Danzad, cucurrumachos Imprimir
[517, 2011 marzo 9] Cuenta estos días P. G. R. (Ical) en el Diario de Ávila que los ancestrales cucurrumachos regresaron, un Carnaval más, a las calles de Navalosa para recrear una antigua mezcla de tradiciones cristianas y celtas cuyo origen se pierde en el tiempo.

Las carnestolendas de esta localidad de 380 habitantes ubicada en la Sierra de Gredos recrea el mítico antagonismo entre el bien y el mal, escenificado ante un numeroso público. El bien lo encarnan los ‘quintos guapos’ y el mal lo representan decenas de cucurrumachos, niños y adultos.
 
Aterradores, siniestros y mudos, acompañados por el permanente son de los cencerros que se ciñen al cuerpo, los cucurrumachos se concentran en la tarde del domingo en la plaza mayor de Navalosa, en cuyo centro se yergue el mayo. Alrededor de éste se colocan los ‘quintos guapos’.

Los cucurrumachos empiezan su sonora danza en torno al mayo, al ritmo de las decenas de cencerros y esquilas de todos los tamaños que penden de sus cinturas. Durante su baile, los cucurrumachos arrojan a los espectadores de su baile hojas, heno e incluso plumas. Antiguamente, en lugar de paja y hojarasca, salpicaban a los presentes con agua y ceniza, arrojados con unos artilugios denominados ‘aguatochos’.

Los ‘quintos guapos’, siete en total –cinco chicos y dos chicas-, lucen sus trajes de serranos. A primera hora de la mañana, los mozos y mozas del pueblo son acicalados por sus familias, que les ayudan a vestirse los pesados trajes de paño, que aderezan con un pañuelo merino y sobre éste un pañuelo blanco bordado, guantes blancos y pequeñas esquilas. Cubren sus cabezas sombreros adornados con cintas y escarapelas de colores.

Con sus mejores galas, los quintos inician una procesión de casa en casa, pidiendo donativos para convidar después a las gentes del pueblo: chorizos, pastas, latas de conservas, aceite, vino y, sobre todo, docenas y docenas de huevos. El personaje caracterizado como ‘vaquilla’ se encarga de recoger el dinero.

Tras el almuerzo, en el que el pueblo da buena cuenta de las viandas recogidas por los quintos, comienza la fiesta. Precedidos por el escandaloso repique de cencerros y esquilas, aparecen saltando y bailando los cucurrumachos, quienes se concentran en torno al mayo, arrojando paja a los espectadores.

La gaitilla y el tamboril apenas se oyen con el estruendo de la cencerrada, que recibe a los ‘quintos guapos’, con sus trajes gallardos de serranos, cercados por los cucurrumachos. Desde el balcón de la Casa Consistorial se da comienzo al pregón, intercalando bailes en corro en torno al mayo en el que se recitan las ‘coplas a los quintos’. Comienza a continuación la lectura de la retahíla de donativos ofrecidos a los quintos.
Después, se celebra el ‘baile de la vaquilla’, caracterizado por uno de los ‘quintos guapos’. La tradición culmina con la “muerte de la vaquilla”. “Ahora quédate ya quieto, que tío Marcos va a apuntar, su escopeta está cargada y dos tiros va a soltar. Cae redonda la vaquilla y la fiesta va a empezar, beban todos limonada y bailemos al compás”. Un par de tiros al aire hacen que la ‘vaquilla’ caiga “fulminado” al suelo, y se inaugure la fiesta que acabará, posiblemente, bien entrada la madrugada.

La principal peculiaridad del disfraz de ‘cucurrumacho’, reservado a los ‘quintos viejos’, es la máscara tallada en madera, muy pesada e incómoda, que recibe el nombre de ‘carilla’, coronada por ‘quilines’ –crines de caballo- y espectaculares cornamentas de carnero o vaca. En la madera se clavan de punta decenas de alfileres, una usanza que aseguran es herencia de la época franquista, para evitar que alguien pueda levantar la máscara y reconozca a quien la lleva.

El mutismo que confiere un aspecto aún más misterioso a los cucurrumachos es una costumbre adquirida durante el franquismo, cuando la celebración de las carnestolendas estaba prohibida. Sin embargo, en Navalosa se resistieron a desprenderse de sus tradiciones, y cada Carnaval desafiaban a las autoridades desempolvando las máscaras de los cucurrumachos.

Para evitar represalias, los habitantes de Navalosa decidieron ocultar al máximo su identidad, por lo que adquirieron la costumbre de permanecer en silencio mientras están caracterizados como cucurrumachos.

Para disfrazarse se piden prestados ropa, guantes y zapatos, con el fin de no poder identificar al propietario. Un proceso de preparación compleja, que dura casi una hora. Los quintos de años anteriores, los ‘quintos viejos’, se atavían con un mono confeccionado con mantas pingeras rayadas vieja, un cinturón cuajado de cencerros, y arrastran en sus pies un calzado realizado con sacos de arpillera.

Una vara o un gancho coronado por cráneos de animales y un seco de heno que arrojan a los curiosos que contemplan su baile en torno al mayo, completan su disfraz.

El origen de la tradición se pierde en el tiempo. Hay quien dice que es una reminiscencia de la antigua cultura celta, puede que relacionada con el equinoccio de la primavera, como todos los carnavales, si bien se desconoce con exactitud este festejo carnavalero que tiene alusiones directas a la principal actividad de esta zona durante siglos, la ganadería, así como a la calidad de paso de la trashumancia de las cabañas extremeñas por estas tierras.    
 

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