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El día de los difuntos PDF Imprimir E-mail

Título original: [En que se da cuenta del día de los difuntos (2 de noviembre), de su carro y de los cabildos de la cofradía de la Santa Vera Cruz, junto a la ermita de los Judíos]

De largo viene en la historia del hombre la vinculación relativa entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. No es éste, sin embargo, lugar para detenernos en su consideración. Baste una sencilla reflexión que apunte sucintamente el profundo significado antropológico que reviste este hecho.

La realidad de la muerte es más cotidiana de lo que hubiera gustado considerar. Los ciclos vitales se aúnan y el luctuoso misterio se envuelve con el aparente rechazo en una extraña mezcla con la rutina y la resignación.

La solidaridad humana entra en juego también aquí; en un engranaje casi innominado, en unas palabras que nadie pronuncia, pero que rezuman absoluta materialidad. Hubo tiempos en que nadie se enfrentaba a la muerte en soledad. Siempre había una mano amiga que soportara el silencio y que alentara en la lucha contra el sin-nombre, contra lo desconocido del viaje. La Iglesia, por su parte, intervenía, acompañando a sus hijos hasta el desenlace más cierto, con toda clase de remedios espirituales y materiales, con toda suerte de compensaciones a la irrenunciable presencia de la parca.

La cofradía de la Santa Vera Cruz, también en Burgohondo, surge en este marco de la muerte, en la esfera de la destrucción más radical a que se ve avocado el ser humano. La conocemos ya en el siglo XVI, si bien el barroco siglo XVII le da un interesante empuje que llega hasta hoy.

El cofrade se une en hermandad para no abordar el momento en soledad. Se anticipa el desenlace y se aborda con la dignidad que al hombre quiso robarle la enfermedad o el accidente, tal vez la misma vejez. Auxilios espirituales, procesión con el santo viático, bajo palio y a golpe de esquila, oración y recogimiento fortalecen el ánimo del fiel cristiano en el último hálito.

Llegada la muerte, la cofradía no deja solos a sus familiares, tal vez hijos huérfanos con materiales necesidades que requieren del auxilio de los convecinos para salir adelante. Por turnos se vela el difunto, se avisa a la hermandad y se compran hachas que alumbren la estancia. Hay quien tiene la misión de recorrer las calles con el campanil de la cofradía dando cuenta del hecho al resto de la Villa, extraña Santa Compaña que provoca la oración repentina por el espíritu que lucha.

Se promueve ahora la celebración del funeral, como también varias misas en sufragio de su alma, que pagará de sus fondos la misma cofradía. Se prepara la fosa, y el cortejo se acompaña de las varas y las insignias que un día también portara el cofrade difunto. El Santo Cristo preside la procesión, donde cada cual conoce su papel, sabe de sus obligaciones, como se distribuyó en el último cabildo de la hermandad tras la misa de Jueves Santo, junto a la ermita de la Vera Cruz, la llamada de los Judíos, ya tratada.

Todavía se conserva el viejo carro con que trasladar al interfecto hasta el camposanto. La misma vieja ermita de los Judíos fue su custodia durante años. Hoy se ha levantado un pequeño templete en el nuevo cementerio, allende el pueblo, en que recogerlo; casi macabro museo de viejas leyendas.

Una fría cruz de hierro, tal vez de mármol, marca el lugar del entierro.

Acaso sólo el nombre, la edad y la fecha, en una sencilla inscripción, sirve, vigía de los tiempos, como indeleble testimonio de permanencia. En ocasiones se deja entrever alguna pequeña dedicatoria de sus familiares, y el RIP por el descanse en paz, que resuena armonía con lo creado en una vuelta a los orígenes del barro de los hijos de Adán. Algunas flores recuerdan el cariño de los familiares que retornan a visitar el lugar cada noviembre en repetido gesto de memoria agradecida.

Si la muerte ha sido violenta, quizás se recuerde el lugar, lóbrego caudal, con alguna sencilla cruz que lleve sus iniciales, tal vez la fecha. La señal de la cruz es la señal del cristiano. Una cruz señalando un lugar al borde de un camino, o en medio de una tierra, o en una senda, o en un cruce de caminos, recuerda generalmente esta muerte: la muerte violenta o accidentada de un ser querido cuya memoria su familia quiere perpetuar precisamente donde la encontró inesperadamente.
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