| El abad de Burgohondo (4) |
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El primer Martín, 1329-1330. La primera noticia que nos llega del abad don Martín tiene fecha de principios de noviembre de 1329. Con esta ocasión, asistimos al desarrollo de un prolongado pleito que mantiene el abad y el monasterio contra Alfonso González, en la ciudad de Ávila. Los términos del pleito tienen que ver con el embargo a que el mencionado Alfonso González, de la cámara del rey, tiene sometidas unas casas propiedad de la abadía en la rúa de los Zapateros, en Ávila, y la reclamación que hace al abad y al monasterio de seiscientos maravedíes para pagar las deudas presuntamente contraídas por éstos en el pago de las tercias y de los yantares. Con fecha del 8 de noviembre del mencionado 1329, “el dicho don Martín, abbad, dijo que el dicho conuento que auía liuertad de los rreyes que no diesen a yantar ni tercias y que de esto que tenían cartas de ello. E luego mostró y fiço leer una carta de nuestro señor el rey seellada con su seello”, carta de Alfonso XI que, a su vez, incorpora otras anteriores del mismo monarca, del 20 de julio del mismo 1329, de Fernando IV, del 10 de septiembre de 1295, y de Sancho IV, del 20 de agosto de 1290. Concretamente, al explicar la base legal sobre la que se asienta el prelado para tal negativa a abonar concepto alguno por los yantares y tercias, recupera las palabras del rey Sancho IV, que las pronuncia en atención a lo que se viene realizando desde el tiempo de Fernando III y Alfonso X: “E yo, uista la pesquisa, fallo por ella que el abbad y el conbento sobredichos, que nunca dieran yantar en tiempo del rrey don Fernando, mío abuelo, e del rrey don Alfonso, mío padre, ni en el mío fasta aquí; e yo, por la pesquisa que bi, por façer bien e merçed a este monesterio e al abbad y al conuento sobredichos, mando que non den yantar de aquí adelante e defiendo firmemente que ninguno sea osado de ge la demandar nin de les prendar nin de les enbargar en ninguna manera por esta raçón.”
El abad Martín se hace fuerte en su reclamación, que sienta un nuevo precedente en las pretensiones del monasterio, y consigue del representante del rey, que firma sentencia el 24 de enero de 1330, que se reconozcan sus derechos. No tenemos otra noticia de este prelado, pero el resultado de esta sentencia recorre la historia del monasterio y se copia una y otra vez para perpetuar sus efectos: “Obedeçiendo las dichas cartas del rrey como a su señor natural... mandó al dicho Alfonso Gonçález que desenbargase las casas sobredichas... y que él daua por quitto de ella al dicho don (Martín), abad, en boz y en nonbre del dicho conbento”, y también: “juzgando por sentençia difinitiba do por uien probada la yntençión del dicho don Martín, abbad, e do por quitos a los dichos monesterio, abbad y conbento de las dichas terçias e pronunçio no sean tenudos a ellas e do por bençedor al dicho don Martín, abbad,... y al dicho Alfonso Gonçález por bençido...”
Pedro, abad de Santa María, 1338. La noticias de su abadiato son ciertamente escasas, pero no por ello menos interesantes. Su nombre lo hemos localizado en un pergamino fechado en Arévalo el 14 de noviembre de 1338, en el que se recoge la donación que hace un tal Fernán Gómez de sus heredades en Narros del Monte a favor del monasterio de Santa María. Con este texto, nos situamos en el capítulo que recoge el acceso a las diversas propiedades que van configurando el patrimonio de la abadía. Pero probablemente su ministerio resulte más importante por otra noticia que nos llega por una vía secundaria, aunque digna de todo crédito.
El profesor Gómez Moreno fecha en 30 de noviembre del mismo año de 1338 el diploma que contiene la concordia sobre el diezmo de cuartas celebrada entre el abad de Santa María y el convento del mismo lugar, con el concejo del Burgo, conformado en sus límites aldeanos a finales del siglo XIII. Si a lo largo de los años 1329-1330 asistíamos a las dificultades del monasterio de Santa María por consolidar una posición en el valle del Alto Alberche, con el acceso definitivo a las tercias de los lugares de la abadía, y en 1357 se completa la actuación del cenobio con la asignación a sus arcas de los diezmos de estos mismos lugares, además de los de otras 11 parroquias fuera de esta jurisdicción, el diploma del 30 de noviembre de 1338 parece representar un cierto paso intermedio, que por vía de concordia fortalece la relación del concejo del Burgo con la abadía de que se trata.
El abad don Fernando y el pergamino de los obispos de Aviñón, 1340. Uno de los diplomas más interesantes de cuantos hemos tenido noticia en lo que a sus elementos externos se refiere es aquel que, con fecha del 12 de diciembre de 1340 emiten, desde la corte de Aviñón, el arzobispo Nerzes y ocho obispos más por el que conceden diversas indulgencias a los que visitasen la iglesia de Santa María del Fondo, la ermita de Santa María de la Yedra, cerca de la Adrada, o la de Santa Cruz de Alpa ciertos días del año, o les hiciesen limosnas.
Como anota el profesor Gómez Moreno, que todavía tuvo posibilidad de contemplarlo entre los fondos documentales del monasterio a principios del siglo XX, al pie lleva las confirmaciones de los obispos abulenses don Alfonso de Madrigal, el Tostado, y de don Martín de Vilches. El nombre del abad don Fernando aparece en la relación que se hace de los destinatarios de la referida indulgencia: “Et qi pro dno. Fernando, dicti mon. abate, et p. toto conuentu ac p. oib. dicti mon. et dtar. capellar. benefactorib. ac dicti monastii. fundatoribus uiuis et mortuis pie deu. orauerit…”
Gómez Moreno hace una descripción de este pergamino en la que explica que lo más notable es su orla llena de figuras: la letra capital contiene el Calvario; a su izquierda, san Blas; a la derecha, ocupando toda la cabeza, santa Ana, san Miguel, san Pedro, el Salvador –sancta maiestas–, san Pablo y san Juan Bautista; en el costado derecho, santa Catalina, y en el izquierdo un obispo arrodillado, con el rótulo que dice: exaudi me clamante ad te, y detrás dos frailes dominicos, el uno con libro y el otro con báculo. El diseño de estas miniaturas está hecho a pluma delicadamente y con resolución, pero el colorido resulta basto y desagradable; sus colores son: bermellón, azul de mala calidad, verde, violeta claro y oscuro; carmín, escaso; amarillo sucio, también poco usado; oro en los nimbos y llaves de san Pedro, y plata en la espada de san Pablo y capiteles de las columnas que separan los encasamientos. Mide el pergamino 0,79 por 0,58 m., y le preserva un trozo de tafetán carmesí, cosido al borde superior.
El segundo abad don Juan, 1351- 1357. Tenemos noticia del abad don Juan desde 1351, pero, sin duda, la actuación más representativa de este prelado tiene que ver con todo lo que rodea el pleito de 1357. Probablemente, durante su abadiato, de acuerdo a la documentación disponible, la abadía de Santa María viva la mayor extensión en su área de influencia de toda su historia. De hecho, en los documentos de su etapa como abad se citan en varias ocasiones hasta 29 lugares dependientes de su jurisdicción eclesiástica en los actuales términos municipales de Burgohondo, Navaluenga, Navalmoral de la Sierra, San Juan del Molinillo, Navarredondilla, Navalacruz, Navatalgordo, Navaquesera, Navalosa, Hoyocasero, Serranillos, Navarrevisca y Villanueva de Ávila.
Además, en estos mismos documentos, se anotan hasta un total de 11 parroquias que envían sus diezmos a las arcas de la abadía: El Barraco, Navalmoral, El Tiemblo, La Adrada, Las Torres del Hondo, Lanzahíta, Mombeltrán, San Martín del Pimpollar, Narros del Puerto, Villatoro y Piedrahíta. La documentación es parca en sus términos y no trasluce referencia alguna sobre la personalidad de este prelado, pero su figura, desconocida hasta ahora por la historiografía que se ha ocupado antes del cenobio burgondeño, representa uno de los mayores intentos conocidos de fortalecimiento de la posición de la abadía y de su condición estratégica luego determinante en el devenir de la comarca del Alto Alberche.
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