| De conjuros, creencias y oraciones en Navalmoral de la Sierra |
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Cuando el sol y el hielo de los primeros meses del año curaban la matanza colgada al humo de la chimenea o al oreo en las latas del sobrao, cuando los días son menguados y la lumbre acompañaba las tardes, se solía entretener a los muchachos al amor de la piedra del hogueril, con fantásticas historias y cuentos. Como platos se me ponían los ojos, ya de mocito, siempre que pedía a mi padre que me contara, mil y una veces, las historias del solocho y bobo Muñumé (que la tradición sitúa nacido en Mamblas, aunque su origen está en el pueblo morañego de Muñomer del Peco) o los trapicheos de Pedro Malas (el conocido Don Pedro de Hurdemalas personaje del siglo de Oro hispano). Cuentos que oyó, a buen seguro de pequeño, cuando no había otra forma de entretenerse. Más intriga sentía yo, por las historias fantásticas que me relataban en la Costanilla, refiriendo con todo lujo de detalles, las creencias antiguas sobre embrujos, mal de ojo y otros menesteres brujeriles, trasladándome de golpe a siglos lejanos, aunque estuviéramos acabando el siglo XX.Tradición brujeril ha habido en todo el Valle del Alberche, y con ella han florecido infinitas fórmulas y pequeñas oraciones para salvaguarda de males. Uno de los momentos más delicados, donde más fuerza tenían esas creencias, era en todo lo relacionado con las primeras edades, y sobre todo el primer año de vida de los infantes. La alta mortandad infantil, por múltiples causas, hacía que la protección recayera sobre todo en estos pequeños rapaces. Al niño, desde el primer momento, se le protegía para evitar el temido embrujamiento o mal de ojo. Así, junto a las mantillas primorosamente adornadas con tirana picada, se le ponía al niño un pequeño rosario de saúgo, aprovechando la médula hueca de su madera como “detente” a todo tipo de males.
El poder de las brujas era grande, pero se ensañaba siempre con el más débil, Se creía que había niños que nacían con cierta gracia y no podían ser dañados por las encantadoras. Pero ¿qué hacer si el mal de ojo se había instalado en el pequeño y su vida se iba como un suspiro?. Había que adivinar quién era la bruja. Y para ello existían distintas fórmulas y sortilegios para desenmascarar a la causante de tanto mal en la casa. Entre ellas, se disponía de una camisilla del niño afectado y se echaba a cocer con un poco de agua, en un puchero a la lumbre de la cocina. Aquella mujer que entrara y destapara el puchero tenían todas las papeletas. En otros casos y a través de una especialista o médium se recurría al interrogatorio de algún enser del hogar. A modo de “ahuija” se preguntaba a una criba, cedazo o canastillo clavado y suspendido en unas tijeras con la siguiente fórmula:
Por San Pedro y por San Juan,
por la madre celestial,
te pregunto, canastillo,
que me digas la verdad
¿es bruja fulana de tal?
Si no era bruja el mecanismo permanecía quieto, así se hacía un recorrido inquisitorio por el vecindario más allegado a la casa.
Relacionado con este escabroso mundo de lo mágico, ha pervivido en el Valle del Alberche tradición por el curanderismo y en los casos más graves era común, mandar a los chiquillos a Las Umbrías de Burgohondo para sanarles, entre otras dolencias, del mal de ojo y de la tuberculosis y fiebres varias.
La protección al niño, eran continua y, desde pequeñito se le envolvía en una serie de oraciones a lo largo del día. Al acostarlo haciendo referencia a los ángeles custodios, y a la bendición de la cuna de recio pino o la cama, un sencillo jergón con burros escuchaban embobados los niños las oraciones “Con Dios me acuesto” o el “Levanta María y enciende candela” con su peculiar diálogo:
Levanta María, enciende candela,
verás como corre por tu cabecera;
los ángeles son que van en carrera
que llevan un niño vestido de seda.
-Y ¿quién es ese niño? - Es de María.
- ¿Dónde está María?- Está en el monumento
su cuerpo cerrado y su cuerpo dentro.
y la popular “Cuatro esquinitas” y el “Ángel de la Guarda” y al levantarse mientras se le aviaba con mantillas y gorrillas multicolores el conocido como “El Bendito” para el remudo:
Bendito, alabado sea el Santísimo Sacramento del altar;
de la pura limpia Concepción de María Santísima,
Madre de Dios, Señora Nuestra, sin pecado original,
desde el primer instante de su ser natural. Amén
Había, así mismo, críos que nacían con ciertos dones para la curación de la rabia o hidrofobia, eran los “saludadores”. Existía la creencia que aquel niño que nacía a las doce del mediodía del jueves de La Ascensión del Señor, tenía esa suerte marcada con una cruz en el paladar.
También con claros visos exorcistas, y para ahuyentar a brujas y demonios se rezaba durante el Rosario de las Cien Cruces el 25 de marzo (La Virgen de marzo o La Anunciación) a la ermita de la patrona, Nuestra Señora de la Aldea Vieja la siguiente oración, repetida en el novenario en casa de los difuntos:
Alma mía morirás, al Valle de Josafat irás;
en el camino al enemigo te encontrarás, el te dirá, tu le dirás:
-Apartaté, Satanás, que mi alma no la llevarás,
que el día de la Encarnación cien Ave Marías recé,
cien veces me santigüe y cien veces dije: Jesús, María y José.
Lejanas supersticiones que sorprenden todavía, al inicio del siglo XXI, donde reverdecen con fuerza antiguas creencias, cada vez que el hombre se plantea el por qué de las fuerzas del bien y del mal.
Carlos del Peso Taranco |