| El ciclo de la fiesta en el Alto Alberche |
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Resulta fácil descubrir las interesantes semejanzas que presentan los ciclos festivos en la mayorÃa de las comunidades rurales de la vieja Castilla. La fiesta, ayer como hoy, allà como aquÃ, parece no ser más que cierta forma de remarcar algunos momentos que revisten especial relevancia para la comunidad.No deja de ser curioso que nuestra sociedad tecnificada postindustrial, que anula al individuo y apenas aprecia otra cosa que el placer, el sexo, el dinero, el poder, etc., siga buscando las manifestaciones del espÃritu, la belleza de lo natural y de lo espontáneo, la libertad que identifica a veces con la imaginación y la fantasÃa, la trascendencia, en suma. Todo esto se encuentra en la fiesta, pero no en una fiesta cualquiera, sino en la fiesta integral, la que realmente libera. En este sentido, la fiesta es una necesidad irrenunciable, al mismo tiempo que una de las principales manifestaciones del espÃritu humano, que no se agota en el plano de las acciones, como tampoco en el de los sentimientos. La fiesta afecta a la totalidad de la persona y pone en movimiento su capacidad lúdica, contemplativa, expresiva y comunicativa. El hombre tiende a vivir la fiesta a fondo, en lo que tiene de contraste con la vida cotidiana, en lo que tiene de exuberante o de derroche de energÃas, e incluso en lo que tiene de don, de entusiasmo y de juego. La fiesta es esencialmente trascendente. Gracias a la fiesta, el hombre rompe con lo cotidiano, lo trasciende; como rompe también con los convencionalismos sociales que lo encorsetan. Algunos hablan de la fiesta como de verdadera subversión frente a lo establecido. Desde el punto de vista individual, la fiesta es distensión, liberación. La fiesta es como un sueño que sitúa al hombre más allá de la vigilia ordenada y ordenadora. La fiesta nos descubre que la existencia también es gozo, esperanza, plenitud, eternidad. La fiesta, como dirÃa Goethe, es el dÃa de la divinidad, es la hora elegida de los dioses. Es –dice LaÃn Entralgo- el poro por el cual lo divino penetra en el tiempo. Asà no es extraño que muchas religiones presenten el paraÃso como una fiesta interminable. Pero la fiesta es un concepto abstracto. En realidad la fiesta no existe; existen las fiestas. Cada grupo humano, cada civilización tiene su propio mundo festivo. El nuestro es el heredero del mundo clásico, en el que el ideal de vida es el ocio, entendido como tiempo para la contemplación, para la filosofÃa. Pero debido a la influencia de la religión judeo-cristiana, surge un ideal superior: el festum, la fiesta. Es el dÃa del Señor, el domingo, y subsidiariamente las fiestas de MarÃa, de los santos, de los misterios de Jesucristo,.... Afirma Aranguren que la vida entera se organizaba en torno a las fiestas, esencialmente religiosas, de las que, paulatinamente, se van desgajando un ocio y una cultura seculares. En la época moderna el ideal de vida pasó a ser el trabajo, con un epÃgono en la diversión. Se mantienen algunos rasgos del ocio greco-romano y de la fiesta judeo-cristiana, pero la meta última de las aspiraciones sociales e individuales es otra. Aquà la diversión divierte, es decir, aparta momentáneamente del trabajo para volver a él con mayor Ãmpetu y eficacia. En el fondo, trabajo y diversión son partes de la misma realidad. Asà el trabajo nos está conduciendo a un desastre casi existencial: ha desaparecido la fiesta, el espacio para la divinidad, para la gratuita celebración del misterio del hombre. La diversión es un mal sucedáneo de la fiesta. Un apunte más. Al talante festival pertenecen la radical inutilidad y la no menos radical comunitariedad de la fiesta. Ni el dÃa festivo es útil ni hay fiestas para un hombre solo, concluye don Pedro LaÃn. Dicho esto, tal vez debamos redescubrir el auténtico sentido de la fiesta. Celebrar la fiesta propiamente dicha equivale a dejar atrás todo lo que en la existencia humana es histórico y, por tanto, el cuidado de existir. Vivir es entonces un puro vivir, en el que el cuidado ha sido enteramente sustituido por el gozo. Todo gira en una rueda casi eterna que revierte cada año, como antes; devenir constante de nuevas y renovadas sensaciones de que algo distinto sobreviene en un mar de indestructible acontecer. Grande y estrecha es la relación que mantiene el calendario celebrativo y el ciclo agrÃcola anual. Fiesta tras fiesta, ocurrir tras ocurrir, se suceden los momentos de gozo y alegrÃa que parecieran querer, caprichosos, acumularse en los meses de calor. La mayor parte de las fiestas patronales se celebran entre junio y septiembre. El verano sintiera querer anunciar, de forma golosa, que la fiesta quiere sol, y el sol calor, y el calor vino que enjuague las secan gargantas de los muchos carrancles que tornan en baile cualquier tonadilla. El culto agrÃcola y ganadero se mezcla pronto con la fe. La vida de piedad del devoto cristiano, actualización casi exacta de viejas mitologÃas de la Europa prerromana, encuentra seguro el santo propicio que ayude oportuno en la vida terrena, antojada inhóspita las más de las veces. Grandes celebraciones se tributan en su honor. Es el mismo ciclo el que va arrastrando en medio de la vida, el devenir histórico de una vuelta sin fin. Nos han recordado asimismo que el arraigo del hecho religioso en la vieja Castilla se manifiesta con toda evidencia en las ermitas y en las romerÃas de los pueblos el dÃa de la fiesta. No hay pueblo sin fiesta, ni hay fiesta sin ir y venir de la ermita, sin ir y venir de un espacio sagrado. El paisaje de Castilla está asociado a esas pequeñas y recoletas ermitas; y su historia, a las multitudinarias y festivas romerÃas de los pueblos. Por los caminos de Castilla siempre, siempre aparece enhiesta y humilde una viejÃsima ermita, que invita a pasar y a quedarse, y a decir una oración. Rincones Ãntimos en la ancha meseta o entre los riscos de la sierra. Nada importante llegó a acontecer en Castilla, desde que se hizo cristiana, que no tuviera relación con lo sagrado. Tampoco apenas nada de la vida ordinaria. Lo sagrado ha formado parte del ser del hombre castellano, y de su modo de ver y de actuar en la vida diaria. En invierno, pocas fiestas. Son de reseñar San Antón, de escaso arraigado en el Alberche; San Sebastián, de presencia en Navarrevisca y en Burgohondo; y las diversas modificaciones introducidas en la Navidad. Sin llegar la primavera, el carnaval rompe la armonÃa del mundo en una representación burlesca del no ser como en Navalosa y los cucurrumachos o en Burgohondo y la justicia de los mozos casaderos. Avanzado el tiempo, la bendición de los campos y las rogativas para la lluvia entremezclan la vida religiosa popular con la fiesta y la cultura que se torna aquà especialmente material. El dÃa de San Isidro, patrón de los labradores, es el escogido para cuidar de las sufridas cosechas, necesariamente de melocotón y vides para el sabroso caldo de la tierra. La Cruz de mayo tiene signo apotropaico, de expulsión del mal que amenaza de nuevo la huerta. Grandes heladas en mayo acarrean grandes desastres en la recogida de la fruta. Navalosa aprovecha para celebrar la fiesta de San Felipe y Santiago, el Santillo de Navalvao. Hoyocasero, llegado el 31, torna a la ermita del Cristo de los Santos, igual que Navaluenga y Navarredondilla que se convocan en popular romerÃa el último sábado y el último domingo de mayo junto a la ermita de la Virgen del Espino y del Rosario. También en esta época se organizan algunas conmemoraciones con motivo del cambio de imágenes entre ermitas e iglesia parroquial. Este hecho, que aparece en numerosas localidades de toda Castilla (Tierra Lara en Burgos, zona de Alba en Salamanca, PiedrahÃta en el Oeste abulense,...) también se hace presente en pueblos serranos del Valle del Alberche, como en Navalacruz o Navatalgordo. Ya lo hemos dicho. El verano es tiempo de fiesta de forma especial. Todo el pueblo entra en la fiesta, atañe al conjunto de la población. No sólo a los barrios. Muchos son los pueblos serranos que se congregan para la fiesta mayor o patronal: Villanueva y Burgohondo celebran las fiestas de verano en torno al 15 de agosto; la Virgen Blanca en Navalosa y la Virgen de las Longueras en Navalacruz, la de los Villares en Navaluenga y la de la Canaleja en Navatalgordo, el 8 de septiembre; el Santo Cristo de la Luz en Burgohondo mediado septiembre, y en Hoyocasero y Navarrevisca Nuestra Señora de las Angustias; finalmente San Miguel en Navaquesera el 29 de septiembre. El primer domingo de octubre se celebra también la Virgen del Rosario en Navarredondilla. Muchos pueblos tienen costumbre, todavÃa hoy, de celebrar al dÃa siguiente de la fiesta mayor o patronal, una misa por los difuntos del lugar, especialmente por los que murieron en el año. Tal es el caso de Navalacruz o de Burgohondo, como también de los vecinos Navalmoral de la Sierra, Navandrinal, Villarejo o San Juan del Molinillo, que tal vez un dÃa fueron parte de éste del Burgo, pero que quisieron pronto hacer concejo propio en torno a la cabecera de Navalmoral. No faltan las dianas floreadas con dulzaina y tamboril, que recorran las angostas callejas de los serranos rellanos; ni misa mayor o solemne seguida de procesión con el santo titular. El resto de las actividades festivas son de carácter profano, como los bailes, los toros, los juegos y las reuniones familiares en torno a una mesa compartida de especiales yantares y viandas. Mermado ya el calor del verano, el otoño se inicia con la recogida de la cosecha. No son excesivamente vistosas las celebraciones en respuesta agradecida al don de la recolección que encontramos en el Valle alto del Alberche. Tal vez la celebración en torno a la Virgen del Rosario que ya anunciábamos en Navarredondilla, se introduzca en esta órbita. No hay un dÃa fijo para la celebración y muchos pueblos quedan desiertos tras las ferias de septiembre hasta la recogida de la uva mediado ya octubre o incluso en torno a los Santos, el primero de noviembre. Finalmente, al iniciar un nuevo ciclo en torno a las primeras siembras otoñales, las fiestas de Todos los Santos y de Todos los Fieles Difuntos cobran especial significado en la ribera del Alberche. Los luctuosos ritos relacionados con los difuntos se nos presentan justamente en el momento final un ciclo agrÃcola, con lo que parece querer unir los tiempos de muerte y resurrección de la naturaleza y el hombre, terminando el curso festivo y preparándose para la nueva rueda que se inicia. --------------- [De acuerdo a la naturaleza de esta página web y a la filosofÃa de su autor, los materiales de todos los artÃculos propios (aquà se excluyen los que citamos de otros autores y de otras páginas) se pueden reproducir con libertad, parcial o totalmente, siempre que cumplan tres condiciones fundamentales: 1. Que guarden los fines para los que fueron escritos. 2. Que no se haga uso comercial de ellos. 3. Que se cite su procedencia, en este caso: J. A. Calvo Gómez, Alberche Mágico. Patrimonio imaginario y representación folklórica en Burgohondo y su antiguo concejo. Salamanca 2003. www.santamariadelburgo.com] |
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