, como ocurre en el término de Medinilla (Ávila) y en Navarredonda de Salvatierra (Salamanca), o de las Fuentes, como en San Juan del Olmo en la caída Norte de la Sierra de Ávila. Resulta interesante comprobar cómo en algunos de estos casos existen castros o edificaciones primitivas en sus inmediaciones que nos remiten, sin duda, a momentos en que ya debió de existir algún tipo de práctica cultual.
 
Una última relación, entre el fervor y la necesidad, establece el hombre con las aguas benéficas y vivificantes: la impetración de lluvia que se formaliza en rogativas especialmente a los santos o al mismo Señor. Todavía hoy son muchos los pueblos, también en nuestro Valle, que acuden a las fuerzas sobrenaturales a fin de obtener la lluvia cuando el cielo se niega a proveer su preciada mercancía. Tal es el caso de la desaparecida imagen del Cristo de la Luz en Burgohondo o de la Virgen de las Longueras en Navalacruz.
 
Hay quien ha visto en ello la permanencia de una metafísica del rito determinada por la existencia de una categoría de totalidad superior a toda fórmula de expresión concreta. Pero también hay quien considera este fenómeno como parte del capítulo de supersticiones paganas propias de mentalidades arcaicas que se han colado de refilón en la cultura cristiana más genuina.
 
En medio de esta dinámica de fuerzas no se nos escapa el principio: la magia del Alberche. No se nos olvida el comienzo porque éste es el marco y el eje que guía este trabajo: las dinámicas aguas revitalizantes que despliegan su hacer en este rocoso Valle que vierte hacia el Este, impertinentemente contradictorio al resto de la Meseta. Sus aguas son la clave, las del mágico Alberche. Esas aguas que arriban confundidas con las toledanas riberas del viejo Tajo allá por Talavera, 177 kilómetros después que una fuente, Fuente Alberche, una pequeña fuente en un prado de San Martín de la Vega, a 1800 metros sobre el nivel del mar, viera nacer la primera gota de este caudal inmenso que congrega nuestra explicación. 

El Alberche es mágico. El devenir constante de las cristinas aguas establece su misterio en este Valle serrano. El mundo, este limitado mundo de pétreas paredes más allá de las cuales nada sabemos, viene todo él determinado por el Alberche, por el mágico Alberche.

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www.santamariadelburgo.com]
 

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