| El origen de los clérigos de san Agustín (IV) |
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5. El proyecto monástico del obispo de HiponaSan Agustín (354-430) no resulta absolutamente novedoso en la propuesta de vida común del clero que elabora para su diócesis de Hipona. En Occidente, se cuentan como antecedentes las experiencias de san Ambrosio (340-397) en su monasterio de Milán, de san Eusebio de Vercelli (†371) y de san Martín de Tours (316-397), que desempeña con notable eficiencia su condición episcopal sin abandonar el género de vida y virtud de monje. Oriente se había beneficiado del magisterio de los obispos santos Basilio (329-379), Gregorio de Nisa (ca. 331- ca. 394) y Juan Crisóstomo (ca. 344-407). Pueden consultarse estos extremos en cualquier manual de patrología al uso.
El propio Ambrosio de Milán, uno de los que más influye en la conversión de san Agustín, se refiere al ministerio de san Eusebio de Vercelli al tiempo que nos informa sobre la unión de vida y la colaboración apostólica que se da entre el obispo y el monasterio de la ciudad:
“Eusebio, de santa memoria, fue el primero que en el Occidente reunió ambas cosas diferentes entre sí. Colocó el monasterio en la ciudad para que retuviese los institutos de los monjes y rigiese la Iglesia con la misma austeridad del ayuno. La gracia del sacerdote (obispo) recibe una ayuda, si sujeta la juventud al cuidado de la abstinencia y la norma de la integridad, si a los que viven en la ciudad obliga con el ejemplo a usar bien de la ciudad. Sus predecesores fueron Elías, Eliseo, Juan e Isabel.” Sin embargo, el monacato agustiniano refunde de tal manera las propuestas anteriores de vida común con la búsqueda de la utilidad de la Iglesia: el camino de la interioridad, el estudio de la sagrada Escritura y la voluntad de la santidad personal y comunitaria, con el afán apostólico y misionero, que representa el soporte definitivo para la extensión de la reforma al tiempo que ensaya una nueva concepción del monacato cuya extensión en el tiempo y en el espacio no tiene parangón con ninguna otra realidad monástica o clerical anterior tras la desaparición del colegio apostólico.
Los trabajos de Lope Cilleruelo y César Vaca han explicado con acierto el origen del monacato agustiniano en Occidente, al tiempo que se detienen en ofrecer ciertos detalles sobre la diferencia entre los monasterios de clérigos y los de consagrados sin ordenación sacerdotal y, por tanto, sin actividad pastoral. El grave problema que se le presentaba al obispo Agustín era el de aplicar su propia doctrina, sobre la pobreza y la vida común, al clero de su diócesis de Hipona, que había vivido un ministerio ciertamente diverso del suyo bajo el episcopado de sus más inmediatos predecesores en la sede norteafricana.
Cilleruelo trae a colación el sermón 355 en que predica al pueblo de Hipona, con fecha del 18 de diciembre del año 425, sobre el género de vida de sus presbíteros y las doctrinas sobre el hecho el servir a dos señores y de tener el corazón dividido, elementos centrales de su pretendida reforma de la Iglesia. Con esta ocasión, Agustín deja escritas algunas de las palabras que mejor definen su particular propuesta, un proyecto que busca ser imitado en sus elementos más relevantes, según el modelo del apóstol san Pablo, en el que los monjes- sacerdotes viven con el pueblo de Dios y por él se consagran, para siempre, para que crezca la Iglesia y su proyecto de evangelización:
“Ayer quería yo y os pedía que vinieseis hoy en el mayor número posible, por un motivo que os voy a explicar. Con vosotros vivimos aquí y por vosotros vivimos: nuestra intención y nuestro propósito es que vivamos siempre sin fin con vosotros en Cristo. Me parece que nuestro género de vida está ante vuestros ojos, de manera que quizá se nos pueda permitir que repitamos unas palabras del Apóstol, aunque seamos muy inferiores a él: sed imitadores míos como yo soy de Cristo (1Cor 4,16).”
Un poco más adelante continúa su exposición en relación con el problema de la correcta interpretación del bien vivir, con la conciencia, que va destinada al propio bien del artífice, y con la fama, que entra en diálogo con el bien que por su medio se puede realizar al prójimo que lo contempla y sigue:
“Por eso no quiero que nadie halle ocasión de mal vivir, pensando en nosotros... porque hacemos el bien, como dijo el mismo Apóstol, no sólo delante de Dios, sino delante de los hombres (2 Cor 8, 21). Nosotros tenemos ya bastante con nuestra propia conciencia. Pero, por vuestro bien, nuestra fama debe resplandecer y no recibir mancha alguna ante vosotros. Retened lo que os he dicho y distinguid bien. Dos cosas muy diferentes son la conciencia y la fama. La conciencia tuya es para tu propio bien; tu fama es para bien del prójimo. Quien se confía en su propia conciencia y descuida su fama es cruel con el prójimo.”
En última instancia, parece que el Africano pretende elaborar un cierto proyecto de vida comunitaria no sólo como búsqueda personal de la propia salvación, sino, ante todo, como referencia soteriológica para la Iglesia de Hipona, a la que ha sido enviado, y en general para toda la Iglesia católica, de acuerdo al modelo que aparece reflejado en el libro de los Hechos de los Apóstoles:
“No os voy a retener demasiado, pues yo hablo sentado, mientras vosotros escucháis de pie. Todos o casi todos sabéis que vivimos en esta casa que se llama casa episcopal, de tal modo que imitamos en lo posible a aquellos santos de quienes hablan los Hechos de los Apóstoles: nadie tenía nada propio, sino que todo era común (Hch 4, 32). Quiero que conozcáis bien nuestro género de vida.”
La explicación parece complicarse al tratar de proponer un monasterio clerical. Resulta obscura la intención que Agustín manifiesta al pueblo de obligar a sus clérigos diocesanos a que acepten unos consejos evangélicos en consonancia con los que recibió, sin pretensión de ser inexcusables, el joven que se acercó a Jesús en la escena de Mateo 19, 16-22. Aquella aparente libertad con la que obra el joven rico, que se va triste y apesadumbrado por no haber aceptado la salvación, se convierte en su propio carcelero, porque no ha aceptado el destino de gloria que le estaba reservado.
Sobre el problema de la propiedad y el anhelo de la pobreza, sobre sus primeros pasos en el monasterio del huerto de Hipona y la propuesta –ciertamente muy cercana a la obligación– que hacía a los que querían compartir con él su vida en el monasterio, continúa el mismo sermón 355, de tan marcadas resonancias evangélicas. San Agustín recuerda que él vino a Hipona sin nada y comenzó aquí una forma de vida que debían aceptar los que quisiesen vivir con él:
“Nada traje. Vine a esta Iglesia con la sola ropa que llevaba puesta y, como había proyectado vivir en un monasterio con los hermanos, al conocer mi deseo y mi propósito, el anciano Valerio, de feliz recuerdo, me dio el huerto donde se halla ahora el monasterio. Comencé a reunir a los hermanos con el mismo buen propósito, pobres, sin nada, de que me imitasen. Como yo había vendido mi escaso patrimonio, y dado a los pobres su valor, así debían hacerlo quienes quisiesen vivir conmigo…”
En el mismo sentido y con términos semejantes se expresa pocos días después, en la fecha de la Epifanía del año 426. Nos ha llegado recogido en el marco del sermón 356: “Muchos conocéis, por haberlo leído en la sagrada Escritura, cómo queremos vivir, y cómo vivimos ya, por la misericordia de Dios.”
La cuestión de fondo es si san Agustín fue un loco que obligó injustamente al clero de Hipona a renunciar a una propiedad legítima. Lo aclara el obispo al afirmar que la renuncia es propter regnum caelorum. Sabe que su interpretación no es corriente, incluso es consciente de que hallará oposición, para la que encuentra defensa en sus palabras:
“Pero quizás algunos de esos clérigos tienen propiedades. Yo afirmo que eso no es lícito. Si las tienen, hacen algo que es ilícito. Yo tengo de mis hermanos una excelente opinión: me he fiado de ella y he disimulado, negándome a abrir una información jurídica. Porque conocía y conozco a los que viven conmigo, y sé que todos están al corriente de nuestro compromiso y de las leyes de nuestro vivir.”
Para ilustrar sus argumentos, Agustín se refiere más adelante a un caso concreto, que desautoriza la actuación de uno de los sacerdotes que formaban parte del monasterio de la casa episcopal de Hipona. Jenaro, que había dado casi todo lo que poseía, se había reservado cierta cantidad para su hija, menor de edad, cantidad que ofreció en testamento, cuando, en realidad, había prometido no tener nada que le perteneciera, nada que pudiera ofrecer a nadie:
“Entró también con nosotros el presbítero Jenaro. Lo que poseía… lo dio casi todo, pero no absolutamente todo. Le quedó una cierta cantidad de dinero que afirmaba ser de su hija. Ella, por misericordia de Dios, vive en el monasterio de mujeres, y es una mujer de buena esperanza… Como era menor de edad, no podía disponer de su dinero… Se guardó el dinero como si fuese para la muchacha, a fin de que, cuando llegase a la edad legal, hiciese con él lo que conviniera a una virgen de Cristo, capacitada ya plenamente para hacerlo. A la espera de tal momento, se sintió cercano a la muerte, e hizo testamento como si fuese dinero de su propiedad y no de su hija. Repito: hizo testamento un presbítero compañero nuestro, que permanecía con nosotros, se alimentaba de la Iglesia y había profesado la vida común. Hizo testamento e instituyó un heredero. ¡Qué dolor para nuestra sociedad! ¡Oh fruto no nacido del árbol que plantó el Señor!”
Continúa explicando que, aunque el presbítero Jenaro dejó a la Iglesia por heredera, él, como obispo de la ciudad, no aceptó esa herencia por el gran dolor que le causó la situación. Este gesto de Jenaro provocó un gran conflicto con sus hijos, lo que hace que Agustín vuelva replantearse el problema de la pobreza del clero como necesidad, también por la extrema pobreza de los que se acercan a él: “No nos está permitido tener dinero en depósito. No es propio del obispo guardar el oro y alejar de sí la mano del mendigo. Son tantos los que a diario piden, gimen; tantos los pobres que me interpelan, que a muchos tengo que dejarlos en la tristeza, porque no tengo para dar a todos.”
Hasta tal punto se concentra Agustín en la reforma de la Iglesia, se siente motivado a regularizar las costumbres y formas de vida del clero y el pueblo de Hipona, que había decidido no ordenar a ningún presbítero que no fuese antes monje, es decir, que no hubiera profesado antes los consejos evangélicos, que no renunciase a la propiedad privada, que no fuese célibe y decididamente llamado a la castidad, que no entendiese como necesaria la obediencia a las disposiciones y dictados del obispo. El monasterio se había convertido en un seminario, plantel ordinario de la diócesis, aunque hubiera muchos monasterios y la mayor parte de los monjes no fueran ordenados nunca o llegaran a serlo para otras diócesis.
No obstante, un poco más adelante, el obispo anuncia un cierto cambio, ante la comprensión de que tanta exigencia podía hacer surgir en torno a él algunos hipócritas. El tono de sus palabras transmite ciertamente la desazón del prelado y las dificultades que encuentra su proyecto, aunque nada apunta a la pérdida de aquella determinación primera, que mantendrá hasta el final:
“Pero ahora, en presencia de Dios y vuestra, cambio de parecer. Si alguno quiere retener su propiedad, y no le bastan Dios y la Iglesia, quédese donde quiera y donde pueda: yo no le quito la clericatura. ¡No quiero tener hipócritas! Es malo, todo el mundo lo sabe, es muy malo, quebrantar el compromiso; pero es peor simular ese compromiso. Repito, pues, atended: quien abandona la compañía de la vida común, que es alabada en los Hechos de los Apóstoles, quebranta su voto, quebranta su profesión. Atienda al juez, pero a Dios, no a mí. Yo no le quito la clericatura. Ya he expuesto a sus ojos el riesgo que corre. Haga lo que quiera... Sé cómo aman los hombres la clericatura: no se la negaré al que se niegue a vivir en común conmigo. Pero quien quiera quedarse conmigo, tendrá a Dios. Si está pronto a dejarse alimentar por Dios, por medio de la Iglesia, a no tener nada propio, repartiéndolo a los pobres, o amasándolo en común, quédese conmigo. Quien no quiera, pues libre es: pero mire si podrá conseguir la eternidad de la felicidad.” El Africano encuentra la confirmación más importante de sus disposiciones pastorales en las de algunos obispos-monjes de las diócesis vecinas, viejos compañeros de batallas antiguas. Sabe que no puede imponer su opinión al clero de Hipona, y reconoce que no faltan apoyos para la comprensión de un presbiterado de orden más tradicional. Pero no renuncia, por ello, a su intención de proponer, a aquellos que así lo quieran, un modelo nuevo de servicio apostólico, una nueva comprensión del ministerio sacerdotal. |
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