| El origen de los clérigos regulares de san Agustín (último) |
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7. CONCLUSIÓN[Nota: Esta es la última entrega, de momento, sobre el tema. Está en prensa el segundo artículo: “Los clérigos regulares de san Agustín. Un intento de conceptualización”, que saldrá a la luz, D.m., en Religión y Cultura 248.]
En definitiva, la complejidad de la vida de san Agustín se traduce también en la evolución que experimenta su particular concepción del monacato. El desarrollo vital del luego obispo de Hipona le lleva a renovar, a la luz de sus descubrimientos personales, la propuesta que elabora para la comunidad de fieles compañeros, algunos de los cuales le han seguido desde sus primeras experiencias de “ocio filosófico” en las afueras de la ciudad de Milán. Desde el primer momento, Agustín sienta las bases para una vida en común: comunidad de bienes, cultivo de la amistad y encomienda de la administración a dos magistrados. De este modo, el monacato se beneficia de algunos de los mejores elementos de la ética clásica. Pero no queda ahí su crecimiento. Las conversaciones con Simpliciano le hacen incorporar a su proyecto un cierto ascetismo personal y comunitario, que pasa por una inicial renuncia a las riquezas, al matrimonio e, incluso, a la propia voluntad, en una formulación primigenia de los votos de pobreza, castidad y obediencia. Pero ciertamente, Agustín se refiere a un ascetismo muy ajeno a los postulados de algunos de sus contemporáneos, como las soluciones que desde el maniqueísmo había dado en Roma su antiguo compañero y amigo Constancio, entre otros. Ponticiano le abre al conocimiento del monacato católico y a las experiencias de Italia y del Norte de África; y el retiro de Casiciaco, a una nueva y definitiva valoración de su labor: la utilidad de la Iglesia. Su paso por el bautismo hace que cobre más fuerza en él su condición de “milicia cristiana”, también en el campo intelectual, donde su presencia en las controversias con otras concepciones cristianas, diversas de la fe católica, se convierte en insustituible. Su llegada a Tagaste contribuye al fortalecimiento de algunas de las intuiciones que ha venido descubriendo el maestro y la puesta en marcha de un nuevo monasterio, todavía de composición laical, en correspondencia parcial con las experiencias milanesas y romanas. Al poco, con su ordenación sacerdotal y luego episcopal, incorporará en su haber el último de los grandes elementos que constituyen a darle al monacato agustiniano su particular condición: la vita apostolica. No inaugura la condición de monje-sacerdote; pero, como decimos arriba con palabras semejantes, refunde de tal manera las propuestas anteriores de vida común con la búsqueda de la utilidad de la Iglesia; el camino de la interioridad, el estudio de la sagrada Escritura y la voluntad de la santidad personal y comunitaria, con el afán apostólico y misionero, que representa el soporte definitivo para la extensión de la reforma al tiempo que ensaya una nueva concepción del monacato cuya extensión en el tiempo y en el espacio no tiene parangón con ninguna otra realidad monástica o clerical anterior tras la desaparición del colegio apostólico. Su muerte ocurrió el 28 de agosto del año 430, cuando la ciudad de Hipona llevaba tres meses ocupada por los Vándalos. En ella se habían refugiado el conde Bonifacio, Posidio, luego santo, y muchos de los obispos de los alrededores. Su caída, once meses después, marca la hora de la desaparición del cristianismo en todo el Norte de África y de las florecientes comunidades de canónigos regulares que se habían ido constituyendo a medida que los diversos discípulos de Agustín iban accediendo a las diferentes sedes episcopales. Pero la experiencia africana no se rompe y mucho menos se desvirtúa con el paso del tiempo y la aparente discontinuidad de su materialización en monasterios y diferentes comunidades de clérigos. Agustín descubre caminos nuevos para afrontar la reforma de la Iglesia y, si es preciso, los crea. No se conforma con aceptar la herencia de los antiguos al tiempo que refiere toda su propuesta a la recuperación de la comunidad de los Hechos de los Apóstoles. Lucha por la libertad de su proyecto al tiempo que aclara con sus textos cuantas tormentas se precipitan sobre el suelo de la comunidad. Agustín se convierte de esta manera en la referencia para numerosas comunidades que, después de su muerte, experimentan un impulso similar en el seno la Iglesia. [Cita: Calvo Gómez, J. A. "El origen de los clérigos regulares de san Agustín: un monasterio en Hipona, hacia el año 391". En Religión y Cultura 247 (octubre-diciembre 2008), 971- 1006.] |
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