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La tinada se acompaña de diversos complementos que procuran la mejora de la guarda del ganado. Lo habitual es que la tinada esté prácticamente rodeada por un corral de grandes dimensiones que cerca, mediante pared de piedra, un espacio en que se acumulan los muladares del estiércol, se colocan las yuntas, se cargan y descargan los carros, etc. Normalmente presentan dos entradas, protegidas por sendas puertas de madera, que corresponden al paso de los carros y de los hombres respectivamente.
En las esquinas del corral, apoyado en uno de los lados de la tinada, se encuentra el guango. En barrios de las Umbrías del término del Burgo, como Bajondillo o Fuente Buena, el guango se coloca a la puerta de las casas. Este cobertizo alargado y no muy ancho está cubierto a dos aguas mediante el mismo piorno que cubre la tinada. El guango se emplea para guardar el carro y los aperos de labranza que, por su peso, no pueden colocarse en el doblao.
Es habitual también la presencia de una caseta, además del guango, de dimensiones reducidas, junto a las tinadas, elaborada mediante pesados techos de losas graníticas a salvo de incendios, que se utiliza como cobertizo para los pastores y vaqueros en tiempos fríos sin perder de vista el ganado. La agrupación de tinadas permite que, con pocas personas, se pueda defender la propiedad de varias familias sin exigir el sacrificio diario de todos los propietarios del ganado.
Al permanecer agrupados en barrios, se evita que los animales tengan que acudir al pueblo. Pero se exigen otros servicios que antes se prestaban en el núcleo urbano. Tal es el caso de los potros de herrar. El potro es el instrumento que el herrero, que iba de pueblo en pueblo, utilizaba para herrar a los bovinos de tiro. Debido a lo abrupto del terreno, los animales precisaban de tal complemento para evitar que la pezuña se les desgastase demasiado. El potro consta de cuatro vigas de piedra, hincadas en tierra, que se colocan formando un rectángulo en que se introduce el animal. Un yugo con coyunda, soportado por los dos primeros postes, sirve para amarrar la cabeza del bovino mediante cinchas de cuero. Diversos bloques de piedra, a modo de asientos, completan la estructura. En ellos se apoyan las pezuñas para trabajar con seguridad.
La identificación de los animales no conlleva menores preocupaciones. Cada dueño conoce su ganado, incluso le pone nombres cariñosos: Estrella, Lucera, etc., pero las marcas externas se hacen necesarias en un sistema comunitario de interacción local. Hay ocasiones en que los ganados invaden los terrenos de labor o que se mezclan con otros en los caminos, o cabras y ovejas paridas que hay que conocer. Pequeñas marcas en los lomos así como cortes en las orejas facilitan el reconocimiento para despejar responsabilidades, aclarar propiedades o localizar las crías de las extraviadas madres.
La actividad ganadera ha influido también en la organización social. Ha influido en el tipo y modelo de relaciones que se establece entre las distintas familias que configuran la comunidad, como también en el tipo concreto de familia existente. Esta misma expresión se deja ver en las diversas representaciones simbólicas, que incluyen desde fiestas religiosas hasta celebraciones paganas, cuya manifestación más destacada son los cucurrumachos de Navalosa, que nos han ocupado líneas arriba. Estos cucurrumachos, lo hemos dicho ya, se encuentran relacionados directamente con la actividad ganadera.
La tradición oral, que ha ido tomando cuerpo en historias, cuentos, romances, consejas y leyendas, incide aún más en la importancia del ganado en la vida de los serranos moradores del Alto Alberche.
Hoy, sin embargo, la cultura de la modernidad, de la cómoda vida ciudadana, rompe definitivamente la estructura de existencia que se congrega en torno al ganado, en torno a los viejos pastores de las majadas del Alberche. La cultura ganadera se desintegra, las tinadas sucumben, indefensas, bajo el peso de la desafección, los potros se cubren de maleza y aquellos hermosos molinos de las sombrías riberas se tornan deformes amasijos de piedra y sedimentos. Ya no hierran los herradores del Burgo, ni llevan agua las viejas mulas de Navalacruz; los molineros de Puente Arco, del Rohete, o de la Mata han dejado su labor sin acabar. Hasta las ferias del Valle que tanto ganado congregaban han perdido su genuino sentido de comercialización e intercambio.
Bien se podría cantar ahora, como retazos de un mundo perdido, aquellas tonadillas que también sonaron en estas majadas, heredadas tal vez de los valles del sur, cuando se ponía en marcha la trashumancia de ganados hacia las cálidas tierras extremeñas:
Ya se van los pastores
a la Extremadura.
Ya se queda la tierra
triste y oscura.
Ya se queda la sierra
triste y oscura.
José Antonio Calvo Gómez |