| Corpus Christi o el dÃa de la luminaria |
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A las puertas del verano sale al camino una interesante celebración de vivos coloridos en torno a la adoración solemne de Cristo en la EucaristÃa. Elementos bien diversos se dan cita en la fiesta del Corpus Christi en Burgohondo, de contenidos eminentemente cristianos, si bien salpicados de ciertas prácticas claramente paganizantes, acrÃticamente conjugadas en una histérica armonÃa. Celebrada la pascua de Pentecostés y el domingo de la Trinidad, la solemnidad del SantÃsimo Cuerpo y Sangre de Cristo hace memoria reduplicada de la misa de la Cena del Señor y de la institución de la EucaristÃa en la noche del Jueves Santo. En este momento, se ofrece a la piedad de los fieles el culto de tal Sacramento de salvación, para que celebren las maravillas de Dios significadas en él y adoren su presencia real, tantas veces puesta en duda en la historia de la Iglesia.
En Burgohondo, la fiesta se inicia con la misa vespertina que congrega en la iglesia a un buen número de fieles. Se ha engalanado el altar mayor y todo está preparado en las calles del pueblo. Tras la misa, caÃda ya la noche, se interrumpe de nuevo el silencio del cielo burgondeño con el rabioso replique de las campanas. Se anuncia entonces el momento en que rompen a arder las cientos de grandes y pequeñas luminarias que cada cual ha ido confeccionando a la puerta de su casa o en algún recogido descanso de las empinadas callejuelas de la por unas horas hechizada Villa. La luminaria es fuego y es luz. La luminaria es aroma penetrante de intenso espliego y tomillo salsero. Muchos lugareños han conservado en sus sobraos, a lo largo del año, el espliego que cubriera las calles en el camino del Señor en la procesión pasada. Ahora lo encienden a toque de campana como queriendo destruir en su interior el temor a las tinieblas que se ciernen irremisiblemente sobre el horizonte del solsticio de verano.
El lugar se embriaga de una azabache humareda de apotropaicos significados, de desalojo de las potencias malignas que lo afligen, que pretendiera sanear el recorrido allà donde llegara el purificante aroma, adelantándose a la presencia de Cristo EucaristÃa en la mañana siguiente, casi incensando su marcha en humana reverencia ante lo incomprensible de la presencia misteriosa de la divinidad.
Jóvenes y ancianos, en renovado estribillo, año tras año, arremeten contra las hogueras saltando una detrás de la otra como señal de purificación; como si el alma del guerrero que lucha en la vida diaria necesitara fortalecer el decidido ánimo de saberse protegido por las fuerzas del bien, por más extrañas que pudieran antojarse.
Con el alba, la calle se torna nuevamente en fiesta que ahora prepara la procesión del Corpus reservada para después de la misa. Muchas familias han ido ataviando, casi dirigiendo, el recorrido de la comitiva sacramental, el paso del cortejo, con viejas mantelerÃas, colchas de bellos bordados y mantones de Malina. El suelo se cubre con ramas de espliego y cientos de pétalos de rosas que irradian de nuevo un fresco aroma de primavera.
En algunas puertas, se han preparado diversos altarcillos, bellamente decorados con motivos religiosos, en que repose la plateada custodia del Corpus Christi. Delante van los niños de comunión, que se han vuelto a engalanar con sus trajecitos de fiesta. Llevan pequeñas cestitas llenas de pétalos con que rociar al SantÃsimo en cada estación. Un palio, soportado por los miembros de la antigua cofradÃa de la Minerva, hoy en desuso, libera del calor del sol al tiempo que dignifica y exalta la presencia del SantÃsimo en las calles de Burgohondo.
[Estos dÃas iremos subiendo algunos vÃdeos que hemos podido obtener de las hogueras del Corpus en Burgohondo]
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