Cuatro crónicas sobre la fundación (VI, último) Imprimir
EL VALLE DEL ALTO ALBERCHE A LA LLEGADA DE LOS FUNDADORES
 
En otro lugar, “cuentan que eran bosques impenetrables y deshabitados los valles que se hunden entre la Paramera de Ávila, así llamada ya en el siglo XIV, y las estribaciones de la Sierra de Gredos, cuando vino a establecerse en medio de aquella soledad un convento de canónigos regulares de san Agustín. Derribando monte y roturando terrenos, abrieron al cultivo los rellanos o navas que entre los peñascos y tajos se formaban; acudieron labriegos y pastores, y así se pobló de aldeas aquella tierra, hermosa y fértil dentro de su indomable fragosidad.”
 
A medio camino entre la narrativa histórica y la literatura épica, recupera el profesor Gómez Moreno, en los primeros años del siglo XX, una vieja tradición que se narra sobre el origen de las poblaciones que con el tiempo van a configurar las aldeas y términos sometidos a la espiritual jurisdicción de la abadía de Santa María. Probablemente el autor tiene delante la declaración de la cuarta de las crónicas a que nos referíamos en el número anterior. Como aquí indicamos, con ocasión de la erección de curatos perpetuos a finales del siglo XVIII, el clérigo Antonio Ventura de la Iglesia, vacante la dignidad abacial tras la muerte de Pedro de Obilla en 1971, redacta este texto como apología, en mayo de 1792.
 
El canónigo Ventura, en nombre del cabildo del monasterio, remite al obispo este amplio informe en el que hace constar sus puntos de vista sobre lo que se quiere hacer con la abadía. El canónigo afirmaba que desde hace más de ocho siglos había abad y canónigos en Burgohondo. Además, añadía, al principio aquellas montañas eran como un negro, sombrío y espantoso desierto. Los clérigos, retirados en su soledad, dedicados a la alabanza de Dios, y sin perder la referencia a su ideal, fueron, poco a poco, desmontando y rozando las tierras en que vivían, lo que permitió que, con el tiempo, se formaran las diversas aldeas que en aquella fecha conformaban el concejo del lugar de Burgohondo.
 
También Melchor Pérez de Arteaga en 1588 se refirió a la “población de las aldeas y lugares de la dicha abbadía”. En su discurso, comenta que, “por la mudança de los tiempos y augmento de los vecinos del dicho Burgo, por no ser el lugar capaz de tantos, se derramaron en la dicha abbadía, espiçialmente los pastores y señores de ganado, de que ay mucha granxería en ella, y hizieron y fundaron otros pueblos y aldeas que al presente son nuebe, con el dicho Burgo, y todos un concejo sólo.” Tanto el relato del profesor Manuel Gómez Moreno como el texto del abad Pérez de Arteaga, y el informe del canónigo Antonio Ventura, se refieren a un mismo tema: la despoblación y la repoblación en el valle del Alberche, continuación de la situación que se vive en el valle del Duero a lo largo de los siglos plenomedievales, por ser su límite natural, aunque sin duda con ciertas particularidades en atención a la peculiar orografía de la serranía abulense y en general de todo el Sistema Central.
 
Los trabajos de Ángel Barrios (1951- 2005) han iluminado, desde los nuevos criterios historiográficos, la problemática concreta de la disyuntiva continuidad poblacional-despoblación-repoblación en los Extrema Durii. El tratamiento que dedica específicamente a la provincia de Ávila, como también a las vecinas de Soria, Segovia y Salamanca, hasta las serranías centrales de Portugal y el valle del Mondego, hace que las conclusiones de sus investigaciones resulten de singular relevancia para nuestro tema. A pesar de que su temprana desaparición le impidió completar el desarrollo de sus presupuestos, su extensa bibliografía, además de su propia evolución intelectual, nos anima a dedicar unas líneas al estudio de su pensamiento sobre el particular.
 
La materia sobre la despoblación en la Extremadura medieval aparece distribuida a lo largo de su obra. En uno de los últimos textos en que aborda la cuestión, enuncia el extracto de los postulados que ha venido defendiendo. Allí dice que la tesis sobre la creación de un desierto estratégico en el valle del Duero a mediados del siglo VIII por parte de los primeros reyes astures, con el premeditado fin de entorpecer las acometidas islámicas, origen de las diversas interpretaciones que han insistido hasta hace muy poco en la despoblación absoluta de la mayor parte de la cuenca de dicho río, carece de argumentos sólidos. Siempre según este profesor, sobre todo los registros filológicos y arqueológicos, junto con algunos textos, no dejan lugar a dudas acerca de las pervivencias demográficas y del mantenimiento de bastantes núcleos de población durante tan larga etapa altomedieval.
 
El autor analiza en su obra la validez de las crónicas locales y nacionales que han marcado el pensamiento historiográfico y la interpretación de los hechos desde el siglo XVII, y que han elaborado una “historia nacional” en la que se anuncia un nuevo tiempo, unos nuevos hombres que se establecen en una tierra nueva que aprehenden, sin más, por el mero hecho de quererlo así porque en aquel espacio no había nadie que pudiera reclamar propiedad o dominio. Él mismo indica que la inflexión demográfica del valle del Duero es una constante reconocida ya en el siglo XVII por las “historias locales”, pero ha sido Sánchez Albornoz quien la ha estudiado con profundidad. Aquel autor defiende la total despoblación de la parte septentrional de la cuenca, pero es ambiguo y contradictorio a la hora de emitir un juicio sobre la parte meridional, en la que se halla el territorio abulense. Los críticos de esta tesis, entre los que se encuentra el profesor Barrios, insisten en ello y dan su particular opinión, a veces divergente, sobre la repoblación de la parte meridional.
 
Las crónicas no hablan del campo, sino exclusivamente de los núcleos urbanos o semiurbanos de alguna entidad demográfica. De ellas, por consiguiente, únicamente se deduce el estado de ruina de las ciudades y la desaparición de las instituciones político-religiosas, pero nada más. Por otra parte, dada la clara intencionalidad neogótica de las crónicas del ciclo de Alfonso III, que son las que suministran mayor información sobre el tema y en las que se basan los relatos posteriores, hay que tomar con sumo cuidado algunos de sus pasajes; además, conviene recordar que el término populare en textos altomedievales no significa poblar, sino organizar. Se hace necesario, por tanto, el empleo de otras fuentes.
 
Ángel Barrios se apoya en los mismos argumentos geopolíticos y lingüísticos con que Menéndez Pidal rechazó la idea de la total despoblación, defendida por Julio González con más radicalidad que el mismo Sánchez Albornoz. El profesor abulense fecha, junto a José Luis Martín y Antonio Llorente, la mayor caída poblacional a principios del siglo XI. Dice que hay pruebas para nuestra región, aparte de la existencia de reductos aislados, de un substrato lingüístico arcaico, que permiten precisar la teoría de Sánchez Albornoz, rechazar la de Julio González y confirmar la de José Luis Martín y Antonio Llorente. Pero, además, y en conexión con el argumento de la toponimia, que retoma, observa que, en la lista de nombres medievales de los pueblos que integraban el obispado abulense, se reconocen muchos topónimos cuya introducción tiene que remontarse necesariamente a periodos anteriores a los de la definitiva conquista cristiana.
 
Creemos que resultó aventurado el enunciado de un argumento en el que se explica que no abandonaron la zona todos los que la habitaban en el momento de la invasión musulmana. Tarde o temprano, algunos de ellos se convertirían al islamismo. Lo confirma el que se hayan conservado macrotopónimos que en las distintas lenguas servían para designar a los muladíes; en castellano se les llamó, quizá de modo despectivo, tornadizos o torneros. En cambio, otros mantendrían sus costumbres, su lengua y su religión cristiana, los mozárabes. Nos queda la duda de si estos conversos lo fueron del cristianismo al Islam o si pudo ser al revés, habida cuenta que fueron los cristianos los que resultan triunfadores tras la caída de Toledo y la toponimia del siglo XIII puede responder a la despectiva condición que adquieren los viejos mahometanos convertidos, por interés, al cristianismo.
 
De singular relevancia, la investigación arqueológica está llamada a renovar y confirmar algunas aserciones sobre el caso. Desde la constatación de que “apenas se han realizado excavaciones arqueológicas” realizada en 1980, se pasa, en 2002, a la afirmación del profesor Barrios que anuncia que las excavaciones arqueológicas realizadas en estos 22 años han exhumado ya suficientes restos materiales como para confirmar una clara continuidad de la ocupación y los asentamientos humanos, por lo menos desde la época tardorromana, en especial en diversos rincones de la llanura Norte. Las tumbas rupestres antropomorfas, que probablemente datan del período altomedieval -aunque su cronología está siendo sometida a una interesante revisión-, aparecen un poco por todas partes y de modo concentrado, como es lógico, en las zonas de contacto entre el llano y las sierras.
 
La pervivencia poblacional no exige en modo alguno la continuidad de las estructuras socio-políticas. Aclara Barrios que, en todo caso, estos y otros testimonios, que pueden interpretarse en el sentido de un poblamiento continuado, no demuestran la perduración secular de determinadas estructuras sociales ni de ninguna clase de instituciones. La ruptura, en consecuencia, aunque incompleta, sería decisiva y duraría demasiado, teniendo consecuencias tal vez distintas a ambas vertientes de las sierras del Sistema Central. El autor delimita las peculiaridades de cada comarca. Así, la parte Sur, sería diversa de la Norte. La parte Sur, acaso con una población prácticamente insignificante, quedó dentro del área islámica. Las montañas del centro de la Península -los durub de las fuentes árabes- fueron el límite político y militar de los musulmanes frente a los cristianos, incluso en las fases de máximo esplendor y mayor poderío de aquéllos. Lo expresa de forma muy gráfica el geógrafo Al-Bakri, cuando escribe: “la ciudad de Talavera es el punto más lejano de las marcas de los musulmanes y una de las puertas de entrada a la tierra de los politeístas”. Así pues, cuando las tropas islámicas sobrepasaron los desfiladeros serranos, no pretendieron nunca conquistar o controlar de modo duradero ninguna zona situada al Norte de las montañas centrales.
 
Más adelante, al referirse a las comarcas septentrionales de la Sierra de Gredos, completa Barrios que nunca formaron parte de los dominios islámicos y se acabaron convirtiendo desde fechas tempranas en una auténtica tierra de nadie, no controlada de manera efectiva por los musulmanes desde el Sur ni por los cristianos desde el Norte. El desinterés de los primeros, quizá aumentado tras el revés sufrido por las tropas califales en el año 939 junto a Simancas y confirmado después por las exitosas campañas militares dirigidas por Almanzor contra prácticamente cualquier lugar de los reinos y condados peninsulares, en paralelo con la falta de capacidad y medios por parte de los segundos, debieron jugar un papel importante y combinado a la hora de impedir un control permanente de esta zona y de las bolsas de poblamiento de origen preárabe y de otras poblaciones residuales posteriores.
 
Los avances cristianos, sin duda espectaculares, con la llegada hasta el río Duero en torno al año 900 y con los primeros intentos serios de repoblación oficial, pocas décadas después, sobre todo de la zona próxima a Salamanca por parte de los leoneses y de la comarca de Sepúlveda por parte de los castellanos, tal vez estuvieran precedidos por un aumento de los asentamientos y quizá se tradujeran también en nuevas incorporaciones territoriales, especialmente en los tramos finales de los valles del Adaja, del Zapardiel y del Trabancos. Pero el dominio leonés todavía no fue efectivo ni duradero.
 
Por lo tanto, aunque no se produjo un vacío total, está claro que la anterior organización social e institucional había desaparecido por completo. Unos grupos segmentarios, con fuerte fragmentación territorial y apenas articulación social, daban la tónica. Sólo en los límites septentrionales del posterior obispado, en una franja de terreno próxima al curso del Duero, una ordenación social y del poblamiento con asentamientos fijos y organizados ya se había consolidado. El incremento demográfico, quizá acelerado por una silenciosa emigración popular que cada vez con más facilidad iría desbordando la línea de dicho río, había hecho posible la aparición de nuevas aldeas, hacia las cuales los poderes establecidos muy pronto empezaron a echar sus miradas.
 
En definitiva, no podemos aceptar los términos del texto del canónigo Antonio Ventura de la Iglesia, que parece responder a una intencionalidad política, como tampoco de los diferentes autores que se han inclinado a favor de la total despoblación de las comarcas de la serranía central desde mediados del siglo VIII y los primeros años del X. La orografía y altitud del terreno habrían hecho que estos espacios de la cabecera del Alberche, que experimentaron una escasa romanización, según apuntan todos los datos, no se hubieran visto tampoco arrasados por las acciones militares de cristianos y musulmanes en la etapa de la frontera. Los estudios palinológicos, las pistas que suministran los documentos posteriores y los registros arqueológicos, dado que se carece por completo de noticias escritas coetáneas, indican que la comarca alta del Alberche, como también ocurre con la cabecera del Tormes, fue recorrida constantemente y aprovechada por grupos de pastores de hábitos trashumantes, sucesores de poblaciones indígenas y quizás también de procedencia beréber.
 
Ángel Barrios, en torno a la supuesta despoblación de los valles altos del Tormes y del Alberche, dice que el nombre de Barco, con el que todavía se designa la importante villa abulense, la temprana aparición de un grupo clerical en Burgohondo, rigiendo sus prácticas de vida en común por unas extrañas normas supuestamente agustinianas, y los restos analizados recientemente de tumbas en roca y de paramentos de una ermita destruida en la localidad de Navarrevisca son sólo ejemplos de tales pervivencias. Por otro lado, continúa, los sondeos de pólenes arbóreos, realizados a partir de muestras extraídas en las sierras de Villafranca y de la Paramera y en los términos municipales de Navarredonda de Gredos y San Martín del Pimpollar, junto con el descubrimiento de tocones de pinos silvestres que se encuentran enterrados un poco por todos los sitios, ponen de manifiesto cómo entre los años 780- 1049 se produjo un decidido proceso de deforestación, mediante el recurso al fuego, por un aumento de la presión antrópica de vocación ganadera. La actividad pecuaria de tradición trashumante, constituyendo y reutilizando “majadas” (microtopónimo repartido por centenares en esta zona), complementada tal vez por una agricultura de secano de barbechos largos y sobre suelos itinerantes, marcaba, por tanto, los rasgos fundamentales. Los pinares silvestres y los montes de robles y rebollos en los pisos altos, junto con los matorrales en los fondos de los valles, serían lo característico del paisaje.
 
Dicho esto, lo cierto es que resulta más que aventurado aseverar algo definitivo sobre la situación que presenta la serranía abulense en los orígenes del real monasterio de Santa María. Sin duda, los intentos de explicación terminan representando más un programa de trabajo que las conclusiones ciertas de un estudio sistemático sobre el particular. Probablemente estemos más inclinados a aceptar una explicación de consenso en el que se den cita, de una u otra manera, varios elementos.
 
En primer lugar parece probada la concurrencia de un cierto representante del poder político, sin descartar la presencia más o menos directa del monarca, posiblemente Alfonso VI, según se esfuerzan en remarcar las crónicas referidas. El rey entraría en este juego por su empeño en consolidar el control efectivo de un territorio en disputa. Junto a él, aparecería un determinado poder religioso, encarnado en una comunidad monástica de corte clerical, para el que las constituciones de san Agustín ofrecerían la solemnidad necesaria, la vinculación exigida a una regla monástica, al tiempo que la suficiente libertad de movimiento para que su definitiva implantación pudiera tener la capacidad de adaptación a las peculiares circunstancias de un monasterio de frontera que reclama la serranía abulense. Finalmente, habría asistido a este evento un núcleo poblacional más o menos estructurado. Si la población residual visigótica o mozárabe era más o menos numerosa o si la llegada de nuevos contingentes imprimió o no un carácter específico a la colonia resultante de la repoblación de las estribaciones de la Sierra de Gredos, parece un debate que no resulta fácil de encuadrar, habida cuenta de la disposición documental y arqueológica de que damos cuenta. Probablemente el resultado deba esperar todavía algunos años más.

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www.santamariadelburgo.com ] 
 

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