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El Santillo de Navalvao (I) PDF Imprimir E-mail
Hacemos una nueva parada en Navalosa con ocasión de la fiesta del Santillo de Navalvao. Llegado mayo, se enturbia el horizonte con el desconocimiento que envuelve la celebración anual del patronazgo del popular peregrino cuya identidad camuflada esconde la historia que narramos: ¿Santiago?, ¿San Felipe? Casi nada se puede comprobar de aquello que se cuenta salvo la continuidad celebrativa que arrastra, devoción y fiesta, a los serranos navalosanos hasta la lejana presencia de la vieja ermita del vado del Alberche, camino de Navarrevisca. La romería en Navalvao, término de Navalosa, es el principio y el final de una investigación que arranca, como de la leyenda, en el lejano medioevo castellano.

La primera noticia que nos llega del viejo poblado de Navalvado, colación del Burgo, habla de él, en 1 junio de 1275, como parte del heredamiento que se da por mandato de Fortún Alián, don Íñigo y don Mateo, caballeros de Ávila y delegados regios, a los “onmes buenos del Burgo del Hondo” en que labren por pan ya que halláronla “poblada en el pinar, en el lugar que es gran montaña, que no avía de suyo heredamiento en que pudiesen labrar ni por visquisión”. No resulta complicado establecer la relación de la citada nava con el Concejo del Burgo.

En el año 1351 (era hispánica de 1389) se redacta el texto de una sentencia del abad del monasterio de San Leonardo de Alba de Tormes, como juez apostólico en virtud de la bula de Clemente VI del año 1290, que dio en el pleito que el abad y monasterio del Burgo del Hondo tuvieron y litigaron en el Concejo, universidad, lugares y collaciones de la Villa del Burgo sobre pagos de diezmos y primicias. Allá se vuelve a citar la collación de Navalvao como referimos más adelante al hablar del caso del Cristo de los Santos en Hoyocasero.

Debemos entender entonces que el aspecto arcaizante de la vieja ermita puede hacerla entroncar con la misma fase constitutiva del Concejo en que se integra, como iglesia parroquial del poblado adyacente del que apenas restan algunas arruinadas construcciones. La presencia de una vieja pila bautismal en piedra, de grandes dimensiones, propiedad exclusiva de las parroquias, confirmaría el dato.

Conocemos otros ejemplos de núcleos rurales que tienen en sus términos ermitas donde dan culto a devociones especialmente significativas. En muchos casos se cuentan milagros sobre la aparición de la imagen que ratifican la voluntad expresa de ser venerada allí en vez de hacerlo en el casco urbano. Estos lugares, si rastreamos un poco, pueden ser restos de antiguos despoblados, y la advocación la de la iglesia primitiva. Tal es el caso de Villalón de Campos, en la provincia de Valladolid, y la iglesia-ermita de la Virgen de las Fuentes.

Afirma Alonso Ponga que el hecho de que la imagen de un despoblado acabe siendo patrona del lugar que lo anexiona explica varias cosas: que a través de la apropiación del símbolo religioso se manifiesta un dominio incontestable sobre el territorio y que, en las villas donde hay más de una parroquia, como el en caso del Concejo de Villa y Tierra de Burgohondo, la adquisición de una nueva advocación podría causar problemas. Por ello hay un acuerdo expreso o tácito de anexionarse la nueva imagen con un estatus diferente, en este caso superior, lo que evita litigios por la preeminencia entre los templos existentes. Algo así sucede también en Paredes de Nava, en la provincia de Palencia, y la ermita de Nuestra Señora de las Carejas.

Se han transmitido por tradición oral algunas leyendas sobre la desaparición del simbólico poblado de Navalvao y su posterior apropiación a cargo de Navalosa. Se describe, en este sentido, la celebración de una boda multitudinaria a la que habrían acudido todos los moradores del lugar a excepción de un anciano matrimonio que habría quedado en casa. También se dice que, en el convite, una salamanquesa del río habría caído accidentalmente en el perol de la comida envenenando a todos que murieran al punto. Sólo aquel anciano matrimonio, uno de Hoyocasero y otro de Navalosa, salvaría su vida. Entre ambos, parece que habrían decidido que la propiedad del desaparecido Navalvao, como la de su santo patrón, pasaría a ser de aquel que sobreviviese al otro y del pueblo de su origen. Fue ella, de Navalosa, la que más debió de vivir, y así se ha narrado hasta hoy, incautación simbólica del santo y del lugar.

También se cuenta que los párrocos de Navalosa y Serranillos, allá por los años treinta, se jugaron a las cartas el santo de Navalvao. El Santillo parece que fue ganado por los de Serranillos, del antiguo Concejo de Mombletrán, y desde entonces acuden todos los años a la fiesta, como reivindicación de una celebración que, de alguna manera, también les pertenece. Los mozos y mozas, jóvenes serranos, alegran con sus juegos la antigua romería.

Continúa Espina Barrio afirmando que es un santo del que hay mucho que contar, pues se convirtió en símbolo y en manzana de la discordia dentro del propio pueblo, traduciendo en el plano religioso problemas que quizá pertenecieran a otros órdenes más seculares. Apodado como “ el Santillo” por la baja estatura de su talla de madera, que quizá se remonta al siglo XIII, o como el “santo borrachín” dados los excesos etílicos que provoca su romería –máxime cuando el vino de esta fiesta era pagado por el alcalde- el citado patrón se duda y es San Felipe o Santiago.

Parece que el nombre popularmente más conocido es el de San Felipe, aunque el antiguo párroco del lugar estimara que la talla representaba a Santiago. La polémica estaba servida y ésta se desarrolló con enconamiento sobre todo cuando la figura del santo fue llevada a restaurar al taller de don Pedro Díaz. Estaba bastante deteriorada, especialmente las manos de la misma que sujetaban un báculo en el que muchas ancianas se frotaban supersticiosamente sus extremidades a fin de liberarlas de los dolores de artrosis. No faltó quien afirmara que el santo fue sustituido en esta ocasión por uno de escayola. (sigue mañana)

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