| El origen de los clérigos de san Agustín (II) |
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3. La visita a los monasterios de Roma y MilánEl camino de conversión personal de Agustín encuentra un motor decisivo en agosto del año 386, en la conversación sobre el monacato católico y la vida de san Antonio que mantiene con su amigo Ponticiano, que ha venido a visitarle. El obispo de Hipona narrará años más tarde en el libro de las Confesiones su experiencia interior de lucha, de búsqueda de la verdad, de conversión en la contemplación de Dios:
“Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo frente a mí, y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que advirtiese mi propia maldad, y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces quería disimularla, la ocultaba y me olvidaba de su fealdad… podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado.”
En torno a este momento, también tiene la posibilidad de visitar los monasterios de Milán y, aunque todavía no ha llegado a encontrar lo que busca, aunque todavía no termina de identificarse con los monjes italianos que ayunan y rezan largas plegarias aprendidas, el santo de Hipona empieza a denominarse, entre sus amigos, con el calificativo de “siervo de Dios”. Tras estas reflexiones, Agustín reúne a sus compañeros para deliberar sobre la cuestión y ellos sólo le piden que termine el curso con regularidad. Como recoge también en sus Confesiones, acepta el retiro de Casiciaco como lugar de descanso provisional y de preparación para el bautismo. Ahora la característica del Africano es doble. Por un lado busca la utilidad de la Iglesia. Por otro, queda consagrado en concepto de milicia: lo que estos amigos fundan es una “milicia cristiana”. Así, al acabar las vacaciones de las vendimias, Agustín anuncia en Milán su renuncia a la cátedra. Alega que su salud precaria no le permite continuar y que se ha determinado a servir a Dios. En ese momento, como un cristiano nuevo, se decide a volver a África, en cuyo camino de regreso, en Ostia Tiberina, muere Mónica, su madre.
Su estancia en Casiaco no se trató, según se comprueba, de la formación de ninguna forma de “platonópolis”, ni de la configuración de un monasterio laico de los que se estaban fundando en Occidente. Se discute sobre la vita beata, pero Alipio va desde Casiaco a la metrópoli andando sobre la nieve. Se discute acerca del orden, replicando un poema de Zenobio, pero se rezan los salmos con un fervor que hacía derramar abundantes lágrimas al propio maestro. Agustín hace honores a la filosofía, pero piensa en los maniqueos, a veces para recriminarles, a veces por el deseo de que contemplaran su corazón cristianizado.
Casiciaco, no obstante, no tiene sentido por sí mismo, como un retiro definitivo en el que descubrir el verdadero rostro de la Verdad. Casiciaco sólo tiene sentido en la perspectiva de la espera, del inmediato futuro que les aguarda y que, de alguna manera, anticipan con su vida ciertamente renovada. Los componentes de este selecto grupo volvieron a Milán y fueron bautizados por el obispo Ambrosio en la noche de pascua del 24 al 25 de abril del año 387. Luego emprendieron el camino de vuelta.
La guerra provocada por el tirano Máximo detuvo a los viajeros en Roma y durante días esperaron en vano, en Ostia Tiberina, una ocasión para embarcarse. Tras la muerte de Mónica, los africanos Agustín, Alipio, Evodio, Adeodato, y quizás Nebridio y Romaniano, tuvieron que esperar en Roma el fin de la guerra y la apertura del mar para regresar a Cartago. Sin embargo, afirma Cilleruelo, aquí comenzó a revelarse el plan monástico de Agustín, una milicia al servicio de la unidad de la Iglesia, ordenada ante todo para combatir el maniqueísmo, que lo veía como un símbolo de todas las herejías, de todo el mal que desintegraba la grandeza del hombre. Agustín, Alipio, Evodio y Adeodato, con la esperanza de que en breve también lo fuera Nebridio, pertenecían ya al grupo de los “siervos de Dios”.
La estancia en Roma representa una nueva ocasión para encontrarse con Constancio. Ahora tiene la posibilidad de comprobar lo que ya había oído en Milán: que los maniqueos habían hecho también un ensayo de vida en común y que este tanteo había terminado en un rotundo fracaso, a pesar de que se había escrito para ello una regula según las doctrinas de Mani. Agustín emite una valoración sobre el caso, como de otras experiencias monásticas, de acuerdo a su pretensión casi vital de oponer un argumento cristiano al proyecto maniqueo, basado en las costumbres. Mantiene viva la tensión maniquea entre la libido y la virtud, pero alega que entre los cristianos se dan no sólo la castidad y la abstinencia, como elementos negativos, sino el deleite positivo de la soledad.
A lo largo de estas jornadas de espera, tiene posibilidad de reflexionar sobre las diferentes experiencias monásticas de las que ha ido teniendo noticia, más o menos detallada. Comienza su análisis con el estudio de los anacoretas de Egipto. Los maniqueos conocen los hechos, porque se ha hablado en Roma abundantemente sobre ellos, y ahora también el Africano se percata de su existencia. Celebra su vida angélica pero confiesa que muchos estiman que estos monjes han abandonado las cosas humanas más de lo conveniente. Destaca su oración y su ejemplo como formas de apostolado, pero deja entrever que la vida de los anacoretas parece exceder nuestra capacidad de tolerancia.
La valoración que Agustín hace de los cenobitas es diversa. Seguramente tenga delante la Vida de Antonio, escrita por san Atanasio, como también las Epístolas de san Jerónimo, que circulaban por Roma junto con las informaciones más o menos directas de los monasterios milaneses y romanos, que en aquel año 387 dieron no poco que hablar, a favor y en contra. La vida cenobita exige el desprecio y el abandono de los atractivos del mundo, pero no del mundo mismo; la vida común, casta y santa, la oración, la lectura, el diálogo constructivo… Llevado por su afán apologético hace un compendio, más o menos idealista, de la información a la que ha tenido acceso en Roma y Milán.
Los cenobitas –continúa– no se envanecen con el orgullo, no discuten por obstinación, no obran por envidia, son modestos, verecundos, tranquilos, ordenan al Dios verdadero una vida llena de concordia y de fervor, como un don o sacrificio grato que le ofrecen, pues de él recibieron la capacidad de vivir de este modo. Nadie posee nada propio, nadie quiere vivir de carga a otro. Con sus manos ganan el sustento sin que su mente se separe de Dios y entregan las obras terminadas a los decanos o prepósitos para que nadie tenga que cuidarse de su cuerpo, atendido por éstos. Estos prepósitos, que ahora reemplazan a los magistrados o administradores pitagóricos, son los que dan cuenta de su gestión al padre o superior en una organización cuasi militar formada por decurias al frente de las cuales están estos decanos, coordinados por el padre de todo el monasterio. El superior o padre deberá distinguirse no sólo por su santidad, sino también por su sabiduría, para atender a los monjes, ya que goza de la mayor autoridad, y ellos le obedecen con la mejor voluntad.
En el modelo que nos presenta Agustín, se añaden otras reflexiones que le hacen valorar el proyecto de vida cenobítica. En los monasterios de Egipto y del cercano Oriente, se ayuna diariamente, y al final del día los monjes se reúnen, algunas veces hasta tres mil, para escuchar las palabras del padre. Luego toman alimento, según las necesidades de cada uno. Siempre sobra, porque trabajan mucho y comen poco. El resto, es distribuido a los indigentes o enviado por el Nilo hacia regiones de mayor necesidad.
Las palabras del Africano aceptan sin dudar el desafío maniqueo. La descripción que hace sobre los cenobitas, simple al tiempo que idealizada, plantea el problema moral de un modo radical, obligando a comprobar numerosos detalles en los que también los maniqueos salen perjudicados. Apenas les queda aceptar en silencio la superioridad del modelo agustiniano, aunque todavía se reservan la interpretación del hecho en clave eclesiológica.
Agustín debe abordar también el capítulo de la interpretación y salir al paso de dos errores. Por un lado, debe evitar hacer pensar que las costumbres de los monjes son el exponente de la perfección moral de la Iglesia, por lo que su inmoralidad sería inmoralidad de la misma Iglesia; y, por otro, que la Iglesia no tiene otras buenas costumbres que las que exhiben estos individuos, “profesionales de la santidad”, muy alejadas de las posibilidades que tienen a su alcance los hombres y mujeres de la calle, del siglo.
De hecho, Agustín sale al paso de ciertos errores en la interpretación e invoca a menudo la experiencia de muchos obispos, presbíteros y diáconos, así como de otros ministros de la Iglesia, al tiempo que estima que su virtud es más meritoria por cuanto florece en un ambiente singularmente mundanizado y hostil, ajeno a la seguridad que proporciona el claustro. No trabajan con los sanos –añade– sino con los enfermos. Es preciso tolerar la pestilencia antes de superarla. Mientras los monjes habitan allí donde se vive –concluye– los apóstoles viven donde se está aprendiendo a vivir.
En este desafío, Agustín debe escuchar también los argumentos de los maniqueos, que inciden en algunos de los elementos más débiles de la condición católica de la existencia. Ellos afirman que hay gente que profesa el nombre de cristiano, pero no conoce ni muestra la virtualidad de su religión; hay cristianos entregados a la libido, de manera que olvidaron lo que han prometido a Dios; hay quienes adoran los sepulcros de los muertos (mártires) y las pinturas (iconos); algunos cristianos renunciaron de palabra a este mundo, pero viven oprimidos por su pesadumbre y sólo artificialmente gozosos por ello. No es extraño que haya cristianos malos en tan grande muchedumbre de gente –replica. Pero otra cosa son los maniqueos, que no pueden mostrar cuántos “perfectos” de los suyos cumplen sus propios preceptos; preceptos –continúa Agustín– que además son vanos, nocivos y sacrílegos. El Africano se muestra aquí en toda su virtualidad reformadora. Acepta las acusaciones contra los cristianos, al tiempo que se separa de aquellos cristianos rutinarios que han perdido la fuerza del cristianismo. Su vida es reforma, empezando por él mismo, y su monacato es también un ensayo de reforma de la Iglesia. Dicen los autores que, sin la comprensión de este rasgo fundamental, el monacato de san Agustín no tendría ni sentido ni valor. [Cita: Calvo Gómez, J. A. "El origen de los clérigos regulares de san Agustín: un monasterio en Hipona, hacia el año 391". En Religión y Cultura 247 (octubre-diciembre 2008), 971- 1006. |
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