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[613, 2011 julio 4] Raúl es alfarero y a él, como a casi todos los artesanos, le apasiona su modo de vida. Y aunque durante casi todo el año trabaja el barro en su taller de alfarería de Burgohondo, cuando llega el buen tiempo sale a la calle no sólo para vender los artículos que elabora participando en ferias y mercados al aire libre, sino para mostrar al mundo el prodigio de un oficio tan viejo y a la vez tan mágico como la alfarería.
Y eso fue precisamente lo que hizo ayer en el Mercado Medieval de El Barraco: una exhibición en vivo de su trabajo artesano que, sobre todo, encandiló a los niños. Lo cuenta hoy Mayte Rodríguez en El Diario de Ávila.
Apiñados alrededor del torno del alfarero, Raúl preguntaba a su menudo público si querían un cuenco o un plato y, cual mago, en cuestión de segundos les entregaba el pedido tras demostrarles cómo lo elaboraba con sus propias manos y una materia prima tan básica como el barro.
Algunos de esos niños que miraban boquiabiertos al alfarero iban ataviados con trajes de época del mismo modo que lo estaban sus padres. No en vano, en esta nueva edición del Mercado Medieval han sido numerosísimos los barraqueños que no han dudado en participar al máximo de la fiesta poniéndose un disfraz para el que ayer quizá hacía demasiado calor.
También sudaron la gota gorda los más de trescientos aficionados a la bicicleta que ayer participaron en la cuarta edición de la Subida a La Cebrera, una prueba cicloturista que, al coincidir con el Mercado Medieval, tenía ayer las calles de El Barraco a reventar de gente. Desde luego, a última hora de la mañana resultaba curioso cómo ciclistas exhaustos y medievales con ganas de fiesta compartían espacio en las calles del centro de una localidad cuyos bares y restaurantes agradecieron la coincidencia de ambos eventos.
Recorrer los cerca de cuarenta puestos artesanos que conformaban el Mercado Medieval situado en torno a la iglesia parroquial constituían el principal entretenimiento de los adultos, pero los niños también tenían su propia oferta lúdica, de la que disfrutaron y mucho. Podían, por ejemplo, aprender los secretos del tiro con arco en el patio del colegio público de El Barraco, donde el Club de Arqueros Abulenses enseñaba a todo aquel que allí se acercara. Otra actividad muy demandada entre el público infantil fueron los ponis, a cuyo lomo no dudaron en subirse numerosos pequeños dispuestos a darse una vuelta montados en unos caballos cuya estatura resultaba proporcional a la suya.
Y entre los puestos que allí exhibían sus productos, no faltaron los vinos de la tierra elaborados en la vecina Navaluenga, los de la bodega Garnacha Alto Alberche, que se servían fresquitos para paliar el calor.
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