| El origen de los clérigos de san Agustín (III) |
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4. En tierras africanasTras su llegada a Cartago, en otoño del año 388, camino de Tagaste, Agustín y Alipio se hospedan en casa del cristiano Inocencio, con quien conversan durante horas sobre la reforma de la Iglesia. Les acompaña durante esos días Aurelio, quien fuera luego arzobispo de la propia sede de Cartago y con quien intercambian algunas impresiones sobre los vicios que se observan entre los cristianos, y muy particularmente entre el clero. La “utilidad de la Iglesia”, a cuya causa quería Agustín dedicar su pequeña milicia, tenía por delante una gran empresa.
Junto al enemigo maniqueo, se unen ahora las tesis del donatismo en su variante más nacionalista, que complica la situación de la Iglesia marcada, entre otras cosas, por la falta de vocaciones sacerdotales y la desorientación de los fieles católicos. El cisma donatista tiene su origen en la última gran persecución, la que arremete contra los cristianos de mano del emperador Diocleciano, hacia el año 303.
Se trata de una reacción integrista, análoga al cisma meleciano de Egipto, y en continuidad con las tesis montanistas, que rechazó como apóstatas a quienes cumplieron la orden de entregar a la policía romana los libros sagrados y los objetos de culto. Desde la visión eclesial, los donatistas no pretenden la reforma de la Iglesia, ni la reintegración de los pecadores, sino la acusación y la condena de los cristianos desde el argumento moral, calificándoles a menudo de impuros y de traidores. Con este trasfondo filosófico y eclesial, Agustín funda en Tagaste un particular monasterio, habitado por una comunidad de monjes ciertamente singular. Capanaga, siguiendo a Monceaux, habla de la vida monástica de Tagaste, inspirada en los monasterios de Milán y Roma y en el monacato egipcio. Junto a estos ejemplos cercanos, late la primitiva comunidad de Jerusalén y el viejo ideal ascético de san Agustín, que ahora se recrea desde la nueva dimensión del monacato católico: “En Tagaste, uno de los primeros cuidados fue organizar la vida monástica. La visita de los monasterios de Milán y de Roma, y el conocimiento del monacato antiguo, le sirvieron de orientación y guía. Su ideal monástico… comprendía tres elementos: un elemento ideal, o el recuerdo de la comunidad primitiva de Jerusalén, tal como la describen los Hechos de los Apóstoles; un elemento real, el recuerdo de los monasterios visitados en Italia; un elemento personal, su antiguo ideal del ascetismo y de la vida común, asociada al retiro y al estudio en compañía de otros amantes de la sabiduría. De la combinación de los tres elementos nació el programa ascético de san Agustín.”
Esta comunidad, no obstante, se diferencia por diversas razones de la vida monástica que el Africano ha conocido en Italia y en la literatura de diversos autores espirituales. Se trata de una comunidad apostólica, no separada del mundo ni de la Iglesia, sino al servicio y utilidad de la misma Iglesia. Se configura como una milicia espiritual activa, de acuerdo a este mismo principio. De hecho, lejos de renunciar a la ciencia, trata de servir a la Iglesia, conjugando la fe con la razón, y desarrollando ambas para practicar el apostolado que Agustín estima entonces ser el más oportuno y necesario, el apostolado de la inteligencia, de la propaganda, de la acción y discusión intelectuales, de la pluma, de la controversia pública, de todo lo que pueda contribuir a la conversión del hereje o a la derrota de sus argumentos. Además, es una organización de caridad. Esto significa que está al servicio de los laicos, mientras estos se encargan de ofrecer a los monjes la ayuda material, para que no corran el riesgo de descuidar el trabajo manual por atender al trabajo intelectual y espiritual.
El autor que seguimos para la redacción de estas líneas termina señalando: “Agustín no sabe aún hasta dónde puede llegar la conexión o unión entre el monasterio y la jerarquía eclesiástica, si bien el monasterio aspira a una reforma, y en ese sentido favorece todos los intentos de reforma de la jerarquía.”
El biógrafo y obispo santo, Posidio de Calama, quien le dedicara su obra poco después de su muerte, narra la situación inicial que vive Agustín en Tagaste. Reconoce las dificultades para explicar que el Africano se dedicara a estudiar estrictamente problemas filosóficos y que para ello viviera en una casa con los que se comprometían a servir a Dios a fuerza de ayunos, oraciones, buenas obras de apostolado y meditaciones de la ley del Señor, escribiendo para los presentes y los ausentes lo que Dios le iba revelando. Sería un modelo ciertamente extraño de dedicarse a los problemas filosóficos. Pero no es más creíble que se convirtió en monje cuando, precisamente, y a juicio del mismo autor, dejó de serlo.
Debemos dar un paso más y analizar la experiencia de Tagaste a la luz de lo que al poco iba a acontecer en Hipona, con su visita del año 391. Según los estudiosos, y de acuerdo a lo que venimos anotando, no es lógico pensar que Agustín fuera a Hipona a reclutar candidatos para un monasterio que pensara fundar en aquella ciudad. Agustín iba a las ciudades con discreción, sin llamar la atención, especialmente entre los miembros de la Iglesia. Sabía de la necesidad de obispos para algunas ciudades y tomaba muchas precauciones para pasar desapercibido y no ser propuesto para el episcopado. Como él mismo confesará luego, nunca iba a las ciudades que no tuviesen obispo, para no correr el riesgo de quedar atrapado por el ministerio.
En Hipona, donde había obispo y, en principio no corría ningún riesgo, había un funcionario que había oído hablar de la predicación y de la doctrina de Agustín, afincado en Tagaste, y que había declarado que deseaba ver al maestro. El mismo funcionario había dicho que estaría dispuesto a renunciar a la ambición y al atractivo del mundo si pudiera oírle. Enterado Agustín, se fue a Hipona a ver al funcionario, pero éste empezó a dar largas al asunto, lo que hizo retener al Africano en aquella ciudad más de lo que inicialmente hubiera deseado.
Un día de aquellos, en que asistía Agustín al culto en la catedral, de incógnito, fue conducido ante el obispo Valerio, quien había anunciado su deseo de nombrar un ayudante para sus tareas pastorales. De esta forma, a pesar de sus llantos, fue ordenado presbítero. Sólo entonces se decidió a fundar un nuevo monasterio en un huerto que le cedió el obispo. Como decimos, corre el año 391, y se puede decir con cierta propiedad que se trata del antecedente directo de la fundación de los clérigos regulares que tendrá su aprobación definitiva con la consagración episcopal, cuatro años más tarde.
Sus afanes contemplativos y sapienciales van cediendo a las necesidades apostólicas. Si antes parecía un desarraigado, un perpetuo emigrante, ahora va echando raíces en la tierra, asentando vigorosamente los pies en el suelo. Agustín habla de la fundación de “otro” monasterio en Hipona, pero ambiguo en su significado. “Otro” puede significar otro igual que el de Tagaste, con sus mismos principios rectores; pero también otro diferente, con nuevas experiencias, con nuevos estudios de la Biblia, con nuevas conexiones con el pueblo, con el clero, con el obispo, con una nueva conciencia eclesial y jerárquica.
De alguna forma, Agustín se había convertido en un monje presbítero, suprimiendo la distancia que tradicionalmente los separaba. El monacato evoluciona con él hacia nuevos objetivos que, aunque posibles, no dejan de entrañar una cierta novedad. Los compañeros de Agustín en su primer monasterio clerical pudieron ser los destinatarios de la Regula ad servos Dei, que según los estudiosos es la más antigua regla monástica de Occidente. Dado el concepto de milicia al servicio y utilidad de la Iglesia, dado el ideal de unir la fe con la razón y el carácter apologético de la fundación,este monasterio se encuentra ante un amplio espectro de posibilidades que sólo las circunstancias venideras, leías con ojos de fe como voluntad de Dios, podrán ir concretando en sus peculiares dimensiones.
Las circunstancias históricas que rodean esta fundación están marcadas por el mencionado cisma donatista, por la paz de Constantino y la incorporación a la Iglesia de numerosos funcionarios imperiales con deficiencias notables en su formación y asimilación del cristianismo. Agustín conoce la necesidad de la reforma, pero es consciente de las dificultades de iniciar el proceso a través de los dirigentes políticos. Tampoco es fácil proponer medidas reformadoras a través de la predicación al pueblo, una masa de cristianos sólo parcialmente implicados, que reclama un clero firme en sus convicciones, capaz por su doctrina y fieles a la comunión con la Iglesia católica. La reforma debía dirigirse entonces prioritariamente a los miembros del clero, y el monasterio debía convertirse en seminario, en palestra desde la que afrontar la necesaria reestructuración eclesiástica.
Tras la ordenación de Agustín en Hipona, también Alipio recibe el presbiterado en Tagaste y después, poco a poco, todos sus viejos amigos, quienes fundaron nuevos monasterios para reclutar y formar a su clero, en un amplio proyecto de reforma. Desde Hipona, Agustín tuvo la pretensión de que el clero en su totalidad recibiese la influencia monástica, desde un primitivo voto de pobreza que hiciera manifiesto al pueblo el desprendimiento y la sinceridad cristiana de los sacerdotes, empeñados en seguir e imitar a Cristo.
Los mismos obispos estaban invitados a solidarizarse con este radical seguimiento de Cristo, para que la Iglesia pudiera mostrar al mundo su autenticidad cristiana. Según Agustín, la fuerza de la vida monástica debería superar las esperadas resistencias de una reforma tan importante, que pasaba por la renuncia clerical de unas concepciones de dominio demasiado humanas, el recurso a la sagrada Escritura como fuente de autoridad en nombre de Dios y la celebración anual de concilios provinciales en que se pudieran ir desterrando los vicios populares y promoviendo la espiritualidad y el fervor cristianos.
A finales del año 395, Agustín fue consagrado obispo por Valerio y nombrado por él para el cargo de coadjutor. Poco después, a su muerte, le sucederá en la sede de Hipona, en lo que llamará, con cierto pesar, “la carga del episcopado”. Sobre ello, anota el profesor Trevijano Etchevarría que toda su vida vivió Agustín el drama de un hombre que no quiso renunciar a su vocación monástica ni rehusar los deberes de su cargo episcopal.
Ahora se acrecientan sus posibilidades como pastor. Trapè apunta los diversos elementos que constituyen la empresa de san Agustín durante esta nueva etapa de su vida. La audiencia del obispo, el cuidado de los pobres, la formación del clero, la organización de los monasterios, además del cuidado pastoral y la defensa de la fe representan algunas de los principales tareas que sobrevienen a un pastor que no olvida las peticiones de sus colegas:
“La actividad de Agustín fue en verdad prodigiosa, tanto en el gobierno ordinario de su diócesis, como en su labor extraordinaria al servicio de la Iglesia de África y de la Iglesia universal. Sus actividades ordinarias comprendían el ministerio de la palabra… la audiencia episcopi, en la que atendía y juzgaba las causas… el cuidado de los pobres y huérfanos, la formación del clero, con el que se mostró a la vez paternal y severo, la organización de los monasterios masculinos y femeninos, la visita a los enfermos, la intervención a favor de los fieles ante la autoridad civil… la administración de los bienes eclesiásticos… Pero aún más intensa fue su labor extraordinaria: los numerosos y largos viajes para presenciar los frecuentes concilios africanos o para atender las peticiones de sus colegas, el dictado de las cartas en respuesta a cuantos a él recurrían de las regiones y clases más diversas, la ilustración y defensa de la fe…”
Al principio, Agustín continúa su vida en el monasterio del huerto que le había reservado Valerio, pero pronto comprende la necesidad de un nuevo cambio y toma una decisión. No quiere interrumpir, con sus continuas idas y venidas, la vida de sus compañeros de retiro. Así, al poco de ser nombrado obispo de Hipona, se decide a dar un último paso: fundar en su propia casa episcopal un nuevo monasterio, un “presbiterio”, que pudiera denominarse –según nuestra terminología actual– un “cabildo de clérigos regulares”.
Este hecho no supone, sin embargo, una grande novedad. Más bien se trata de un simple desarrollo de la idea agustiniana, que pretende organizar desde el monasterio toda la vida de la diócesis. De este modo, Agustín hubiera llegado a la reforma total de la Iglesia. Con todo, las luchas contra el maniqueísmo, contra el donatismo, y finalmente contra el pelagianismo, imponen al obispo de Hipona un modo singular de concebir la asistencia de la gracia divina, de la acción de Dios en el mundo. En definitiva: cada vez se fortalece más la concepción agustiniana de la iniciativa sobrenatural en la reforma de la Iglesia. [Cita: Calvo Gómez, J. A. "El origen de los clérigos regulares de san Agustín: un monasterio en Hipona, hacia el año 391". En Religión y Cultura 247 (octubre-diciembre 2008), 971- 1006.] |