| El día de la Vaquilla en Burgohondo |
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LA FIESTA DE SAN SEBASTIÁNEl veinte de enero,
San Sebastián el primero Detente, varón, que primero es San Antón. Si nos atenemos a las leyes Primero son los Santos Reyes. Pronto la función rompe el frío invierno de la serranía de Gredos. Desafiante en su silueta, el joven Sebastián convoca a los serranos habitantes de Navarrevisca y Burgohondo en una interesante representación de música y color. De la figura histórica de San Sebastián poco es lo que nos ha legado la tradición; apenas que se trata de uno de los primeros mártires romanos de la persecución de Diocleciano que tuvo lugar a finales del siglo III. Sabemos que Sebastián era jefe de una cohorte pretoriana en Roma que, tras conocer la fe en Jesús de Nazaret, ayudó a los cristianos de la ciudad con sus influencias y buenos argumentos. Este hecho le mereció del papa Cayo el título de “Defensor de la Iglesia”. Denunciado como cristiano, pronto fue asaeteado hasta ser dado por muerto. Tras ser curado en secreto por una cristiana, de nuevo es arrestado y flagelado con saña, esta vez hasta la muerte. Su cuerpo, piadosamente recogido por los cristianos, fue colocado en un sepulcro nuevo situado en las catacumbas de la vía Apia. Por lo que nos dice la historia, comenzó a ser venerado ya desde muy antiguo. El día de esta fiesta, o el de otras fiestas de invierno, como ocurre en los carnavales de Navalmoral de la Sierra o de Navaluenga el día del entierro de la sardina, es muy corriente el sacar por las calles vaquillas simuladas, especialmente en todo el centro de España. Accionadas casi siempre por los quintos del año, van persiguiendo y embistiendo a todo el que encuentran hasta que entre todos logran apoderarse de ella y darle muerte. En Burgohondo, esta tradición tiene también algunas notas características, algunos peculiares significantes que remozan la antiquísima representación del mal y el pecado encarnado en los diversos animales de allende el hombre. No se conoce un momento concreto en el que podamos situar el comienzo, ya de un modo claro, de esta celebración; pero sospechamos que es muy antigua. Tradicionalmente, la organización corre a cargo de los quintos, pero siempre con la supervisión de la Cofradía que aglutina a los devotos del Santo. Hoy los tiempos van cambiando y un inquietante desinterés juvenil sobre nuestras tradiciones más antiguas va modificando aquí también los usos y costumbres. La famosa vaquilla consiste en una especie de cabeza de vaca, labrada en madera, y fijada a un palo redondo que le sale de la parte de atrás. Esta especie de mango sirve para ser empuñada con ambas manos por un mozo, que corre con ella detrás de la gente asustando y divirtiendo a todos, y haciéndoles huir. Está pintada de blanco, negro y rojo; y tiene cuernos auténticos con una lengua de trapo. No se sabe muy bien el motivo del uso de este animal. Algunos refieren que San Sebastián era vaquero a las afueras de Roma, pero no es así. La talla que se utiliza en la actualidad, es la que labró Fidel Molero hace más de cuarenta años cuando se quemó la anterior en un incendio en la casa de Tomás Molero y Patricia. Otras muchas representaciones de la vaquilla se dejan también ver acompañando a la que podríamos considerar como la oficial, propiedad de la cofradía.
La fiesta comienza el día 19 por la tarde con el traslado a la iglesia de la vaquilla. Asiste mucha gente. Primero es presentada al santo colocándola en sus andas y después se reza vísperas. Están presentes los mayordomos y se emplean instrumentos como la dulzaina y el tamboril. Al terminar, se retira la vaquilla y todos salen de la iglesia. Entre bailes y gaitillas, van caminando hasta la Plaza Mayor con cuidado para no ser agredidos por el “animal”. Hoy todavía se suelen ir recorriendo distintas casas o bares donde se invita a los asistentes a pastas y limonada. Al llegar se organiza baile para todos y los quintos asustan a la gente que huye gritando y riendo.
La noche se rompe con el fuego que arde como antorcha para alumbrar la oscuridad. La música congrega en torno acompañando el paso con bebida y comida como en los viejos yantares de las veladas celtas, genuina expresión de solidaridad a cuenta de la cofradía. Las pastas, las más de las veces, se cambian por buenas chichas asadas en las mismas hogueras donde no puede faltar un buen vino de la tierra que acompañe fiel el paso de la tonadilla.
El día 20 por la mañana, la comitiva sale de la casa del cofrade mayor o mayordomo del año camino de la iglesia, todo ello ambientado con alegres melodías de dulzaina y tamboril. Se celebra la Eucaristía y después viene la procesión. Antiguamente, el recorrido se hacía desde la iglesia a un prado cercano donde se celebraba la misa. ¿Tiene algo que ver este antiguo recorrido con la ubicación en este prado de la antigua ermita, hoy desaparecida?
![]() La imagen de San Sebastián está toda ella cubierta de cintas de seda de muchos colores, de lazos y de grandes ramos de flores, que sólo dejan al descubierto parte de una cabeza con claro aspecto de dolor. Tiene también varias flechas clavadas en el cuerpo, y en las andas se colocan velas o flores ocupando las esquinas. Hoy ya no se puede contemplar una imagen tallada del santo como la que había hasta 1936 en la Villa.
Durante el recorrido de la procesión, la vaquilla va unas veces quieta sobre las andas y otras agarrada por un mozo que va corriendo detrás de la gente. Estos la llaman gritando: “!vaca!, ¡vaca!” o la agreden diciendo: “!vaca barrosa que no vale una cosa!” o “!vaca valiente que no vale un diente!”. Según la costumbre, sólo los hombres portan al santo que apenas se deja entrever bajo las cintas de seda. Danzantes, los más viejos, vestidos con calzón corto y albarcas de cintas, pasaban quince días ensayando para bailar bien delante del salto, caminando hacia atrás para no darle la espalda. Ese día lo acompañaban bailando y tocando, entonando algunas melodías:
Serena de la mar, de la mar, la serena;
los hijos de un galán
me tienen prisionera.
Serena de la mar,
de la mar, la serena;
los ojos de un galán
me tienen prisionera.
Ese día, toda la mayordomía celebra la comida en fraternidad y se unen a ellos las autoridades de la Villa . Esta cofradía de San Sebastián, que en la actualidad se compone de 20 ó 25 miembros, era antes una de las más numerosas del pueblo. Hay gente que lleva ya muchos años conservando y viviendo de un modo especial esta tradición. Parece justo recordar aquí a gente como Anselmo, que pertenece a la cofradía hace más de 45 años. Pero también a Nicolás, a Daniel, a Marina Álvarez, a Máximo, a Máxima y a tantos otros que se ocupan de que esté todo listo para este día y que llevan ya más de 30 años haciéndolo.
![]() Hay un núcleo de la tradición que permanece, pero también hay que reconocer que los tiempos cambian y los modos de celebración también. Contaban algunos mayores que, en la víspera, se han perdido algunas cosas. Habrá que irse acomodando a los cambios.
Cuando el día va tocando a su fin, la fiesta regresa a las calles del pueblo. Vuelve la música, y la vaquilla retorna a asustar a las gentes que ríen y gritan. Al poco, llegan dos mozos, dos borrachos, dos locos llamados cañaños vestidos de mono con la cara cubierta. Llevan atado a una soga un manojo de heno. Incitan a la vaca e intentan apoderarse de ella. Repiten la hazaña y al fin la rodean. La atan, y derraman un poco de vino haciendo que muere. Después, la vaquilla es llevada a la casa del mayordomo de ese año. Al final, como en todas las fiestas, se termina tomando unas pastas y un buen vaso de limonada en esta casa. Antes el santo era dejado en las andas durante toda la octava y luego se retiraba, hasta el año siguiente.
![]() La ermita que fue de San Sebastián Pocos datos podemos apuntar en este epígrafe, ¡ay dolor! que llora la pérdida, una más, de la ermita que en su día se dedicó en Burgohondo a este mártir romano. Apenas unas referencias, sobrias, desnudas, hacen mención del hecho en los viejos libros de historia del siglo XIX. De ella habla Juan Martín Carramolino. Apenas la cita, sin indicar dónde se ubica ni las características de su fábrica. Pascual Madoz es algo más explícito, tampoco en exceso, al afirmar que, al igual que las de San Roque y la Santa Vera Cruz, se encuentra fuera de la población. Añade también que tiene culto público y que se sustenta a expensas de los fieles devotos, lo que nos da pie para pensar en un templo, más o menos grande, mínimamente acondicionado al menos, como decimos, para poder celebrar en él la Eucaristía. Sin embargo, ya los inventaros parroquiales de finales del siglo XIX y principios del XX eluden añadir este dato. Junto a las dos anteriores ermitas de San Roque y La Vera Cruz ya no se cita la de San Sebastián, o de Los Mártires, como también se la conoció, en referencia inclusiva a San Fabián que se celebra el mismo día. En su lugar, en estos inventarios de los bienes de la parroquia hace mención de la existencia de una talla del santo, como apuntábamos arriba, situándola en la Abadía de Santa María, en el altar del Santo Cristo de la Luz, patrono del pueblo. Como diremos de San Antonio más adelante, parece significativo el lugar preeminente que se le concede al este santo dentro de la lógica jerarquización del orden de la iconografía sagrada en el primer templo burgondeño. Un último apunte, para terminar. Llama la atención la escasa resonancia que la figura del mártir San Sebastián encuentra en el resto de los pueblos del Valle alto del Alberche, aparte de lo mencionado para Navarrevisca. La devoción a este santo, tan viva en Burgohondo, hemos de rastrearla buscando a muchos kilómetros de distancia. [Bibliografía: Calvo Gómez, J. A. Alberche Mágico. Salamanca 2003]
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