LA FIESTA DE SAN SEBASTIÁN
El veinte de enero,
San Sebastián el primero
Detente, varón, que primero es San Antón.
Si nos atenemos a las leyes Primero son los Santos Reyes.
Pronto la función rompe el frío invierno de la serranía de Gredos. Desafiante en su silueta, el joven Sebastián convoca a los serranos habitantes de Navarrevisca y Burgohondo en una interesante representación de música y color.
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Leer más... [El día de la Vaquilla en Burgohondo]
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Casi todos los pueblos del Valle, de una u otra manera, más o menos persistente, conservan viva la tradición de la matanza. Menos el noble oficio del porquero, del marranero que, vara en mano, recogiera cada mañana, al despuntar el alba, los cerdos de todos los vecinos y los llevara a cebar por las vegas y barbechos de los alrededores.
En esta esclarecida tarea resuenan otra vez aquellas sociedades agropecuarias de matiz colectivo en que la colaboración rural repercute en beneficio de la comunidad.
Una ilustrada sociedad individualizada rompe definitivamente este anhelado marco de referencia.
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Leer más... [La matanza en Burgohondo]
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Título original: [En que se da cuenta del día de los difuntos (2 de noviembre), de su carro y de los cabildos de la cofradía de la Santa Vera Cruz, junto a la ermita de los Judíos]
De largo viene en la historia del hombre la vinculación relativa entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. No es éste, sin embargo, lugar para detenernos en su consideración. Baste una sencilla reflexión que apunte sucintamente el profundo significado antropológico que reviste este hecho.
La realidad de la muerte es más cotidiana de lo que hubiera gustado considerar. Los ciclos vitales se aúnan y el luctuoso misterio se envuelve con el aparente rechazo en una extraña mezcla con la rutina y la resignación.
La solidaridad humana entra en juego también aquí; en un engranaje casi innominado, en unas palabras que nadie pronuncia, pero que rezuman absoluta materialidad. Hubo tiempos en que nadie se enfrentaba a la muerte en soledad. Siempre había una mano amiga que soportara el silencio y que alentara en la lucha contra el sin-nombre, contra lo desconocido del viaje. La Iglesia, por su parte, intervenía, acompañando a sus hijos hasta el desenlace más cierto, con toda clase de remedios espirituales y materiales, con toda suerte de compensaciones a la irrenunciable presencia de la parca.
La cofradía de la Santa Vera Cruz, también en Burgohondo, surge en este marco de la muerte, en la esfera de la destrucción más radical a que se ve avocado el ser humano. La conocemos ya en el siglo XVI, si bien el barroco siglo XVII le da un interesante empuje que llega hasta hoy.
El cofrade se une en hermandad para no abordar el momento en soledad. Se anticipa el desenlace y se aborda con la dignidad que al hombre quiso robarle la enfermedad o el accidente, tal vez la misma vejez. Auxilios espirituales, procesión con el santo viático, bajo palio y a golpe de esquila, oración y recogimiento fortalecen el ánimo del fiel cristiano en el último hálito.
Llegada la muerte, la cofradía no deja solos a sus familiares, tal vez hijos huérfanos con materiales necesidades que requieren del auxilio de los convecinos para salir adelante. Por turnos se vela el difunto, se avisa a la hermandad y se compran hachas que alumbren la estancia. Hay quien tiene la misión de recorrer las calles con el campanil de la cofradía dando cuenta del hecho al resto de la Villa, extraña Santa Compaña que provoca la oración repentina por el espíritu que lucha.
Se promueve ahora la celebración del funeral, como también varias misas en sufragio de su alma, que pagará de sus fondos la misma cofradía. Se prepara la fosa, y el cortejo se acompaña de las varas y las insignias que un día también portara el cofrade difunto. El Santo Cristo preside la procesión, donde cada cual conoce su papel, sabe de sus obligaciones, como se distribuyó en el último cabildo de la hermandad tras la misa de Jueves Santo, junto a la ermita de la Vera Cruz, la llamada de los Judíos, ya tratada.
Todavía se conserva el viejo carro con que trasladar al interfecto hasta el camposanto. La misma vieja ermita de los Judíos fue su custodia durante años. Hoy se ha levantado un pequeño templete en el nuevo cementerio, allende el pueblo, en que recogerlo; casi macabro museo de viejas leyendas.
Una fría cruz de hierro, tal vez de mármol, marca el lugar del entierro.
Acaso sólo el nombre, la edad y la fecha, en una sencilla inscripción, sirve, vigía de los tiempos, como indeleble testimonio de permanencia. En ocasiones se deja entrever alguna pequeña dedicatoria de sus familiares, y el RIP por el descanse en paz, que resuena armonía con lo creado en una vuelta a los orígenes del barro de los hijos de Adán. Algunas flores recuerdan el cariño de los familiares que retornan a visitar el lugar cada noviembre en repetido gesto de memoria agradecida.
Si la muerte ha sido violenta, quizás se recuerde el lugar, lóbrego caudal, con alguna sencilla cruz que lleve sus iniciales, tal vez la fecha. La señal de la cruz es la señal del cristiano. Una cruz señalando un lugar al borde de un camino, o en medio de una tierra, o en una senda, o en un cruce de caminos, recuerda generalmente esta muerte: la muerte violenta o accidentada de un ser querido cuya memoria su familia quiere perpetuar precisamente donde la encontró inesperadamente.
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Si vacas, cabras, ovejas, burros, mulos y caballos han formado en un momento de la historia parte esencial de la cultura ganadera del Alto Alberche, los intercambios que de ellos se hace en las numerosas ferias y mercadillos del Valle constituyen el eje vertebrador más importante de la economía serrana de estos contornos. Numerosas localidades celebran ferias: Navarrevisca, Navalmoral de la Sierra, etc., pero especialmente Burgohondo. Grandes son las ferias del Burgo de las que se dice cuentan con regia concesión de privilegio para intercambio libre de productos agropecuarios. También los miércoles hay mercadillo en Burgohondo, pero no es ésta la ocasión de narrarlo.
Ha terminado el verano en el Valle alto del Alberche. La despensa se ha ido llenando, poco a poco, con los productos de la tierra. Las crías del ganado han crecido ya lo suficiente como para poder obtener de ellas pasadera rentabilidad. Con las ferias del Burgo, del 17 al 19 de octubre, se completa el ciclo de intercambios que prepare la economía familiar para el invierno que se adentra. También hubo ferias en mayo, del 22 al 24, que ayudaron a establecer el primer aporte de productos y materiales con que afrontar el paso del verano. Los frutos del esfuerzo están ya aquí y llega el momento de cobrarlos.
El día señalado, apenas amanecido, se pone en marcha la caravana. Las ovejas y las cabras llegan en camiones. También algunas vacas. Pero la mayoría del ganado es transportado andando por las brechas que hacen más cercanos los distintos pueblos del Valle. Algunas vacas han dormido ya en el Burgo apostadas en prados cercanos para lo que también se ha convenido un trato entre los dueños. El lugar elegido es el cerro del Zaire, que nombraran los mismos musulmanes en el lejano medievo castellano. Zaire, que en árabe significa panera, rememora una vez más viejas leyendas de pastores y labriegos de estas austeras laderas de las estribaciones de Gredos.
Perros, gallos, y la figura horrenda y maloliente de un macho cabrío con un enorme cencerro, que antaño guiaba el rebaño, completan el cuadro de animales. A las doce del mediodía la feria está en el momento más álgido. Los tratos empiezan a cerrarse, suena la flauta y el tamboril, la gente se amontona para ver las peleas de gallos, los jinetes hacen cabriolas con los caballos mostrando sus habilidades,... Se deja oír alguna melodía de la tierra:
¿Qué quieres que te traiga, que voy de feria?
Un para de zapatillas con unas medias.
Anda salud, andar y brincar y andar por el campo.
Dile a esa amiga tuya que te acompañe.
¿Que quieres que te traiga que voy al Burgo?
Un par de zapatillas que vale un duro.
Anda salud, andar y brincar y andar por el campo.
Dile a esa amiga tuya que te acompañe.
Los tratos no se hacen inmediatamente. El forcejeo en el precio hace que la mañana se vaya alargando hasta que los buhoneros llegan a un acuerdo. Se observan los animales, se opina y discute sobre ellos. Un sencillo apretón de manos delante de testigos es suficiente para cerrar una compra bien hecha. El trato está realizado. No hay vuelta atrás. Un buen vaso de vino alegra el reseco gaznate de los tratantes en los provisionales puestecillos que se acumulan junto a la carretera que une Ávila con la vecina Casavieja, al otro lado de la sierra.
También se venden otros productos, relacionados con el ganado: cestas de mimbres, alforjas, cencerros, correas, y todo tipo de objetos de cobre y madera. Hoy se ha creado un espacio para la venta de modernas maquinarias de labor, ordeño o esquileo. Todo el ambiente resuena a fiesta ambientada por las conocidas tonadillas de dulzaina y tamboril.
La fiesta continúa en la plaza de toros, que permanece instalada desde las fiestas de septiembre. Se lidian bravos novillos que atraen la atención de un buen número de paisanos y foráneos en torno a los aplausos y silbidos del coso burgondeño. Bataholas, jaranas y chirimías se escuchan en el Valle como reverberaciones de regodeo jubilar. Los calores estivales han quedado atrás aparcando consigo las duras tareas agrícolas. La fiesta llena, de nuevo, por unas horas, la calada paz de la Villa.
Concluimos con Espina Barrio afirmando que, si la función que antaño cumplían estas ferias era primordialmente económica, en la actualidad ponen de manifiesto un interés marcadamente simbólico por la ganadería. Aparte de constituir un acto social de tipo comarcal en el que entran en contacto diversas familias y pueblos, se traspasan noticias y se compite con un ganado, por lo general bien cuidado, que más que a venderse, parece que, meramente, viene a mostrarse. |
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